Al final del invierno | Страница 37 | Онлайн-библиотека


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Y lo mismo debería ocurrir con una mujer de las ofrendas, agregó Koshmar en silencio.

Apartó la mirada para que Torlyri no pudiera leer en sus ojos. Había jurado no interferir en la vida de Torlyri, por muy penoso que pudiera resultarle.

— Hablando de entrelazamiento… — dijo Torlyri.

— ¡Sí, Torlyri, habla de entrelazamiento! Habla cuanto quieras. — La inesperada urgencia aceleró la respiración de Koshmar. Cuanto más profunda se hacía la relación de Torlyri con Lakkamai, más ávida se sentía Koshmar de cualquier muestra de afecto por parte de ella —. ¿Ahora? ¿Aquí? Muy bien. Ven…

Torlyri pareció sorprendida y acaso no muy contenta.

— Si lo deseas, desde luego, Koshmar. Pero no era eso lo que intentaba decirte…

— ¿Ah, no?

— Ha llegado la hora de que Hresh tenga su ceremonia de entrelazamiento. Eso es lo que pretendía decirte. Si consigo hacerle olvidar sus máquinas y la Piedra de los Prodigios durante un tiempo suficiente, debo llevarle a la iniciación.

— Ya… — murmuró Koshmar, sacudiendo la cabeza —. Ya veo, el día del entrelazamiento de Hresh…

Ésa era una de las misiones de la mujer de las ofrendas: iniciar a los jóvenes en los secretos del entrelazamiento. Torlyri siempre había realizado esa labor con sumo afecto y cuidado. Koshmar jamás se había preocupado por esos entrelazamientos compartidos, aunque aquel acto era algo mucho más íntimo aún que la cópula. Iniciar a los jóvenes era la misión que los dioses habían encargado a Torlyri. Si aquella situación fuera coherente, pensaba Koshmar, tendría que sentirse mucho más preocupada por el entrelazamiento con Hresh que por el apareamiento con Lakkamai. Pero era a la inversa. Que Torlyri se entrelazara con los jóvenes no constituía ninguna amenaza para ella. Pero que se apareara con Lakkamai… que se apareara con Lakkamai…

Copular no significa nada, pensó Koshmar con ira.

Se dijo que estaba mostrándose incoherente. Y luego rumió que todas estas cosas excedían a la lógica. El corazón posee una lógica propia, reflexionó.

— Taniane ya ha tenido su primer entrelazamiento, y también Orbin, y ahora ha llegado el turno de Hresh. El siguiente será Haniman.

— El tiempo pasa tan deprisa… A veces pienso que todavía es el mismo niño travieso que trató de escabullirse por la salida el día en que aparecieron los comehielos y en que despertó el Sueñasueños. Aquel día tan extraño parece haber quedado perdido en el tiempo. Con la infancia de Hresh.

— Todo ha sucedido de forma muy extraña — comentó Torlyri —. Que hayamos nombrado anciano de la tribu a un muchacho que ni siquiera tiene edad suficiente para entrelazarse…

— ¿Crees que esta nueva experiencia le cambiará?

— ¿Cambiará? ¿En qué sentido?

— Dependemos tanto de él — reflexionó Koshmar —. Hay tanta sabiduría dentro de esa joven cabeza. Pero los niños a veces cambian, ¿sabes?, cuando comienzan a entrelazarse. ¿Lo has olvidado, Torlyri? Y en cierto sentido, Hresh no es más que un niño. Esto es algo que no podemos olvidar. Cuando encuentre un compañero de entrelazamiento, durante meses enteros tal vez no haga más que entrelazarse todo el día. ¿Y qué sucederá con la exploración de Vengiboneeza? Tal vez incluso comience a mostrar interés en aparearse…

Torlyri se encogió de hombros.

— ¿Y si así fuera? ¿Qué hay de malo en ello?

— Tiene responsabilidades, Torlyri.

