Al final del invierno | Страница 39 | Онлайн-библиотека


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— ¿Por casualidad no habrás visto a Harruel? Hace un rato que ando buscándolo.

— Creía que se pasaba la mayor parte del tiempo de patrulla por los montañas.

— Demasiado tiempo — se lamentó Minbain —. Si dijera que pasa una noche de cada cinco a mi lado exageraría. Ese hombre anda tramando algo malo.

— ¿Quieres que hable con él? Si puedo ser de ayuda…

— Si lo haces, ten cuidado. Últimamente me tiene asustada. Cuando menos te lo esperas, estalla de ira. Y cosas más raras aún. Gruñe en sueños, se pasea solo, invoca a los dioses. Te lo aseguro, Torlyri, me tiene asustada. Y con todo, quisiera que pasara más noches conmigo. — Con una sonrisa de disculpas, añadió —: Hay ciertas cosas de él que echo mucho de menos.

— Sé a qué te refieres — la consoló Torlyri, sonriendo…

— ¿Para qué buscas a Hresh? ¿Ha vuelto a hacer — algo malo?

— Hoy es el día de su entrelazamiento — anunció con solemnidad Torlyri.

— ¡El día del entrelazamiento! — Minbain levantó la mirada, sorprendida —. Pero ¡qué increíble! ¡Así que Hresh ya tiene edad suficiente para entrelazarse! ¡Cómo pasa el tiempo! No había prestado atención… — Luego sacudió la cabeza —. ¡Ah, Torlyri, Torlyri! Si Hresh tiene edad suficiente para entrelazarse, yo debo ser ya una anciana.

— Ni pensarlo, Minbain. Llevas muy bien los años…

— Yissou sea alabado por eso.

Una vez más, Minbain volvió a su trabajo.

— Si veo a Harruel, le diré que quieres estar más a menudo con él — dijo Torlyri.

— Si encuentro a Hresh le diré que vaya a verte.

La herida que le infligió el Árbol de la Vida tardó mucho tiempo en cicatrizar. Hresh se dijo que jamás volvería a la caverna de las treinta y seis torres, y que no haría más viajes a la Vengiboneeza del Gran Mundo. Pero a medida que fueron transcurriendo los días, su curiosidad innata comenzó a restablecerse, y supo que no mantendría su promesa durante mucho tiempo más. Pero juró que si volvía a toparse con el Árbol de la Vida, no volvería a posar los pies en él. No quería ver otra vez el lugar donde sus ancestros habían sido confinados como las buenas bestias que eran, para deleite e instrucción de la gente civilizada.

Cuando regresó no vio rastros del lugar donde había encontrado el Árbol de la Vida. Otra vez halló la ciudad muy transformada, y de los edificios que había reconocido en anteriores visitas no quedaba más que la Ciudadela y un puñado escaso de los otros. Pero eso le alivió, ya que sospechaba que si volvía a encontrar el Árbol de la Vida no podría abstenerse de entrar, a pesar de su juramento.

— ¡Por fin te encuentro! ¡He andado detrás de ti toda la mañana! — le recriminó Torlyri.

Hresh, sombrío y abatido, venía deambulando hacia ella por la amplia y sinuosa avenida que conducía al sector Emakkis Boldirinthe, al norte de la ciudad. Tenía una expresión remota y abstraída. Parecía tener la imaginación en algún otro mundo.

Se volvió a Torlyri como si no tuviese idea de quién era. Rehuyó la mirada de la mujer.

— ¿Llego tarde a alguna ceremonia?

— ¿Sabes qué día es hoy?

— ¿Friit? — dudó —. No. Es Mueri. Estoy seguro de que es Mueri.

— Precisamente, es el día de tu enetrelazamiento — respondió Torlyri, riendo.

— ¿Hoy?

— Sí. Hoy. — Abrió los brazos —. ¿Acaso te es indiferente?

Hresh se contuvo, mirando al suelo. Comenzó a garabatear dibujos sobre la tierra con el dedo gordo del pie.

— Pensaba que sería mañana — murmuró con voz baja y angustiada —. De veras. De veras, Torlyri.

