Al final del invierno | Страница 43 | Онлайн-библиотека


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¡Hablando!

Mira, allí había dos Hombres de Casco, tal vez los cabecillas, de pie junto a Koshmar y Hresh: ¡Estaban conferenciando con el enemigo, y éste había situado sus bestias dentro del asentamiento! ¿Acaso Koshmar se estaba rindiendo sin defenderse? Sin duda se trataba de eso, decidió Harruel. Koshmar está entregando la ciudad. Ni siquiera intenta expulsar al invasor; nos está entregando como esclavos.

Tenía que haberla juzgado mejor. Koshmar tenía pasta de guerrera. ¿Por qué semejante cobardía, entonces? ¿Por qué esta fácil sumisión? Debe de estar bajo la influencia de Hresh, estimó Harruel. Ese niño no es de los que luchan. Y es tan solapado que sabe cómo envolver a Koshmar alrededor de su dedo meñique.

Con pasos pesados, Harruel atravesó el último tramo del camino y descendió a la gran avenida que partía del portal. Ya todos le habían visto: estaban señalando hacia él, murmurando. Rápidamente irrumpió en el grupo.

— ¿Qué significa esto? — preguntó —. ¿Qué estáis haciendo? ¿Cómo ha podido entrar el enemigo en nuestra ciudad?

— Aquí no hay ningún enemigo — respondió Koshmar lentamente.

— ¿No hay enemigos? ¿No?

Harruel lanzó una mirada furibunda hacia el Hombre de Casco más cercano, hacia los dos que estaban detrás de Koshmar. Sus ojillos rojos y duros le miraban fríos y huidizos. Uno de ellos tenía un cierto aire de rey, distante, superior. El otro era muy alto. ¡Dioses, qué alto! Harruel comprendió que por primera vez en su vida estaba ante alguien más alto que él. Pero el cuerpo viejo, marchito y reseco del Hombre de Casco parecía tan endeble como el de un aguazancos. Un buen ventarrón lo partiría en dos. Harruel sintió la tentación de acabar con los dos con un par de sablazos. Primero el soberbio, luego el debilucho. Pero la voz interior que intentaba disuadirlo de actos precipitados le advertía que era una locura, que no debía actuar sin estudiar mejor la situación.

Acercó el rostro al de los dos ancianos Hombres de Casco, que le contemplaban con una mezcla de arrogancia y curiosidad.

— ¿Quiénes sois vosotros dos? — aulló Harruel —. ¿Qué buscáis aquí?

— Atrás, Harruel. No hay necesidad de hacer tanto alboroto — dijo Koshmar.

— Exijo saber…

— Aquí no se exige nada — le interrumpió Koshmar —. En el asentamiento gobierno yo, y tú obedeces. Apártate, Harruel. Son miembros del pueblo Beng, y vienen en son de paz.

— Eso es lo que tú crees — sostuvo Harruel.

La ira seguía oprimiéndole. Casi le desbordaba. Sentía la piel ardiente, los ojos palpitantes, la piel pesada de sudor. No podía tolerar semejante intrusión de los desconocidos. Con angustia miró a los que le rodeaban… Hresh, Torlyri, Sachkor…

¿Sachkor?

¿Qué hacía Sachkor allí? Había desaparecido muchos días atrás.

— Tú — espetó Harruel —. ¿De dónde vienes? ¿Y por qué estás en medio de esta conferencia de caudillos, como si también tú fueses importante?

— Yo he traído hasta aquí a los Hombres de Casco — declaró Sachkor con dignidad. En sus ojos brillaba una mirada insolente y completamente nueva. Parecía otra persona, no el que Harruel recordaba —. Salí en su busca, he vivido con ellos y he aprendido a hablar su lengua. Los he traído a Vengiboneeza para que comercien con nosotros y para que vivan en paz con nuestro pueblo.

