Al final del invierno | Страница 54 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Pero luego sintió en la frente y en la base del cuello una tensión que descendía por la columna y parecía inclinarla a favor del entrelazamiento. Hacía mucho tiempo que no se entrelazaba. Sí, era algo que no solía hacer, por falta de un compañero con quien fusionar su espíritu. Pero hoy la urgencia la acuciaba. Tal vez, pensó, sólo necesitara copular, y en cuanto acallara el cuerpo con el placer ansiado, esa otra presión desaparecería.

Pero había algo más que la perturbaba, y que no era el apareamiento ni el entrelazamiento: era una inquietud una profunda sensación de impaciencia e intranquilidad que no parte tener una causa determinada La sentía en los dientes, detrás de los ojos, en la boca del estómago. Pero sabía que todo esto sólo era la manifestación exterior de algún sufrimiento del alma. No era la primera vez que lo sentía, pero ese día era más intensa, como si unas ráfagas enloquecedoras e incesantes de viento cálido avivaran los rescoldos. Guardaba alguna relación con la partida de Harruel y sus seguidores. Taniane había llegado a la conclusión de que debían de estar viviendo maravillosas aventuras en tierras lejanas y fabulosas, mientras ella continuaba inútilmente atrapada en la polvorienta y derruida Vengiboneeza. Y también tenía que ver con los cada vez más omnipresentes bengs, quienes pretendían mostrarse amistosos, pero de una forma muy peculiar. A su modo, por amistoso que fuera, sin prisa pero sin pausa, se habían apoderado de cada zona de la ciudad como si fueran los amos del lugar, y la tribu de Koshmar una mera banda abigarrada de intrusos a quienes toleraban por pena. Taniane también se sentía Inquieta ante la pasividad que mostraba Koshmar ante esta circunstancia. No había catado de parar lo pies a los bengs. No había hecho nada para poner a raya su intromisión. Se limitaba a encogerse de hombros y dejarlos actuar como les venía en gana.

Koshmar ya no parecía ella misma. En opinión de Taniane, la secesión de Harruel había acabado con la cabecilla. Y, evidentemente, Koshmar y Torlyri tenían algún tipo de problema.

Era raro ver a Torlyri en el asentamiento, se pasaba casi todo el día entre los bengs. Se rumoreaba que tenía un amante en la otra tribu. ¿Por qué lo toleraba Koshmar? ¿Que le estaba pasando? Si ya no se veía con fuerzas para segur en su puesto de cabecilla, entonces, ¿por qué no se hacía a un lado y dejaba el lugar a alguien con más decisión? Koshmar ya había superado el límite de edad. Si la tribu siguiera viviendo, superado el capullo, pensó Taniane, Koshmar ya habría partido en busca de la muerte, y seguramente ella sería la cabecilla. Pero ya no había límite de edad y Koshmar no tenía intención de ceder el mando.

Taniane no quería derrocar a Koshmar por la fuerza ni creía que el Pueblo la apoyara en semejante empresa, a pesar de que era la única mujer de la tribu con edad y espíritu apropiados para ser cabecilla. Pero había que hacer algo. Necesitamos un nuevo liderazgo, pensó. Y pronto. Y la nueva cabecilla, se dijo Taniane, debía hallar el modo de acabar con la intromisión de los bengs.

Cruzó la plaza y entró en el almacén donde se guardaban los artefactos del Gran Mundo. Esperaba hallar a Haniman para solventar la más sencilla de las necesidades que la acosaba esa mañana.

Pero en lugar de Haniman encontró a Hresh, que estaba estudiando los misteriosos dispositivos antiguos que él y Los Buscadores habían descubierto. Desde la llegada de los bengs, casi se habían olvidado de las máquinas. Al oírla entrar, levantó la vista, pero no dijo nada.

— ¿Te molesto? — le preguntó.

— No especialmente. ¿Puedo ayudarte en algo?

— Estaba buscando a… bien, ya no importa. Pareces triste Hresh.