Ella recordó como era él aquel día, en la salida del capullo, temblando bajo el aire frío, rogándole que no le contara a Koshmar que había intentado fugarse. Ahora era mayor, muy distinto. Sus responsabilidades dentro de la tribu le habían hecho crecer, pero a pesar de todo, en cierta manera no había cambiado. No en lo esencial. Ya era casi un hombre. Apenas quedaba nada de aquel chiquillo salvaje y atemorizado. Ahora era Hresh, el de las respuestas, el que llevaba las crónicas, el jefe de Los Buscadores, sin lugar a dudas el miembro más sabio de la tribu. Y, aun así, seguía siendo Hresh, el de las preguntas, ávido, impredecible, ingobernable. ¡Olvidarse del día de su propio entrelazamiento! Sólo Hresh era capaz de algo semejante.

Tras días antes le había dicho que se preparara para la última iniciación a la edad adulta. Eso significaba ayunar, purgarse, invocar, meditar. ¿Lo habría hecho?

Probablemente no. Las prioridades de Hresh sólo Hresh las determinaba.

Si no se ha preparado, pensó, ¿cómo piensa lograr su primer entrelazamiento? Incluso él, incluso Hresh, debía prepararse convenientemente.

— Pareces extraño. Has estado usando las máquinas del Gran Mundo, ¿verdad? — le preguntó.

Hresh asintió.

— ¿Y has visto algo que te ha perturbado?

— Sí — reconoció.

— ¿Quieres hablarme de ello?

Hresh se apresuró a sacudir la cabeza.

— En realidad no.

Seguía teniendo en los ojos una expresión abstraída. Su mirada se perdía en algún punto más allá del hombro izquierdo de Torlyri, como si estuviera soportando la conversación sólo por cortesía, sin intervenir en ella de forma activa. Se hallaba extraviado en un dolor que Torlyri no podía sospechar. Y cada vez estuvo más convencida de que sería un error introducirle en su primer entrelazamiento ese día. Pero al menos, sí podría intentar aliviarle de su sufrimiento.

Se acercó hasta él, le tocó, y le comunicó su energía y su tibieza. Hresh siguió con la mirada perdida en la distancia. Algún Músculo le palpitaba y tironeaba en una mejilla.

Al cabo de un rato dijo, como si hablara desde muy lejos:

— Mientras estamos aquí puedo ver todo el pasado a mi alrededor. La antigua Vengiboneeza, la del Gran Mundo. — Su voz sonaba curiosamente ronca. Los labios le temblaban. Por primera vez la miró de frente, y ella descubrió en sus ojos mucho más temor y extrañeza que nunca —. A veces, Torlyri, no sé dónde estoy. Ni en qué época. La antigua ciudad yace sobre ésta como una máscara. Se eleva como una visión, como un sueño. Y me da miedo. Nunca antes había estado asustado, ¿sabes, Torlyri? Sólo quiero saber cosas. Y el conocimiento nunca produce miedo. Pero, a veces, cuando me interno en Vengiboneeza veo cosas que… que… — Vaciló —. Para mí la ciudad antigua cobra vida. Y cuando lo hace se extiende sobre las ruinas como una máscara de oro bruñido… una máscara tan hermosa que me aterroriza. Luego regreso a la ciudad del presente, derruida, y la veo extenderse sobre la civilización pretérita como un cráneo sobre un rostro.

— Hresh… — murmuró ella, estrechándole contra el pecho.

— Quiero aprender cosas, Torlyri. Aprender todo sobre el pasado. Pero a veces… a veces descubro cosas que…

Se liberó de su abrazo, se apartó unos pasos y le dio la espalda, para encaminarse hacia la montaña.

— Tal vez debamos dejar tu primer entrelazamiento para otra ocasión — propuso ella al cabo de un rato.

— No. Hoy es el día propicio.

— Tu alma está muy atormentada hoy.

— Con todo, debemos hacerlo el día señalado.

— Si otros pensamientos te distraen al punto de impedirte ingresar en el estado de entrelazamiento…

— Ya me estoy tranquilizando — dijo Hresh —. Tu presencia me ayuda, hablar contigo me serena. — Se volvió para mirarla y enderezó la espalda. De pronto su tono sonó más grave, trémulo de determinación —. Ven. Ven, Torlyri. Ya se hace tarde y tenemos cosas importantes que hacer.

