Al final del invierno | Страница 58 | Онлайн-библиотека


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Hicieron muchos descubrimientos. Pero casi ninguno parecía tener valor inmediato o potencial.

En una gran cámara de muros de piedra caliza, en un sector de la ciudad conocido como Mueri Torlyri, encontraron una máquina solitaria diez veces más alta que ellos, en perfecto estado de conservación. Era un artefacto brillante en forma de cúpula, de metal blanco nacarado con incrustaciones de piedra coloreada en forma de bandas, con óvalos palpitantes de luz roja y verde, y brazos redondeados que parecían dispuestos a moverse en muchas direcciones con sólo tocar un control. La máquina parecía una especie de ídolo gigante. Pero ¿para qué servía?

Otra caverna, cubierta con inscripciones en unas grafías sorprendentes y serpenteantes que mareaban a la vista, contenía unas cajas de cristal brillante donde había cubos de metal oscuro. Al escuchar la voz, de estos cubos partían ondas de luz trémula. Los cubos eran pequeños, no más anchos que una mano, pero al abrir una caja para extraer el cubo, Hresh no logró su propósito. El metal con que estaban construidos debía ser tan pesado que excedía sus fuerzas.

Una larga y bella galería, parcialmente derruida por la incursión de un río subterráneo, aún contenía una especie de gran espejo metálico erigido sobre tres patas de metal, algo maltrecho por las incrustaciones minerales. Taniane se aproximó y soltó un grito de sorpresa y desconsuelo.

— ¿Qué has encontrado? — le gritó Hresh.

Señaló.

— Allí está mi reflejo, en el centro. Pero en este lado, mira, una imagen de cuando era niña. Y al lado derecho, esa mujer anciana y encorvada… Hresh, ¿se supone que seré así cuando llegue a vieja…?

Al hablar, del espejo provino un sonido tumultuoso y balbuceante, que al cabo de un rato reconoció, o creyó reconocer, como su propia voz distorsionada y amplificada. Pero hablaba en un idioma desconocido, tal vez el de los ojos-de-zafiro. Al cabo de un instante, el espejo se oscureció y el ruido cesó. Hasta ella llegó un olor a quemado. Se encogieron de hombros y siguieron andando.

Esa misma noche, más tarde, Hresh encontró una esfera plateada de tamaño lo bastante reducido para caber cómodamente en una mano. Al pulsar un botón de la cara superior, la esfera cobró vida y emitió un sonido agudo y punzante, y un palpitar constante de luz verde y fría. Sin temor, acercó el ojo a la pequeña abertura de donde provenía la luz y vislumbró una nítida escena de la época del Gran Mundo.

Vio media docena de ojos-de-zafiro de pie sobre una plataforma brillante de piedra blanca, en un sector de la ciudad que no supo reconocer. El cielo aparecía extrañamente desolado y opaco, y en lo alto se arremolinaban gruesas espirales enfurecidas de nubes agitadas, como si se avecinara una terrible tormenta. Y, sin embargo, los ojos-de-zafiro hablaban entre sí con serenidad y reverencia, como en una especie de tranquilo ritual.

Al parecer, el aparato mostraba imágenes del Gran Mundo a escala mucho más reducida que la otra máquina de botones y palancas de la plaza de las treinta y seis torres. Hresh introdujo el objeto en su bolsa para examinarlo luego con más cuidado.

La noche siguiente, mientras trabajaban en una bóveda llena de escombros al otro lado de la ciudad, al pie de las colinas, fue Taniane quien encontró algo extraordinario, en una cisterna húmeda y maloliente a cinco niveles por debajo de la superficie. Dio con ella del modo más literal: iba andando y tropezó con un bloque de piedra que se deslizó a un lado para mostrar una cámara secreta.

— ¡Hresh! — exclamó —. ¡Aquí! ¡Deprisa!