— Tú también.

— Es este maldito viento. ¿Crees que alguna vez dejará de soplar?

Se encogió de hombros.

— Cuando cese, cesará. En el norte hay lluvia y el aire seco va en busca de ella.

— Cuántas cosas sabes, Hresh.

— No sé casi nada — dijo Hresh, apartando la mirada.

— Realmente, hay algo que te preocupa.

Se acercó a él. Hresh tenía los hombros encorvados. No decía nada y jugueteaba ociosamente con un artefacto plateado e intrincado cuya función nadie había podido determinar. Qué delgado es, pensó. Qué delicado. De pronto, en su corazón brotó un profundo amor por él. Comprendió que Hresh debía de tenerle miedo. Él, cuya gran sabiduría y misteriosas facultades habían aterrado a Taniane. Quiso abrazarlo y consolarlo como hubiese hecho Torlyri. Pero él se mantenía apartado tras un manto de dolor.

— Cuéntame qué te preocupa — le pidió.

— ¿Quién ha dicho que algo me preocupa?

— Lo veo en tu cara.

Sacudió la cabeza, molesto.

— Déjame tranquilo, Taniane. ¿Estás buscando a Haniman? No sé dónde está. Posiblemente haya ido con Orbin al lago a pescar, o si no…

— No he venido aquí a buscar a Haniman — respondió. Y luego, para su propia sorpresa, se oyó decir —: He venido a buscarte ti, Hresh.

— ¿A mí? ¿Qué quieres de mí?

— ¿Puedes enseñarme un poco el idioma de los bengs? ¿Qué te parece? Sólo un poco… — respondió, improvisando desesperadamente.

— ¿Tú también?

— ¿Acaso alguien más te lo ha pedido?

— Torlyri. Está enamorada de ese beng de la cicatriz con quien siempre anda coqueteando y riendo. ¿Lo sabías? Hace unos días vino hasta mí con una mirada de lo más curiosa. Enséñame a hablar en beng, dijo. Tienes que enseñarme beng. Ahora mismo. Insistió mucho. ¿Alguna vez habías visto que Torlyri insistiera en algo?

— ¿Y tú qué hiciste?

— Le enseñé a hablar el idioma beng.

— ¿Cómo? Creía que aún no sabías lo suficiente para enseñar a nadie excepto unas pocas palabras.

— No — reconoció Hresh en voz baja —. Mentía. Sé hablar en beng como un beng. Usé el Barak Dayir para aprenderlo del anciano de su tribu. No quería que nadie más lo supiera. Eso era todo. Pero cuando Torlyri me lo pidió así, no pude negarme. De modo que ahora también ella lo sabe.

— Y yo seré la próxima en hablarlo.

Hresh se mostró inquieto, muy preocupado.

— Taniane, por favor. Taniane…

— ¿Por favor qué? Enseñarme es responsabilidad tuya, Hresh. Enseñamos a todos. Son nuestros enemigos. Tenemos que conseguir entenderlos si queremos negociar con ellos, ¿no te das cuenta?

— No son nuestros enemigos.

— Eso es de lo que intentan convencernos. Tal vez lo sean, tal vez no, pero ¿cómo vamos a averiguar la verdad si ni tan sólo podemos imaginar qué dicen? Tú y Torlyri sois los únicos que podéis hablarlo. ¿Qué haremos si te sucede algo? No puedes negarte más, Hresh.

Ahora que reconoces poder enseñarlo, todos necesitamos aprender el idioma, y no sólo para salir disparados a buscar un amante en la otra tribu, como Torlyri. Nuestra supervivencia depende de ello. ¿O no piensas lo mismo?

— Tal vez. Supongo que sí.

— Bueno. Enséñame. Quiero empezar hoy. Si consideras necesario pedir permiso a Koshmar, vayamos a verla ahora mismo. Deberías enseñar a Koshmar también. Y a todos los miembros importantes de la tribu.

