Al final del invierno | Страница 5 | Онлайн-библиотека


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Pero los sueños no siempre eran exactos en sus premoniciones. Había tenido el augurio de un gran descubrimiento, y sin duda acabó haciendo uno.

Tocó a Vingir, a Dralmir, a Thungvir, y sintió la fuerza que despedían las resplandecientes piedras negras. Tocó a Nilmir. Tocó a Hrorignir. Comenzó el conjuro: Dime dime dime dime dime…

— Dime — dijo una voz a sus espaldas.

Dio un salto, punzado por la forma en que las palabras de su mente habían estallado en el exterior. Hresh permanecía de pie en la entrada de la cámara, balanceándose con su modo peculiar, en una sola pierna, y contemplándolo con ojos bien abiertos, con aire vivaracho, dispuesto a salir disparado ante el menor gesto de irritación.

— Por favor, Thaggoran, dime…

— ¡Niño, no es momento de preguntas!

— ¿Qué estás haciendo con las piedraluces, Thaggoran?

— ¿No has oído lo que te he dicho?

— Sí, lo he oído — respondió Hresh. Los labios le temblaron. Sus ojos inmensos e inusuales se humedecieron. Comenzó a marcharse — ¿Estás enfadado conmigo? No sabía que estuvieras haciendo algo importante…

— Nos estamos preparado para abandonar el capullo. ¿Lo sabes?

— Sí. sí.

— Y necesito el consejo de los dioses. Necesito saber si nuestra empresa tendrá éxito.

— ¿Y las piedraluces te lo dirán?

— Sí, si formulo las preguntas del modo adecuado — replicó Thaggoran.

— ¿Puedo quedarme a mirar?

Thaggoran se echó a reír.

— ¡Estás loco, chico!

— Sí, ¿no te parece?

— Ven aquí — dijo el cronista. Hizo una señal con los dedos cruzados, y Hresh se introdujo en la cripta sagrada. Thaggoran deslizó un brazo por la cintura del niño —. Cuando yo tenía tu edad, si es que puedes imaginarme de niño, el cronista era Thrask. Y si yo alguna vez hubiera entrado aquí mientras Thrask estaba con las piedraluces, una hora más tarde mi pellejo habría aparecido extendido sobre la pared. Tienes suerte de que yo sea un hombre más comprensivo que Thrask.

— ¿Cuando tenías mi edad eras como yo? — preguntó Hresh.

— Nunca hubo otro como tú — replicó Thaggoran.

— ¿A qué te refieres?

— Somos un pueblo tranquilo, niño. Vivimos acuerdo con las leyes. Obedecemos las reglas del Pueblo. Tú no obedeces a nada, ¿no? Haces preguntas, y cuando se te dice que calles, preguntas por qué. Cuando yo era niño, también había muchas cosas que deseaba saber, y en su momento llegue a conocerlas. Pero en ninguna ocasión me sorprendieron espiando, hurgando y entrometiéndome donde no debía. Aguardé hasta que llegó el momento apropiado para que me enseñaran, lo cual no significa que me faltara curiosidad.

Pero tú eres distinto. En ti la curiosidad es una peste. Esa ansia de saber casi te vale la muerte el otro día, ¿te das cuenta de ello?

— ¿De verdad me habría expulsado Koshmar esa vez, Thaggoran?

— Creo que sí.

— ¿Y en ese caso habría muerto?

— Casi seguro.

— Pero ahora todos partiremos… Entonces, ¿vamos a morir?

— Tú eres un niño: no habrías durado ni medio día allí solo. Pero sí toda la tribu. Sí. Lo conseguiremos. Estará Koshmar para guiarnos, Torlyri para consolarnos. Harruel para defendernos…

— Y tú para señalarnos la voluntad de los dioses.

— Durante cierto tiempo, sí.

— No comprendo.

— ¿Crees que voy a vivir para siempre, niño?

Descubrió que Hresh contenía la respiración.