En el instante en que abrieron la puerta, la sala oculta se iluminó con luces brillantes y doradas. En el centro, sobre una plataforma de jade, se levantaba un tubo de metal con una esfera encapuchada en lo alto, que emitía destellos de color fulgurante. Ella avanzó hacia el aparato, pero Hresh la aferró por la muñeca y la detuvo.

— Espera — dijo —. Esto es peligroso.

— ¿Sabes qué es?

— Lo he visto… en visiones. Vi cómo lo empleaban los ojos-de-zafiro.

— ¿Para qué?

— Para quitarse la vida.

Taniane contuvo la respiración como si hubiera recibido un golpe.

— ¿Para quitarse la vida? ¿Y por qué harían semejante cosa?

— No tengo ni idea Pero vi cómo lo hacían. Esta abertura luminosa que hay en lo alto absorbe cuanto se acerca a ella, por muy grande que sea. En el interior hay algo negro, como un portal que conduce a otro sitio, o tal vez a ningún sitio. Suben hasta allí, y prácticamente hunden la nariz en su interior, y de pronto desaparecen, algo los transporta, no llego a entender cómo, y ya no están. Es algo misterioso y de lo más fascinante. En mi visión fui hasta allí y me habría atrapado a mí también, de no haber sido una imagen. Pero éste es de verdad…

Le soltó la muñeca y comenzó a dirigirse hacia el objeto.

— Hresh… no, no…

Él se echó a reír.

— Sólo quiero probarlo.

Cogió un pequeño fragmento de estatua, lo sopesó un par de veces y lo arrojó desde abajo hacia la capucha luminosa. Permaneció un instante suspendido en el aire justo ante la zona de luz palpitante, y luego desapareció. Hresh permaneció expectante a la espera del ruido de los fragmentos contra el suelo. Pero no oyó nada.

— ¡Funciona! ¡Funciona!

— Vuelve a intentarlo.

— De acuerdo.

Encontró otro fragmento de piedra, delgado como su brazo, y lo levantó hasta la boca de la máquina. Sintió un cosquilleo en el brazo y la mano, y de pronto se encontró que no sostenía nada de nada. Se miró los dedos. Se acercó más.

¿Y si pusiera la mano?, se preguntó.

Se puso ante la columna de metal, meciéndose sobre los pies, reflexionando con el ceño fruncido. Era una tentación casi irresistible, una sensación insidiosa. Recordó los animales con forma de boca que atronaban en la gran planicie arenosa, y que lo atraían inexorablemente con su palpitar. Esto era igual. Podía sentir el impulso que le capturaba. Casi estaba cediendo ya. Este objeto podía darle… respuestas. Podía darle… paz. Podía…

Taniane debió de sospechar lo que pasaba por su mente. Se acercó a él y le cogió por el hombro para apartarlo del lugar.

— ¿En qué pensabas? — quiso saber.

Hresh se estremeció.

— Me preguntaba cosas. Tal vez demasiadas.

— Vámonos de aquí, Hresh. Uno de estos días la curiosidad acabará contigo.

— Espera. Déjame comprobar una cosa más.

— Es muy peligroso, Hresh…

— Lo sé. Espera. Espera.

— Hresh…

— Esta vez tendré más cuidado.

Avanzó en cuclillas, evitando mirar la zona de luz que partía de la cúspide de la columna. Se inclinó hacia adelante y rodeó con el brazo el tubo de metal. Tal como había supuesto, se separó con facilidad de la plataforma de piedra verde. Era hueco y cálido al tacto. Probablemente lo habría aplastado si lo hubiese apretado con todas sus fuerzas. Sin dificultad lo trasladó por la sala y lo apoyó en la pared. La luz vacilante, que se había extinguido cuando levantó el objeto, regresó de inmediato.

— ¿Qué haces, Hresh?

— Es portátil, ¿no lo ves? Nos lo podemos llevar.

— ¡No! Déjalo aquí, Hresh. Me asusta.

— A mí también. Pero quiero saber más cosas acerca de él.

— Tú siempre quieres saber más de todo. La curiosidad te matará. Déjalo, Hresh.

