Al final del invierno | Страница 38 | Онлайн-библиотека


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Sabía que podía ser peligroso. Tal vez la esfera le absorbiera, y fuera transportado…, ¿pero adónde? ¿A otro mundo? ¿A la morada de los dioses? O tal vez lo destruyera. Comenzaba a sospechar que los ojos-de-zafiro empleaban este dispositivo para dar fin a su existencia cuando les llegaba la hora de morir. Pero la tentación de mirar al interior era irresistible. Y se dijo que sólo era una visión. ¿Cómo podía, en realidad, sufrir daño si se trataba de una máquina que no tenía existencia real, que había dejado de existir al menos setecientos mil años antes de que él naciera?

¿Pero si la visión no es real, le dijo una voz en su interior, cómo he podido arrancar las bellotas del árbol y formar una pila con ellas?

Ignoró la pregunta y miró al interior de la esfera.

En el centro había algo extraño: una zona de oscuridad incomparable, tan negra que arrojaba una especie de luz más allá de la luz. La observó, intrigado, y supo que no sólo estaba contemplando otro mundo, sino también otro universo, algo que escapaba al — dominio de los dioses. Aunque la zona negra parecía diminuta — bien podía caber dentro de su puño —, encerraba un gran poder. Han capturado pequeños fragmentos de otro universo, imaginó, para instalarlos en estos recipientes redondos de metal. Y cuando desean partir del reino de los dioses, se acercan a uno de estos recipientes y la negrura los atrae y los transporta…

Aguardó serenamente a que se lo llevara. Estaba dominado por el embrujo. Que lo llevara a donde fuera.

Pero no lo condujo a ningún sitio. Estuvo mirando hasta que los ojos le dolieron. Luego, entre las sombras aparecieron dos figuras: un ojos-de-zafiro y un vegetal, y le hicieron señas.

— Apártate de ahí — indicó el vegetal en un roce de susurros —. Es peligroso, pequeño.

— ¿Peligroso? ¿Por qué? ¡Si pongo la cabeza y no — sucede nada!

— Apártate, de todos modos.

— Lo haré, si me explicáis qué es esto.

El vegetal plegó los pétalos; el ojos-de-zafiro lanzó una risita sibilante. Ambos le explicaron el mecanismo hablando al mismo tiempo, y comprendió perfectamente lo que decían, al menos mientras estuvieron hablando. Lo que le contaron le dejó boquiabierto de asombro; pero fue como todo lo que había oído en sus visitas al Gran Mundo, sustancioso como la comida de los sueños. Todo el significado que tenía mientras se lo contaban desapareció de inmediato, por mucho que intentó retenerlo.

Descendió de la plataforma, y le condujeron a un sitio de luces y cantos. Lo único que recordó después fue que había llegado a alguna conclusión propia, que no tenía relación con nada de lo que le habían dicho: que ésos eran los dispositivos que la gente del Gran Mundo utilizaba para dar fin a sus vidas, cuando consideraban que había llegado la hora de morir.

¿Por qué deseaban morir?, se preguntó. Pero no halló respuesta.

Luego pensó: sabían que se acercaban las estrellas de la muerte. Y, sin embargo, permanecieron en la ciudad y las dejaron caer.

¿Por qué lo habrían permitido?

Tampoco encontró respuesta para ello.

En la ciudad de las visiones de Hresh había un sitio donde aparecía el mundo dibujado contra el cielo. Sobre la pared exterior de un edificio bajo de diez lados, montado en ángulo, se veía un disco plano de brillante metal plateado. Al pulsar un botón que había al lado, de alguna parte salió un fuste de brillo hiriente que golpeó, a Hresh y entonces ante él emergió con todo el brillo de la vida el inmenso globo terrestre. Supo de inmediato que era el mundo, porque en las crónicas había visto imágenes de él. Aquellas representaciones eran planas, pero ésta era redonda. Reconoció aquella imagen porque las crónicas decían que en realidad el mundo era esférico. Hresh nunca había imaginado que sería tan vasto. Dio la vuelta completa alrededor del globo que lo representaba y vio un continente en cada cuadrante: cuatro inmensas masas de tierra, separadas por extensos mares. Aparecían inmensas ciudades conectadas por avenidas que parecían ríos de luz, y lagos, y ríos, y montañas y planicies. Aunque sólo era una imagen en el aire, Hresh percibió el poder que irradiaba de esos mares gigantescos y el peso demoledor de las montañas; y al mirar las representaciones de las ciudades tuvo la ilusión de ver diminutas figuras moviéndose sobre las calles en miniatura.

Una de estas masas de tierra era gigantesca, y casi llenaba una cara entera del globo. Al dar la vuelta hasta el otro lado vio dos más, una sobre la otra y la cuarta se hallaba debajo del mundo: era un sitio helado del cual provenía un frío palpable.

— ¿Dónde está Vengiboneeza? — preguntó Hresh, y una luz verde y destellante apareció cerca del extremo izquierdo de esa masa superior, en el lugar donde el globo tenía dos plataformas superpuestas —. ¿Y Thisthissima? ¿Mikkimord? ¿Tham?