— ¡Pero ya eres tan anciano!

— Exactamente. Se acerca mi final, ¿no lo comprendes?

— ¡No! — Hresh temblaba —. ¿Cómo puede ser? Te necesitamos, Thaggoran. Te necesitamos. ¡Debes vivir! Si mueres…

— Todos morimos, Hresh.

¿Morirá Koshmar? ¿Morirá mi madre? ¿Moriré yo?

— Todos mueren.

— No quiero que muera Koshmar, ni tú, ni Minbain. Ni nadie. Pero especialmente no quiero morir yo.

— ¿No sabes lo del límite de edad?

Hresh asintió con solemnidad.

— Cuando se llega a los treinta y cinco años, hay que salir al exterior. Vi los huesos cuando me asomé. Había esqueletos por todas partes. Todos murieron, todos los que salieron. Pero eso sucedió durante el Largo Invierno. Ahora esta era ha terminado.

— Tal vez. Tal vez.

— ¿No estás seguro, Thaggoran?

— Esperaba que las piedraluces me lo dijesen…

— Y entonces, yo te interrumpí. Debo irme.

— Quédate un rato más. Aún tengo tiempo para formular las preguntas a las piedraluces — le invitó Thaggoran sonriendo.

— ¿Seguirá habiendo una edad límite cuando abandonemos el capullo?

La perspicacia de la pregunta del niño asombró al historiador. Al cabo de un rato, contestó:

— No lo sé. Tal vez no. Es una costumbre que ya no necesitaremos, ¿verdad? No será como ahora, que no podemos aumentar de número en este espacio tan reducido…

— ¡Entonces ya no tendremos que morir! ¡No moriremos nunca!

— Todos mueren, Hresh.

— Pero, ¿por qué?

— Porque el cuerpo se gasta. La fuerza se acaba. ¿Ves qué blanco se ha vuelto mi pelaje? Cuando el color se va, es que la vida se aleja. En mí interior las cosas también están cambiando. Es algo natural, Hresh. Todas las criaturas lo experimentan. Dawinno creó la muerte para nosotros, para que podamos hallar la paz al final de nuestra labor. No hay por qué temerla.

Hresh, en silencio, asimilaba las palabras.

— Aún así, no quiero morir — declaró, después de unos instantes.

— A tu edad es algo impensable. Pero dentro de unos anos lo comprenderás. No trates de encontrarle sentido ahora.

Se hizo otro silencio. Thaggoran vio que el niño contemplaba el cofrecillo de las crónicas, en cuyo interior había dejado atisbar a Hresh más de una vez. Incluso le había permitido tocarlo, a pesar de que aquel acto estaba en contra de toda regla. El niño era ávido, persuasivo. No parecía haber ningún mal en dejar que viera los libros antiguos. Más de una vez, Thaggoran se había sorprendido deseando que el pequeño hubiera nacido antes, o que él mismo hubiera ocupado su lugar en época posterior. Se trataba de un cronista de nacimiento, de eso no cabía duda. Personas como él sólo aparecían una vez en una generación entera, en el mejor de los casos. Y, sin embargo, era sólo un niño, y los años le separaban de la posibilidad de ser el sucesor. Yo habré muerto mucho antes de que esta criatura se haga hombre, pensó Thaggoran. Y sin embargo… sin embargo…

— Deberías llevar a cabo tu cometido con las piedraluces — intervino Hresh finalmente.

— Así es. Debería.

— ¿Puedo quedarme a mirar?

— En otra ocasión, quizá — respondió Thaggoran.

Sonrió, acarició el delgado brazo del niño y le dio un suave empujón para echarle del recinto. Una vez más se centró en las piedraluces. Una vez más tocó a Vingir, y luego a Dralmir. Pero algo andaba mal. La sintonía era discordante. La trémula luz que precedía a la adivinación no aparecía. Miró alrededor, y allí estaba Hresh, espiando por el rellano de la puerta. Thaggoran ahogó una risa y gritó con toda la gravedad de que fuera capaz:

— ¡Oh, Hresh! ¡Fuera!