Hresh no dijo nada. Parecía sumido en la angustia.

— ¿Qué te pasa? — preguntó Taniane —. ¿Tan horroroso te parece que quiera aprender el idioma beng?

En voz baja y desolada, Hresh respondió sin mirarla:

— Sólo se puede aprender a través del entrelazamiento.

Los ojos de Taniane se encendieron.

— ¿Y qué? ¿Dónde ves el problema?

— Una vez te lo pedí y te negaste.

¡Así que era esto! Se sintió incómoda un instante, y luego, al ver que la incomodidad de Hresh era aún mayor, sonrió y dijo con toda la amabilidad de que fue capaz:

— Fue por el modo e t que me lo, pediste, Hresh. En el mismo instante en que Torlyri te enseñó a entrelazarte, viniste corriendo y me dijiste: «Vamos, Taniane, hagámoslo ahora.» Me sentí ofendida, ¿no lo entiendes? Hemos pasado trece años creciendo juntos, ambos aguardábamos el día en que tuviéramos edad suficiente para entrelazarnos, y tú lo estropeaste todo, Hresh, con tu torpe…

— Lo sé — replicó con dolor —. No hay necesidad de que me lo repitas.

Le lanzó una mirada coqueta y vivaz.

— Pero aun cuando me negara en aquella ocasión, eso no implica necesariamente que vaya a rechazarte la próxima vez que me lo pidas.

Hresh pareció no advertir su mirada.

— Eso mismo dijo Koshmar — replicó, con el mismo tono sombrío que antes.

— ¿Hablaste de esto con Koshmar? — preguntó Taniane, conteniendo la risa.

— Parecía saberlo todo. Dijo que debía volver a pedírselo.

— Pues bien, Koshmar no se equivocaba.

Hresh la miró con frialdad.

— Quieres decir que ahora que has encontrado una utilidad a entrelazarte conmigo estás dispuesta a hacerlo, ¿verdad?

— ¡Hresh, eres la persona más exasperante que he conocido!

— Pero tengo razón.

— Estás completamente equivocado. Esto no tiene nada que ver con que me enseñes beng. He estado esperando que volvieras a mostrar interés por mí desde aquella primera vez.

— Peto Haniman…

— ¡Que Dawinno se lleve a Haniman! ¡Sólo es alguien con quien me apareo! ¡Tú eres el compañero de entrelazamiento que deseo, Hresh! ¿Cómo puedes ser tan estúpido? ¿Por qué tienes que hacerme decir cosas tan evidentes?

— ¿Me quieres por mí? ¿No sólo porque puedo enseñarte beng si nos entrelazamos?

— Sí.

— Entonces ¿por qué no lo dijiste?

Ella levantó las manos desesperada.

— ¡Es increíble!

Hresh permaneció en silencio largo rato. Su rostro permanecía inexpresivo.

— He sido muy idiota, ¿verdad? — dijo por fin, lentamente.

— Mucho. Sin duda.

— Sí. Lo he sido. — La miró fijamente otro largo instante. Luego agregó —: Copulemos juntos, Taniane.

— ¿Copular? ¿No entrelazarnos?

— Primero copulemos. Nunca lo he hecho con nadie, ¿lo sabías?

— No, no lo sabía.

— Entonces, ¿lo harás? ¿Aunque no lo haga muy bien?

— Claro que lo haré, Hresh. Y lo harás tan bien como cualquier otro.

— Y después me gustaría entrelazarme contigo. ¿Te parece bien Taniane?

Asintió y sonrió.

— Sí.

— No sólo para enseñarte beng. Entrelazarnos sólo por el placer de hacerlo. Y luego, la próxima vez, te enseñaré el idioma ¿De acuerdo?

— ¿Lo prometes?

— Sí. Sí. Sí.

— ¿Ahora? — dijo ella.

— Por supuesto. Ahora mismo.