En cuanto mencionaba otras ciudades del Gran Mundo, se encendían puntos de luz, y el globo giraba para mostrarlas. Luego, su pequeño repertorio de nombre se agotó, y ordenó al globo que le mostrara todas las ciudades a la vez. Obedeció al instante, y en el globo surgieron otros tantos puntos de luz, y comenzó a girar tan de prisa que Hresh tuvo que retroceder, encandilado, y cubrirse los ojos de puro terror. Y cuando se atrevió a mirar de nuevo, el globo ya había desaparecido.

Nunca volvió a usarlo. Pero la imagen de aquel mundo redondo, con sus mares inmensos y sus colosales masas de tierra, que resplandecían con una miríada de luces que señalaban las ciudades, jamás se borraría de su mente.

Y comprendió cuán grande había sido realmente el Gran Mundo.

Hizo otro descubrimiento que le mostró la inmensidad de todo ese esplendor perdido. Se trataba de una estructura que identificó como el Árbol de la Vida, del cual Thaggoran le había hablado alguna vez.

En realidad no era un árbol, sino más bien un túnel o una serie de túneles, ya que se extendía horizontalmente sobre la tierra a lo largo de cientos de metros en un espacio abierto que daba la impresión de ser un parque. El suelo se extendía por debajo del nivel de la tierra, y se encontraba cubierto con arcos de un material absolutamente transparente de forma que no parecía tener techo. En el centro había una gran galería central, de la cual emergían pasillos más pequeños, y de éstos, otros más reducidos aún.

En el extremo de cada rama se abría una cámara redonda, donde vivía una pequeña familia de animales, al parecer en lo que debía ser su ambiente natural, ya que algunas cámaras eran secas y desérticas, mientras que otras mostraban una vegetación exuberante. Se podía caminar por el Árbol de la Vida, rama tras rama, sin perturbar en absoluto a las criaturas.

Hresh no había visto seres como ésos en el viaje de la tribu por las planicies. Pero se parecían a algunas especies representadas en el Libro de las Bestias, en las crónicas. Por lo tanto, debía tratarse de criaturas que habían poblado el mundo antes de la llegada de las estrellas de la muerte: los animales perdidos, los desaparecidos habitantes del mundo anterior.

Había unos enormes, de andar lento, rojos y negros, con cuernos como trompetas que en las puntas se abrían para formar grandes campanas. Y había otros de patas delgadas, con pelaje amarillo claro y ojos redondos y azorados, del tamaño de la mano de Hresh. Y había unos pequeños de poca estatura y aspecto feroz, que parecían ser todo dientes y garras. Vio otros seres leonados, con franjas negras, que chapoteaban en una ciénaga, erguidos sobre cuatro patas huesudas mientras inclinaban el largo cuello y el pico dentado para atrapar en el fango a unas desventuradas criaturas verdes.

Había otros animales redondos como un tambor, que emitían un retumbar jovial con sus tensos vientres azules. Descubrió otros con forma de serpiente y tres cabezas. Y unas bestias timoratas y diminutas, de orejas inmensas, cubiertas de musgo y hojillas chatas. Hresh no estaba seguro de si se trataba de animales o plantas.

Deambuló estupefacto por las cámaras, asombrado por su abundancia y complejidad. Le invadió una gran tristeza al pensar que todos aquellos seres probablemente habían desaparecido del mundo, a menos que de algún modo hubieran podido esconderse dentro de un capullo para aguardar el transcurso de los siglos helados. Pero lo dudó. Todos habían muerto, igual que los ojos-de-zafiro.

En una cámara cerca del extremo superior del Árbol de la Vida vio algo que significó un golpe terrible para él: un grupo de lo que al parecer era gente de su especie, cuya vida transcurría en una versión en miniatura del viejo capullo tribal.

No eran exactamente como él. A primera vista parecían iguales, pero cuando Hresh los estudió con más atención vio que los órganos sensitivos eran más delgados y que pendían de un ángulo distinto. Tenían las orejas más grandes y se encontraban colocadas en la cabeza de un modo que le resultó muy extraño. Su pelaje era excepcionalmente denso y muy basto. Los adultos no eran tan altos como los de su tribu, y no tenían el cuerpo tan robusto. Las manos se unían a los brazos en un ángulo extraño, tenían los dedos largos y negros, y las palmas eran de un color rojo brillante, y no rosadas como las de Hresh. Sintió el corazón en un puño. Era una revelación devastadora.

Era como si estuviera ante una versión pretérita del Pueblo, ante un primer ensayo. Había tantas diferencias entre ellos como puntos en común, pero no podía negar las semejanzas. Pertenecían a una misma especie. Eran gente de su misma familia. Tenían que serlo. Eran sus antepasados. Así debía haber sido el Pueblo en la época del Gran Mundo.