Bajo la luz crepitante y opaca de una lámpara negruzca alimentada con grasa animal, Salaman observaba los oscuros que se retorcían y entrelazaban ante él. A lo largo de su espina dorsal sintió que el temor ascendía desenrollándose como una serpiente de piedra. Tenía diez años, casi once. Se acercaba al primer umbral de la virilidad. Nunca antes había estado allí; en realidad, nunca había creído que existieran esas cavernas.

¿Tienes miedo? — preguntó Thhrouk a sus espaldas.

— ¿Yo? No. ¿Por qué?

— Yo sí — dijo Thhrouk.

Salaman se giró. No esperaba semejante franqueza. Se suponía que un guerrero no debía admitir sus temores. Thhrouk, al igual que Salaman, pertenecía a la clase guerrera, y tenía por lo menos un año más que este último. Casi estaba en edad de entrelazarse. Pero su rostro aparecía tenso y rígido de ansiedad. Bajo la luz vacilante de la lámpara, Salaman miró los ojos de Thhrouk, húmedos y brillantes por el fuego. Parecían dos piedraluces en su rostro, vidriosos, hieráticos. Los músculos se le dibujaban en las mandíbulas, y los de la garganta, agarrotados, protuberantes, revelaban una gran intranquilidad.

— ¿De qué tienes miedo? — dijo Salaman osadamente — ¡Anijang nos sacará de aquí!

— ¡Anijang! — exclamó Thhrouk —. ¡Un viejo obrero insensato!

— No es tan insensato — replicó Salaman —. He visto cómo lleva un calendario. Sabe contar el tiempo, los anos, y todo, por si no lo sabes. Es más listo que lo que crees.

— Y ya ha estado aquí otras veces — añadió Sachkor, al final de la hilera — Conoce el camino.

— Eso espero — suspiró Thhrouk —. No me gustaría nada tener que pasar el resto de mi vida perdido en estas catacumbas.

Desde lo alto llegó un agudo tintineo de rocas que caían; y luego un sonido más fuerte y ahogado, como si el techo del túnel empezara a desmoronarse. Thhrouk se inclinó hacia delante y se aferró al hombro de Salaman, enterrando los dedos con alarma. Pero entonces oyeron más adelante la voz de Anijang, que entonaba un desafinado Himno de Balilirion. Todo en orden.

— ¿Aún estáis ahí, niños? — gritó el hombre —. Manteneos más cerca de mí, ¿de acuerdo?

Salaman avanzó, agachándose para esquivar una roca que asomaba. Los otros dos le seguían. Por entre sus piernas corrían pequeñas criaturas escurridizas, de ojos rojos y esféricos. Un hilo de agua fría serpenteaba por el trayecto. Estaban allí en misión de «desconsagración»: en las viejas cavernas húmedas había objetos sagrados que no debían quedar ahí cuando el Pueblo abandonara el capullo. No era un trabajo agradable, pero Sachkor, Salaman y Thhrouk eran los tres guerreros más jóvenes, y tales cuestiones constituían parte de su disciplina. Era una tarea inmunda. El mismo Harruel habría querido evitarla, pero no le había sido necesario.

Anijang los aguardaba al otro lado de la curva. Habían caído algunas rocas que se apilaban a su lado hasta la altura de los tobillos, y Anijang observaba el boquete por donde habían entrado.

— Un nuevo túnel. Bah, es viejo. Muy viejo. Viejo y olvidado. Sólo Yissou sabe cuántos pasajes habrá…

— ¿Tenemos que ir por aquí? — preguntó Thhrouk.

— No está en la lista — señaló Anijang —. Seguiremos adelante.