Harruel se quedó tan asombrado al oír las palabras de Sachkor y el tono en que las dijo, que su propia réplica se le quedó atragantada. Deseó coger la sonriente cabeza de Sachkor entre las manos y aplastarla como una fruta madura. Pero se contuvo, paralizado. Durante un instante, de su garganta salieron unos sonidos ásperos y roncos, como los de una bestia, y por fin logró emitir una respuesta.

— ¿Tú los has conducido hasta aquí? ¿Tú has ayudado al enemigo a entrar en la ciudad? Sabía que eras un tonto, niño, pero nunca pensé que fueras tan…

— ¡Sachkor! — gritó una nueva voz, de mujer.

La voz de Kreun.

Venía corriendo por la calle; sin aliento, tambaleándose al pisar el pavimento de piedras desiguales. Hubo una conmoción general.

Los habitantes del pueblo vecino abrieron paso para que avanzara, y la joven fue directa hacia Sachkor, abrazándolo con tal vigor que ambos casi se estrellan contra el cuerpo de Harruel.

Harruel, malhumorado, dio un paso atrás. El dulce aroma de la joven le invadió las entrañas. Desde aquel día en que se había cruzado con ella al descender de la montaña, tras la noche de lluvia, casi no la había vuelto a ver. Le resultaba incómodo estar frente a ella en ese momento. Sólo podía causarle problemas. Durante las semanas de ausencia de Sachkor, ella se había ocultado como un despojo por los más apartados rincones del asentamiento, lejos de todos, sin hablar con nadie, como si al poseerla por la fuerza Harruel hubiera provocado algún oscuro cambio en su espíritu.

Ahora sólo tenía ojos para Sachkor. Se aferraba a él, sollozando, riendo, susurrando palabras de amor. Se comportaban como una pareja que hubiese estado largo tiempo separada, y no como dos jóvenes que hubieran jugueteado con la perspectiva de aparearse.

— Trataron de hacerme creer que habías desaparecido para siempre — musitó Kreun, hundiendo el rostro en el pecho delgado de Sachkor —. Dijeron que te habías marchado de la ciudad, o que te habías caído por las montañas, que jamás regresarías. Pero yo sabía que volverías; Sachkor. Y ahora estás aquí…

— Kreun… Kreun. ¡Cuánto te he echado de menos!

Ella le contempló con ojos enormes, con una mirada de adoración. Harruel les observaba. Para él, la escena era absurda y nauseabunda.

— ¿Es cierto que tú los descubriste y que los has traído hasta aquí; Sachkor? — preguntó ella.

— Sí, los encontré. He aprendido a hablar su idioma y los he conducido…

— Todo esto es muy conmovedor — interrumpió Hartuel —. Pero es hora de ocuparnos de asuntos de la tribu. Déjanos, niña. Toda esta charla pueril nos está haciendo perder tiempo.

— ¡Tú! — gritó Kreun, revolviéndose hacia él sin soltar a Sachkor.

— ¿Qué ocurre? — preguntó el joven, al ver que la niña comenzaba a llorar y temblar —. ¿Qué es lo que tanto te angustia, Kreun?

— Harruel… Harruel… — sollozó.

— ¿Qué sucede con Harruel?

Ella temblaba. Los dientes le castañeteaban y las palabras se confundían en un balbuceo espeso e incoherente.

— ÉI… él… Harruel… en el camino de la montaña… él me… me…

— Esta niña se ha vuelto loca — gritó Harruel enfurecido, tratando de apartar a Kreun a un lado.

Pero entonces se acercó Koshmar, y también Torlyri, ambas con aire de preocupación. Harruel sintió una oleada de ira, y por debajo, una punzada de vergüenza. La escena estaba adquiriendo visos catastróficos. La imagen de Kreun aquel día le invadió la mente: la niña con el rostro contra el suelo húmedo, las caderas firmes vueltas hacia arriba moviéndose sensualmente de un lado a otro mientras él la penetraba por la fuerza, el órgano sensitivo sacudiéndose con violencia…

Los guerreros no toman a las mujeres por la fuerza, se dijo Harruel. Un guerrero no necesita forzar a una mujer.

Lo negaré, pensó. En aquel momento no era yo. Fue algún demonio que me había poseído.