— Es un niño que se está convirtiendo en un hombre. ¿Acaso pretendes arrebatarle la juventud? Que se entrelace cuanto quiera. Que se aparee, si eso es lo que desea. Que tome una compañera incluso.

— ¿Compañera? ¿El cronista?

— Estamos en la Nueva Primavera, Koshmar. No hay necesidad de limitarlo a las viejas costumbres…

— El anciano no debe formar pareja — dijo Koshmar con firmeza —. Ocurre igual que con la cabecilla o la mujer de las ofrendas. Entrelazarse, sí. Incluso aparearse, si lo desean. Pero ¿formar pareja? ¿Cómo sería posible? Los dioses nos escogen como personas distintas de los demás. — Koshmar meneó la cabeza —. Nos hemos apartado del tema. ¿Cuándo piensas realizar la iniciación de Hresh?

— Dentro de dos días. Tres a lo sumo. Si no tiene nada importante entre manos.

— Bien — asintió Koshmar —. Hazlo cuanto antes. Y comunícamelo cuando haya tenido lugar. Entonces tendremos que vigilarle para observar si hay algún cambio.

— Estoy segura de que no cambiará. Recuerda que posee el Barak Dayir, Koshmar. ¿Crees que un entrelazamiento puede afectarle más que la Piedra de los Prodigios?

— Tal vez. Tal vez.

Se produjo un silencio incómodo.

— ¿Koshmar? — se atrevió Torlyri por fin.

— ¿Sí?

— ¿Sigues con ganas de entrelazarte? — preguntó Torlyri, vacilante.

— Desde luego — replicó, más tierna, más ávida.

— Antes de que lo hagamos, una pregunta.

— Adelante.

— Has dicho que la mujer de las ofrendas no debía formar pareja…

Koshmar la miró a los ojos. Esto era algo nuevo. No sospechaba que la situación hubiese ido tan lejos.

— Nunca antes se ha hecho — declaró con frialdad —. Ni la cabecilla, ni el cronista, ni la mujer de las ofrendas. Se apareaban cuando lo deseaban. Y se entrelazaban, desde luego. Pero nunca formaban pareja. Nunca. Formamos una casta distinta.

— Sí. Sí, lo sé.

Y de nuevo, otro silencio desagradable.

— ¿Me estás pidiendo permiso para tomar a Lakkamai como compañero, Torlyri? — dijo Koshmar finalmente.

— A ambos nos gustaría formar pareja, sí — reconoció Torlyri con cautela.

— Me estás pidiendo permiso…

Torlyri sostuvo su mirada.

— Es la Nueva Primavera, Koshmar.

— ¿Quieres decir que no consideras imprescindible mi consentimiento? ¡Di lo que estás pensando, Torlyri! ¡Di lo que sientes!

— Nunca antes había sentido nada parecido.

— De eso no me cabe duda — dijo Koshmar con aspereza.

— ¿Qué debo hacer, Koshmar?

— Cumple con tus obligaciones para con los dioses y el pueblo — respondió Koshmar —. Lleva a Hresh para su iniciación. Haz las ofrendas cotidianas. Concede tu bondad a todos los que te rodean, como siempre has hecho.

— ¿Y con Lakkamai?

— Con Lakkamai haz lo que quieras.

Por tercera vez, Torlyri permaneció en silencio. Koshmar no hizo nada por romperlo.

— ¿Quieres entrelazarte conmigo ahora, Koshmar? — se ofreció Torlyri finalmente.

— En otra ocasión — rechazó Koshmar —. En realidad, hoy estoy muy cansada y creo que no sería un buen entrelazamiento. — Le dio la espalda. Con desolación, añadió —: Te deseo la dicha, Torlyri. Lo entiendes, ¿verdad? Sólo te deseo la dicha.