En el Libro de las Bestias decía que Dawinno, el Destructor, alteraba constantemente la forma de todas las criaturas del mundo. Los cambios eran tan pequeños que de una generación a la otra apenas se notaban, pero a lo largo de grandes períodos llegaban a establecer diferencias importantes. Ahora Hresh tenía ante sí la prueba. La raza que había emergido del capullo al final del Largo Invierno era muy distinta de la que había entrado en él setecientos mil años antes.

Y detrás de esa verdad yacía otra, más profunda e hiriente. De haber podido, se habría negado a reconocerla. Pero era innegable.

Sin ninguna duda, el Árbol de la Vida no era más que una colección de animales, reunidos allí tal vez para diversión de los ciudadanos de Vengiboneeza. Allí no había amos — del mar, ni hjjks, ni vegetales, ni ningún pueblo civilizado del Gran Mundo: sólo simples bestias. Y entre ellas, sus propios antepasados.

Los músculos de Hresh se tensaron en una furiosa protesta. Pero no había forma de ignorar la evidencia. Paso a paso, la ciudad le había obligado a admitir la verdad que tanto había luchado por negar desde que el Pueblo entró en Vengiboneeza: que en la época del Gran Mundo su raza ni siquiera se consideraba una especie inteligente, sino que los trataban como meras bestias a las que nunca pondrían a la misma altura que los Seis Pueblos. Tal vez bestias superiores. Pero bestias de todas formas, exhibidas en muestrarios como ése, entre tantos otros animales del viejo mundo.

Se sintió derrumbado, herido, conmocionado. Permaneció de pie en mudo estupor, contemplando a esos seres que vivían en la cámara, a esas criaturas… Eran seres de su especie, y no hacían caso de él. Tal vez los animales que se exhibían en el Árbol de la Vida no podían ver a quienes se acercaban para mirarlos.

Los saludó. Repiqueteó los dedos contra la pared transparente de la cámara. Con voz áspera, entrecortada, desafiante, les gritó:

— ¡Soy Hresh, vuestro hermano! ¡He venido a traeros buenas nuevas: los hijos de los hijos de vuestros hijos heredarán el mundo!

Pero las palabras se le atragantaron y las criaturas de la cámara ni siquiera levantaron la mirada.

Al cabo de un rato se alejó y se arrastró hacia la avenida. Vio la gran Ciudadela del pueblo de los sueñasueños agazapada sobre la colina. A pesar de la oscuridad, resplandecía con el brillo de mil soles. Se apartó de ella, acobardado. Ése era el sitio de los seres humanos. Ya no le cabía la menor duda. Era el templo de los hombres, su hospedaje, el lugar que les correspondía, pensó. No a nosotros. Un sitio para humanos. No sé que debemos ser, pero no somos humanos.

Una vez más le pareció oír la abominable risilla de los guardianes de la ciudad:

Monito. Monito. Nunca os confundáis con los seres humanos, niño.

Dejó que la visión se desvaneciera, y apareció en la vieja Vengiboneeza como un ahogado que asoma la cabeza sobre la superficie de las aguas.

Al regresar al asentamiento optó por no decir nada a nadie. Ni siquiera a Taniane. Pero ante la muchacha se sentía como si fuera transparente. Ella le miraba desde lejos, de un modo velado y remoto, como si le dijera: «Escondes un terrible secreto que no te atreves a contarme, pero lo sede todos modos.» En su confusión y pesar, Hresh se mantuvo lejos de ella durante varios días, y sólo volvió a dirigirse a ella para hablar de cosas triviales, para mantener una conversación difusa y cuidadosamente limitada. En aquel momento era incapaz de soportar nada más, y ella parecía advertirlo.

Unos días más tarde, los simios salvajes de la jungla volvieron a atacar el asentamiento, aullando y chillando, destruyendo ventanas, arrojando excrementos, barro y más nidos de insectos urticantes. Hresh miró a los intrusos con furia y desprecio. Toda su alma se resistía a la idea de que el Pueblo y esos sucios y chillones animales pudiesen provenir de la misma especie, tal como habían sostenido los ojos-de-zafiro artificiales. Pero cuando Staip y Konya se encaramaron sobre un tejado y abatieron con la espada a una docena de ellos, Hresh se volvió temblando de espanto, conteniendo las lágrimas. No podía soportar verlos morir así. Era como un asesinato. No sabía qué pensar. Le parecía que nunca más volvería a ser capaz de comprender la realidad.

Minbain estaba trabajando en los campos, cuidando los nuevos cultivos de estación, cuando Torlyri se acercó a ella.

— Estoy buscando a Hresh. ¿Tienes idea de dónde puede estar? — le preguntó.

Minbain rió.

— En la luna, supongo. O nadando de una estrella a otra. ¿Quién sabe por dónde anda Hresh? Yo no, Torlyri.

— Supongo que estará merodeando por las ruinas otra vez.

— Supongo. Hace días que no sé, nada de él.

Ya hacía tiempo que Minbain había dejado de pensar en Hresh como en un hijo. Era un ser que escapaba a su comprensión; veloz, extraño e impredecible como el rayo. Su atención retornó al lecho de flores. Al cabo de un rato levantó de nuevo la mirada.

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