— ¿De verdad crees que debemos arriesgarnos?

— ¡Estoy convencido!

— ¡Ah!, pero… ¿has hecho los preparativos? ¿Todo lo que tenías que hacer?

— He hecho lo suficiente — dijo Hresh. Le lanzó una fugaz sonrisa esplendorosa. De pronto estaba animado, ansioso, alerta. — Bueno, Torlyri, vayamos a tu cámara. ¡Es el día de mi primer entrelazamiento! ¿Me perdonarás por haberlo olvidado? Sabes que tengo muchas cosas en qué pensar. Pero ¿quién podría olvidarse del día de su entrelazamiento? ¡Ven, Torlyri, enséñame el arte! ¡Toda mi vida he estado esperando este día!

Era como si en un momento hubiese despertado de un sueño, o como si se hubiese recuperado de una enfermedad. En un instante toda su confusión y desaliento parecieron abandonarle. ¿Sería realmente así, se preguntó Torlyri, o sólo estaba fingiendo? Era cierto que parecía haber vuelto a ser el de siempre, el impaciente y fervoroso Hresh. Hresh, el de las preguntas, ávido como siempre de nuevas experiencias. Tal vez esa mañana, entre los muchos misterios de la antigua Vengiboneeza, se había visto sometido a una experiencia demasiado terrible, pero sea cual fuera la nube que le ensombrecía, parecía estar disipándose.

Y, sin embargo, no estaba segura.

No hay ningún inconveniente en esperar otro día — dijo.

— Hoy, Torlyri. Hoy es el día.

Ella sonrió y le abrazó de nuevo. Hresh era irresistible. ¿Cómo negarse?

— Pues bien. Que así sea: hoy es el día.

En el capullo, los entrelazamientos siempre se habían realizado en pequeñas cámaras especiales, dispuestas a cierta distancia del habitáculo principal. Era una relación privada, el acto más íntimo que se daba entre el Pueblo. Aún el apareamiento podía hacerse en presencia de otros miembros sin ocasionar sorpresa, pero jamás el entrelazamiento.

Desde que la tribu se había instalado en Vengiboneeza, la vieja costumbre de mantener cámaras separadas para entrelazarse había caído en desuso. La gente se entrelazaba en privado, en su propia vivienda o en algún edificio abandonado de la ciudad. Había pocas probabilidades de que alguien interrumpiera el acto. Pero un primer entrelazamiento era algo delicado, y Torlyri se había apropiado de un recinto para llevar a cabo el rito, una galería debajo del templo, donde no había posibilidad de intromisiones accidentales. Hacia allí se dirigían ella y Hresh ahora.

Al entrar en la sala principal del templo, la figura alta y esbelta de Kreun emergió de las sombras de la capilla de Mueri. Cuando estuvo cerca de ellos se detuvo y se volvió hacia Torlyri, como si quisiera decirle algo, pero sus labios sólo produjeron una especie de sollozo. Se apresuró a escabullirse y no tardó en perderse de vista.

Torlyri meneó la cabeza. Durante las últimas semanas la niña se había comportado de modo muy extraño. Desde luego, la desaparición de Sachkor, que debía ser su compañero, la había afectado mucho: Sachkor se había esfumado, y nadie le había visto dentro de la ciudad. Hresh, valiéndose de su Piedra de los Prodigios, — había llegado a la conclusión de que el joven seguía con vida. Pero ni siquiera Hresh tenía idea de dónde podía estar. Era un suceso extraño, pero más peculiar aún era el modo en que Kreun se había replegado sobre sí. misma. El sentimiento de dolor no podía explicar todos sus cambios. Ahora era una persona distinta, susceptible, silenciosa, meditabunda. Lloraba durante horas, y no hablaba con nadie. Y esta situación se prolongaba durante demasiado tiempo. Torlyri resolvió llamarla aparte y, si podía, tratar de aliviar el peso que la oprimía.

Pero no ese día, que pertenecía a Hresh.