— ¿Qué es todo esto? — exigió Koshmar, furiosa.

— Sí, cuéntanos, niña — alentó Torlyri con ademanes tiernos —. ¿Qué intentas decirnos? ¿Qué hizo Harruel en el camino de la montaña?

Su voz era apenas un susurro.

— Me arrojó al suelo. Se echó sobre mí…

— ¡No! — aulló Harruel —. ¡Mentiras! ¡Mentiras!

Ahora todos le miraban, incluso los Hombres de Casco.

— Me aferró — seguía musitando Kreun —. Me tomó por la fuerza.

La joven se volvió, temblando, cubriéndose el rostro.

Sachkor se inclinó hacia delante, mirando a Harruel con ferocidad, y le cogió por el brazo con rudeza. Quería averiguar qué había ocurrido ese día entre él y Kreun a toda costa. Para Harruel, él no era más que una especie de molesto animalillo fastidioso, o quizá como un insecto zumbón de los que hay en la jungla. Harruel le apartó a un lado como por casualidad, como a un moscardón irritante. Sachkor cayó de bruces en el polvo, y quedó un instante tendido. Entonces se sentó, algo confuso, pero al parecer armándose de fuerza para un nuevo ataque. Harruel sacudió la espada ante él, advirtiendo a Sachkor que no le siguiera molestando.

— ¡Ya basta de peleas! — ordenó Koshmar —. ¡Depón la espada, Harruel!

— No lo haré. ¿No ves que está dispuesto a lanzarse otra vez sobre mí?

Realmente, Sachkor se había agazapado, parpadeando, murmurando. Harruel se puso en posición de defensa y aguardó a que el otro saltara.

— Sachkor, ¡contrólate! Y tú, Harruel, guarda la espada o haré que te la quiten — dijo Koshmar, furiosa.

Sachkor no se inmutó.

— ¿Cuál es la verdad de todo esto, Harruel? ¿Tomaste a Kreun por la fuerza?

— No le hice nada.

— ¡Miente! — gritó Kreun.

— ¡Ya basta! Estamos ante nuestros huéspedes. Este asunto requiere que lo juzguemos en otra ocasión. Kreun, regresa al asentamiento. Orbin, Konya, llevaos a Harruel hasta que se calme. Esta noche realizaremos una investigación sobre los hechos.

— Quiero la verdad — sostuvo Sachkor —, y la tendré ahora mismo.

Harruel, observando con estupor, sintió la, súbita fuerza de la segunda vista de Sachkor que se tendía sobre él. Era una experiencia sorprendente, prohibida. Estaba sondeando su alma de forma vergonzosa. Harruel se sintió desnudo hasta los huesos. Desesperadamente, trató de interponer cercos por los pasillos de su mente para impedir que Sachkor penetrara, tratando de ocultar todo recuerdo de aquel momento con Kreun. Pero no podía esconder nada Cuanto más se afanaba por encubrirlo, más vivamente se volvía la memoria en contra de él: el cuerpo firme de Kreun retorciéndose bajo el suyo, el contacto de la suave cadera frotándose contra sus muslos, el repentino placer ardiente de su empuje, el palpitante goce que sintió al verter sobre ella su fuego viril.

Sachkor, rugiendo, se irguió y se lanzó sobre Harruel en una acometida frenética y salvaje.

Koshmar gritó y trató de interponerse entre ambos, pero ya era demasiado tarde. Harruel, aún temblando desorientado tras la invasión de su mente, actuó de forma instintiva, blandió la espada y dejó que Saclikor se arrojara precisamente sobre ella.

Todos gritaron al unísono. Luego reinó un momento de silencio mayúsculo. Saclikor miró la hoja de la espada que brotaba de su pecho como si su presencia lo intrigara. Emitió un ligero estertor. Harruel dio un último impulso al arma. Tambaleándose, Saclikor miró alrededor, aún sorprendido, y cayó de lado al suelo. Kreun salió disparada y se arrojó sobre él como un manto inútil. Torlyri, de rodillas, intentaba apartarla de Sachkor, pero la joven no se movía.