Bajo la límpida luz de la mañana, Salaman bajó a la zanja a cavar. Mucho tiempo atrás había abandonado toda esperanza de que la zanja produjese algo útil, pero trabajar en ella tenía la ventaja de ayudarle a ordenar sus pensamientos.

No llevaba más de cinco minutos cavando cuando una larga sombra cayó sobre él. Levantó la vista y vio a Harruel, con las manos en las caderas, que lo miraba desde lo alto.

El rey se tambaleaba de modo peligroso, como si en cualquier momento fuese a caer en el hoyo abierto. Era demasiado temprano para que Harruel estuviese ya ebrio, pensó Salaman.

— ¿Sigues en esto? — preguntó Harruel y se echó a reír —. ¡Por Dawinno, ten cuidado! ¡Si sigues cavando aparecerá un comehielos!

— Los comehielos han desaparecido — apuntó Salaman sin dejar de trabajar —. Hace demasiado calor para ellos. ¡Toma una pala, Harruel! ¡Ven aquí y cavemos un rato! El trabajo te beneficiará.

— ¡Bah! ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer?

Salaman no respondió. Bromear con Harruel siempre era un juego peligroso. Había llegado al límite que aconsejaba la prudencia Regresó a su tarea, y al cabo de un rato oyó que el rey se alejaba con paso vacilante, refunfuñando y resoplando.

La zanja de Salaman era un hoyo largo y sinuoso que partía del centro de la Ciudad de Yissou como una inmensa serpiente negra, corría por detrás del palacio real, pasaba por entre la casa de Konya y Galihine, y la de Salaman y Weiawala, luego formaba una línea ondulada que seguía más allá de la cabaña donde vivía Lakkamai. Era más profunda que la altura de un hombre, y tan ancha como la distancia que separa los dos hombros de un ser humano.

La había hecho casi por completo con sus propias manos, aunque a veces colaboraban Lakkamai y Konya. Lo guiaba el constante afán de descubrir algún resto de la estrella de la muerte que suponía había caído allí. Desde los primeros días de la ciudad, siempre había logrado dedicar una o dos horas del día a la tarea. Cavaba mucho rato, con cuidado, reflexivamente, y luego llevaba la tierra que cavaba al punto inicial de la zanja, para que no obstruyera el tránsito por la ciudad. En realidad, a raíz de esta zanja, Salaman era objeto de muchas bromas y algunas quejas, pero él seguía cavando sin hacerles caso.

Salaman dijo a los demás que el fragmento de una verdadera estrella de la muerte sería un talismán sagrado que los protegería de toda clase de peligros. Y con el tiempo, él mismo llegó a convencerse. Pero su principal propósito para cavar era demostrarse que el cráter se había formado por el impacto de una estrella caída. Las teorías deben verificarse, se dijo Salaman. Uno no debe constar sólo en la especulación. Y así, seguía cavando. Soñaba con que su pala chocara contra el metal, con hallar alguna gran masa de hierro congelado en el suelo, bajo los límites de la ciudad, y gritar a los demás: «Venid, mirad, mirad esto.»

Hasta ahora, sin embargo, no había hallado nada excepto piedras y raíces secas de árboles. A veces, restos de animales enterrados por algún explorador. Tal vez la estrella de la muerte yacía enterrada a tanta profundidad que para encontrarla no le bastaría con cinco vidas. O tal vez, como había sospechado desde el comienzo, las estrellas de la muerte estuviesen formadas por algún material perecedero, como el fuego o el hielo, que causaban terribles daños sin dejar restos. La única hipótesis que Salaman no podía aceptar, por estar convencido de que era falsa, era que este inmenso cráter circular de forma tan regular, aquella intrusión en el suave valle, podía deberse a algo que no fuera a estrella de la muerte. Bajo el impacto de aquellas estrellas había perecido una civilización entera; a Salaman no le cabía la menor duda de que tenían que haber dejado tremendas huellas en forma de cráteres como el que Harruel había escogido para construir su Ciudad de Yissou.

54