— Éste no. Tal vez sea el único que quede en el mundo. ¿Quieres que los bengs se apropien de él?

— Bueno, si los devora como a la piedra que arrojaste, no sería mala idea…

— ¿Y si no permitieran que les hiciera daño, pero en cambio le encontraran algún uso?

— Esto sólo sirve para destruir, Hresh. Si te preocupa que los bengs lo posean, arrójale una piedra pesada y tal vez logres romperlo. Pero marchémonos de aquí.

Él la miró largamente con ojos inquisidores.

— Te prometo, Taniane, que me cuidaré de esta cosa. Pero debo llevármela.

La joven suspiró.

— Hresh — dijo, sacudiendo la cabeza con resignación —. ¡Ay, Hresh! ¡Ay, ay!

Harruel dormía; perdido en un éxtasis. El mundo aparecía cubierto por una alfombra de flores de cien colores sutiles, y su suave perfume colmaba el aire como si fuese música. Él yacía en una piscina de suave piedra pulida. En su brazo, Weiawala. En el otro, Thaloin y los tres bañados en dulce y tibio vino dorado. A su alrededor, sus hijos, más de una docena, guerreros espléndidos y altos, idénticos a él en rostro y valentía, que lo alababan con voces estruendosas:

— ¡Harruel! — clamaban —. ¡Harruel! ¡Harruel!

Y luego, una nota discordante, alguien que lo llamaba con un tono de voz cansado y rasposo:

— ¡Harruel ¡Harruel¡

— No, tú no — dijo con pesadez —. ¡Lo estás estropeando todo! ¿Quién eres? No eres mi hijo, con semejante voz. ¡Márchate! ¡Lárgate!

— ¡Harruel, despierta!

— ¡Deja de molestarme! ¡Soy el rey!

— ¡Harruel!

Una mano se cernía sobre su garganta. Los dedos se hundían en ella. Se sentó al instante, rugiendo de furia, mientras el sueño se disolvía hecho jirones. Weiawala ya no estaba. Thaloin había desaparecido al igual que el espléndido coro de altos vástagos. Una película gris y arenosa de vino le cubría el cerebro y le nublaba el espíritu. Le dolía todo el cuerpo, como si alguien hubiese estado comiendo excrementos con sus propios dientes. Minbain estaba a su lado. No lo había aferrado por la garganta sino por el lado del cuello: aún sentía la presión de sus dedos. Parecía preocuparla algún problema de gravedad.

— ¿Cómo osas despertarme…? — le gritó con furia.

— Harruel, están atacando la ciudad.

— … cuando intento descansar después de… — Harruel contuvo el aliento —. ¿Qué? ¿Atacando…? ¿Quién? ¿Koshmar? ¡La mataré! ¡La desollaré, la asaré, y me la comeré! — Harruel se puso en pie con esfuerzo, aullando —. ¿Dónde está? ¡Tráeme la espada! ¡Llama a Konya y a Salaman!

— Ya están peleando fuera — le informó Minbain, retorciéndose las manos —. No es Koshmar la que nos ataca. Toma, Harruel. La espada, el escudo. ¡Son los hjjks, Harruel! ¡Son ellos! ¡Los hjjks!

El guerrero se dirigió a la puerta, tambaleándose. Del exterior provenían los clamores de la batalla, que penetraban los vapores del alcohol.

¿Hjjks? ¿Allí?

El otro día Salaman había dicho algo acerca de que temía una invasión de un ejército hjjk. Había tenido una visión, un sueño increíble. Harruel no le había hecho caso. Pero recordaba que Salaman había dicho que el ejército estaba muy lejos, y que tardaría meses en llegar. Eso le ensañará a no confiar en sus visiones, pensó Harruel.

Le dolía la cabeza. La situación exigía pensar con claridad. Deteniéndose en la puerta, tomó el cuenco de vino que siempre tenía allí y se lo llevó a los labios. Todavía quedaba más de la mitad, pero se lo acabó en cuatro tragos.