Una amplia y sinuosa rampa de piedra, de las que tanto agradaban a los arquitectos de los ojos-de-zafiro, conducía a las cámaras de entrelazamiento de Torlyri. El camino estaba iluminado por una pálida luz anaranjada que partía de unos racimos de moras de luz situados sobre los candelabros de la pared.

Cuando comenzaron a descender por la rampa, Hresh dijo de pronto:

— He estado pensando en los dioses, Torlyri.

Aquel comentario la cogió por sorpresa. Debería estar pensando en el entrelazamiento, y no en semejantes cosas. Pero su comportamiento no la sorprendió. Muchas de las cosas que decía Hresh eran inusitadas. Hresh casi nunca se comportaba igual que el resto de la tribu.

— ¿Ah, sí? — preguntó sin mucho énfasis.

— He descubierto algo durante mis exploraciones — continuó —. Una máquina de los antiguos me mostró los animales que vivían en la época del Gran Mundo. Algunos de ellos eran muy parecidos a los animales actuales, y sin embargo había ciertas diferencias. De forma más o menos perceptible, los animales que han subsistido a lo largo de las eras desde el Gran Mundo han sufrido muchos cambios.

— Quizá sí — comentó Torlyri, preguntándose adónde iría a parar la conversación.

— Me pregunté cuál sería el dios que ocasionaba tales cambios — prosiguió Hresh —. Los ha transformado Dawinno. ¿No es él acaso quien transforma a todos los seres en el transcurso de los años, Torlyri? Dawinno crea nuevas formas a partir de otras más antiguas.

Torlyri se detuvo en la rampa, estudiando a Hresh con expresión azorada. Para ser sólo un niño, para comenzar apenas a ser un hombre, su mente era un hervidero. Sin duda, no había nadie como Hresh, jamás lo habría!

— Dawinno se lleva lo viejo, sí — explicó Torlyri con cautela —. Él crea lugar para lo nuevo.

— Él — hace surgir lo nuevo de lo viejo.

— ¿Es así como tú lo entiendes, Hresh?

— Sí. Sí. ¡Dawinno es quien transforma las cosas!

— Muy bien. — admitió Torlyri, cada vez más desorientada.

— Pero la transformación sólo es transformación — siguió el joven —. No es creación.

— Supongo que tienes razón.

Los ojos del muchacho habían cobrado un fulgor febril y brillante.

— Entonces, ¿dónde comienza todo? Considera, Torlyri, los dioses que veneramos. Veneramos al Dador, a la Consoladora, al Sanador. Y al Protector y al Destructor. Pero no hay ningún dios al cual llamemos Creador. ¿A quién debemos nuestra vida, Torlyri? ¿Quién es el creador del mundo? ¿Yissou?

Desde el comienzo de la conversación, Torlyri se había sentido intranquila, pero ahora su inquietud comenzó a incrementarse.

— Yissou es el Protector — declaró.

— Exactamente. Pero no el Creador. No sabemos quién es el Creador. Ni siquiera hemos pensado en eso. ¿Alguna vez te has preguntado estas cuestiones, Torlyri? ¿Lo has hecho?

— Yo celebro los rituales. Sirvo a los Cinco.

— ¡Y los Cinco deben servir a un Sexto! ¿Por qué no tenemos un nombre con qué invocarlo? ¿Por qué no hay rituales con que honrarlo? Él creó el mundo y cuanto hay en él. Dawinno se limita a dar nuevas formas. Al fijarme en la evidencia de su acción transformadora, comencé a preguntarme acerca de la forma original, ¿no lo comprendes? Tiene que haber un dios superior a Dawinno; y no sabemos nada de él. ¿Lo ves, Torlyri? ¿Lo ves? Se esconde de nosotros, pero es el poder supremo. Tiene el poder de la creación. Puede crear a partir de nada. Y puede transformar cualquier cosa en cualquier otra. Vaya… ¡incluso podría ser capaz de tomar bestias tan estúpidas y desagradables como los monos que han estado hostigándonos para convertirlos en algo casi humano. Tiene poder para hacer cualquier cosa, Torlyri. ¡Es el Creador! ¡Pero si incluso podría haber hecho a los mismos Cinco!

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