Los Hombres de Casco, sorprendidos por el curso de los acontecimientos, intercambiaron comentarios en voz baja en una extraña lengua de ladridos, y comenzaron a situarse detrás de sus gigantescas cabalgaduras.

Koshmar se acercó a Sachkor, le tocó las mejillas y el pecho, llevó la mano a la espada e intentó moverla, y se quedó largo rato observando los ojos inertes del joven. Luego se puso en pie.

— Está muerto — anunció, como si no pudiera creerlo —. Harruel… ¿qué has hecho?

Sí, pensó Harruel. ¿Qué he hecho?

Para Hresh aquel día fue como un sueño interminable. Esa clase de pesadilla de la cual uno emerge exhausto, como tras una noche de insomnio. Un sueño que comenzó con una travesía al Gran Mundo, y que siguió con su primer entrelazamiento, con su torpe acercamiento a Taniane, con la irrupción de los Hombres de Casco en Vengiboneeza, sobre las sorprendentes bestias rojas, y con el regreso de Sachkor. Y ahora esto… ahora esto… No. No. Era demasiado. Demasiado.

Sachkor yacía tendido, inmóvil, atravesado por la espada de Harruel. Harruel se erguía sobre él con los brazos cruzados el rostro pétreo, el cuerpo enorme. Torlyri sostenía a Kreun, que no cesaba de llorar. Los Hombres de Casco ya habían retrocedido cincuenta pasos hacia la salida y miraban la escena como si comenzasen a creer que habían dado con una horda de zorros-rata.

— Nunca antes había sucedido esto, ¿verdad Hresh? Que un hombre de la tribu quitara la vida a un compañero… — murmuró Koshmar.

Hresh meneó la cabeza.

— Jamás. En las crónicas no hay una sola mención acerca de esto.

— ¿Qué has hecho, Harruel? — repitió Koshmar —. Has matado a Sachkor, que era uno de los nuestros. Era parte de ti mismo.

— Él se hundió en la espada — alegó Harruel como adormecido —. Todos lo habéis visto. Gritó como un loco y se lanzó sobre mí. Yo levanté la espada por la fuerza de la costumbre. Soy un guerrero. Cuando me atacan, me defiendo. Él mismo se clavó la espada. Tú lo has visto, Koshmar.

— Pero tú lo provocaste — sentenció Koshmar —. Kreun dice que tú la forzaste el día en que desapareció Sachkor. Iban a formar pareja. Es contrario a la costumbre violar a una mujer, Harruel. No puedes negarlo.

Harruel permaneció en silencio. Hresh sintió una oleada de ira, y luego otra de desconcierto, temor, y desafío. Hresh pensó que Harruel casi daba lástima. A pesar de todo, era peligroso.

Tal vez no había pretendido matar a Sachkor, decidió Hresh. Pero de todas formas, el joven estaba muerto.

— Este hecho debe castigarse — dijo Koshmar.

— Él se arrojó sobre la espada — se obstinó Harruel —. Yo sólo me defendí.

— ¿Y la violación de Kreun? — preguntó Koshmar.

— ¡También lo niega! — exclamó Kreun —. ¡Pero miente! Al igual que cuando dice que no pretendía matar a Sachkor. Odiaba a Sachkor. Siempre lo hizo. Sachkor me lo dijo, antes de irse, y me contó muchas cosas más sobre Harruel. Dijo que pensaba deponer a Koshmar. Harruel quiere gobernar la tribu, dice que será rey, una especie de hombre — cabecilla. Harruel…

— Silencio — ordenó Koshmar —. Harruel, ¿niegas la violación?

Pero Harruel no contestó.

— Debemos llegar al fondo de la cuestión — anunció Koshmar —. Hresh, ve a buscar, las piedraluces. Se lo preguntaremos a ellas. No, mejor aún, trae la Piedra de los Prodigios. Examinaremos a Harruel con ella. Descubriremos qué ocurrió entre él y Kreun, y si realmente, hizo algo…

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