Mejor. Mucho mejor. Salió de la cabaña.

Todo era un caos. Durante un instante le costó enfocar la vista. Luego el vino hizo efecto y vio que la ciudad estaba en gran peligro. Había un edificio en llamas. Los animales del corral andaban sueltos y corrían por todas partes gimiendo y mugiendo. Se oían gritos, aullidos, llantos de niños. Justo fuera del perímetro del asentamiento había un enjambre de hjjks, diez, quince, dos docenas provistos de unas armas demasiado cortas para ser espadas, y demasiado largas para ser cuchillos. Cada hjjk, alto anuloso y de muchos brazos, esgrimía al menos dos de estas armas; algunos, tres y hasta cuatro. Con ellas hendían el aire con gestos amenazadores y fatales. Giraban como locos emitiendo aquel chirrido seco al cual debían su nombre. Harruel vio un niño que yacía muerto en el suelo, como un lastimoso despojo. A su alrededor, animales ensangrentados, posesiones tribales dispersas por doquier…

— ¡Harruel! — gritó, corriendo hacia el fragor de la lucha —. ¡Harruel! ¡Harruel!

Salaman, Konya y Lakkami estaban dejando las fuerzas en la lucha hundiendo y escarbando con sus afiladas espadas. Bruikkos había conseguido dos espadas hjjks, y con una en cada mano se había situado en medio de la fuerza de ataque, dando saltos y cabriolas como un loco, rebanando los anaranjados tubos de respiración que los seres-insectos tenían a ambos lados de la cabeza. Nittin también luchaba, y hasta las mujeres blandían escobas, hachas y palos con gran furia.

La presencia de Harruel entre ellos renovó sus bríos.

Sintió que entre los defensores circulaba una corriente frenética y belicosa.

En la línea del frente distinguió a su hijo Samnibolon.

Apenas era más que un niño, pero blandía una hoz con la cual segaba sin piedad las muchas patas articuladas de los hjjks. Harruel soltó un grito de alegría al comprobar la naturaleza guerrera de su hijo, y otro cuando Samnibolon derribó a uno de los enemigos. Galihine golpeó al hjjk herido por la espalda con un garrote que terminaba en un puño, y Bruikkos apareció por un costado y asestó el golpe fatal con uno de sus cuchillos.

El orgullo y el vino encendieron la sed de batalla de Harruel. Se movió con placer salvaje. Fue avanzando hacia donde luchaba Salaman, valiéndose de su tamaño y fortaleza con gran ventaja: pateaba y empujaba a los hjjks para arrojarlos al suelo antes de atravesarlos con la espada. Descubrió que el mejor sitio para herirlos era el punto donde las patas se unían al duro caparazón: la espada se hundía con facilidad. Y allí concentraba sus golpes, uno tras otro, con gran precisión y efecto mortal. Llegó hasta Salaman, y juntos avanzaron hacia un grupo de hjjks que luchaban espalda contra espalda, moviendo sus cortas espadas como si fueran aguijones.

— ¿De dónde han venido? — preguntó Harruel —. ¿Es ésta la visión que tuviste?

— No — dijo Salaman —. Yo vi una inmensa horda de bermellones, y un vasto ejército de seres-insecto…

— Y éstos, ¿cuántos son?

— No más de veinte. Debe de tratarse de una avanzadilla del ejército principal. Lakkamai y Bruikkos se toparon con ellos accidentalmente en el bosque, y de inmediato se lanzaron contra la ciudad.

— Acabaremos con todos ellos — dijo Harruel.

Ya había visto muertas a ocho o diez de las criaturas. Tal vez más.

Acometió y se lanzó espada en ristre contra el grupo de hjjk, obligándolos a dispersarse. Al mismo tiempo, Salaman atacó al de la izquierda, arrojándolo al suelo con feroces movimientos del arma. Harruel se volvió para hundir la suya sobre el caparazón amarillo y negro de la criatura caída y oyó un crujido que lo llenó de placer.

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