En el laberinto había nichos dedicados a cada uno de los Cinco Celestiales. Todos contenían objetos sagrados que se habían depositado allí en los primeros tiempos del capullo. Ya habían encontrado el nicho de Mueri y el de Friit, pero eran dioses poco importantes: la Consoladora, el Sanador. A continuación debía venir el santuario de Emakkis, el Dador, y luego, en los niveles más profundos, el de Dawinno, y por fin el de Yissou.

Lo intrincado de ese mundo subterráneo y sombrío cohibía a Salaman. Por primera vez, ahora que el Pueblo se disponía a partir del capullo, comprendía en parte lo que significaba haber ocupado ese lugar durante setecientos mil años. Algo así sólo podía haberse construido a lo largo de un período vastísimo. Cada uno de esos túneles había sido abierto a mano, por hombres como él mismo, a fuerza de perforar y horadar con paciencia roca y tierra, entre el frío y la oscuridad, de retirar escombros, de lijar muros, de construir vigas que sirvieran de sostén… Abrir cada pasaje debía de haberles llevado una eternidad. ¡Y cuántos eran! Docenas, cientos, utilizados durante un tiempo y luego abandonados. Salaman se preguntó por qué no habían conservado el mismo grupo de cámaras y corredores de forma permanente, dado que la tribu no había aumentado en tamaño durante los siglos que llevaban viviendo en el capullo. La respuesta, pensó, debía residir en la necesidad humana de tener una actividad constante en que ocuparse, aparte de comer y dormir. Durante un tiempo que escapaba a todo entendimiento, el Pueblo había permanecido prisionero de esas montañas junto al gran río, dormido, a resguardo del crudo invierno exterior en confortable y prolongado reposo; tenían cultivos que cuidar y animales que criar, ejercicios y rituales que observar, pero no bastaba con eso. Tenían que hallar otras formas de emplear su energía. Y así habían construido ese laberinto. ¡Yissou! ¡Qué tarea titánica tuvo que representar!

Mientras avanzaban, Salaman distinguía extrañas sombras aquí y allá. En las profundidades se agitaban misteriosos destellos de luz. Ocasionalmente vislumbraba enigmáticas figuras a lo lejos: pilares agazapados, pesados arcos… La obra olvidada de hombres olvidados. Allí había un universo entero de cavernas. Salas antiguas, altares abandonados, hileras de nichos, bancos de piedra. ¿Para qué? ¿Cuántos años hacía? ¿Cuánto tiempo llevaban de abandono?

De vez en cuando oían un distante rugido, como si en los lejanos confines del inmenso corazón de la montaña yacieran monstruosas bestias encadenadas. Salaman oyó el sonido de su propia respiración agitada contrapuesto al distante tronar. El mundo pendía suspendido sobre él. Se encontraba en el centro, sepultado en la roca.

— Ahora giramos a la izquierda — ordenó Anijang.

Habían llegado a un lugar donde media docena de túneles irregulares irradiaban desde una galería central. El suelo de piedra era escarpado y áspero. La pendiente adquiría un ángulo incómodo. Las rodillas dolían al tener que — descender a tanta velocidad. Y a medida que bajaban, el túnel se estrechaba. Salaman comenzó a comprender por qué habían enviado a un grupo de niños y a un viejo encorvado como Anijang a esa misión. Hombres como Harruel y Konya serían demasiado corpulentos para surcar las galerías. Incluso a él, robusto y desarrollado para su edad, le resultaba difícil moverse por los sitios más estrechos.

— Dime, Salaman… ¿cómo crees que será todo cuando salgamos al exterior? — preguntó de pronto Thhrouk, sin que viniera a cuento.

Salaman, sorprendido por la pregunta, le miro por, encima del hombro.

— ¿Cómo voy a saberlo? ¿Crees que he estado allí alguna vez?

— Desde luego que no. Salvo el día de tu nombramiento, durante un instante. ¿Cómo crees que será?

Salaman vaciló.

— Extraño. Difícil. Doloroso.

— Doloroso? — repitió Sachkor —. ¿Por qué?

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