Hresh comenzó a ir solo a las ruinas, como desafiando la prohibición de Koshmar, pero a ella no pareció importarle, o no le llamó la atención. Su destino era casi siempre el Gran Mundo. Esa máquina de incontables palancas que aguardaba en la caverna subterránea, bajo la torre de la plaza, tenía para él un atractivo irresistible.

Ya había descubierto que la losa flotante que lo conducía hasta la cueva subía automáticamente al nivel superior después de transcurrido cierto tiempo. De ese modo, ya no necesitaba a Haniman para que operara el mecanismo cada vez que descendía. Estaba dispuesto a aceptar todos los riesgos con tal de evitar que alguien compartiera sus viajes al remoto pasado. El Gran Mundo era su tesoro privado, y podía tomar de él lo que le viniera en gana.

El procedimiento se repetía en cada ocasión. Activaba la losa negra, descendía hasta la máquina, tomaba el Barak Dayir con el órgano sensitivo, aferraba las palancas. Y el Gran Mundo cobraba vida, nítido y sorprendente.

jamás entraba dos veces en el mismo sitio. La estructura física de la ciudad era diferente en cada ocasión. Era como si toda la larga historia de la fabulosa Vengiboneeza estuviera almacenada dentro de la máquina: todos los cientos de miles de años de crecimiento y transformación… Como si el azar le ofreciera cualquier fragmento del pasado, a veces una Vengiboneeza en los comienzos de su resplandeciente expansión, otras una versión de la ciudad que sin duda debía datar de la última época, pues el diseño de las calles era muy parecido al de las ruinas.

No había mejor evidencia del dinamismo y la energía de Vengiboneeza que el constante cambio que Hresh observaba en ella. Sólo de vez en cuando se le mostraban lugares familiares: las avenidas frente al agua, las treinta y seis torres de la plaza, la torre que había pasado a ser el templo del Pueblo, el barrio de mansiones sobre las laderas. A veces estaban allí, a veces no. El único lugar invulnerable e invariable era la poderosa Ciudadela: estaba allí en cada momento que Hresh elevaba su alma por las bahías de los tiempos.

En un ocasión se le mostró una época en que por las calles de la parte más baja se alzaban altas empalizadas blancas y la ciudad estaba llena de amos-del-mar, que desfilaban por los muelles en sus prístinos carruajes plateados. En otra ocasión, por encima de su cabeza se arremolinaban banderas de cierta fuerza intangible: un estruendoso tumulto de luces brillantes. Y por las montañas bajaba una vasta procesión de hjjks. Una inconcebible cantidad de seres-insecto se lanzaban sin interrupción a la ciudad y eran absorbidos por ella como si tuviera una capacidad infinita. También presenció una asamblea de humanos (ahora admitía a regañadientes que lo eran, pues no veía otra alternativa, aunque todavía le quedaba la desolada esperanza de haber interpretado mal las evidencias). En un amplio círculo, en la plaza central de la ciudad, justo al pie de la Ciudadela, veía un grupo de setenta u ochenta seres sin pelaje y de miembros delgados. Intercambiaban silenciosos pensamientos de los cuales quedaba totalmente excluido, por mucho que intentara penetrar en sus misterios.

Pero Vengiboneeza casi siempre era la ciudad de los ojos-de-zafiro. Ellos la gobernaban. Por cada diez miembros de las otras razas, Hresh veía tal vez cien o mil representantes de los reptiles. Los veía por todas partes, con los pesados miembros, las mandíbulas largas, sus formas monstruosas, los ojos brillantes, su fortaleza radiante, su sabiduría, su alegría.

A Hresh le resultaba muy sencillo entablar conversación con aquellos habitantes de las Vengiboneezas pretéritas, aun con los amos-del-mar, incluso con los humanos. Todos le comprendían y se mostraban siempre amistosos. Pero poco a poco comenzó a darse cuenta de que no se trataba de auténticos intercambios. Eran ilusiones corteses engendradas por la máquina que lo conducía al pasado. En realidad, él no estaba en el Gran Mundo que había muerto setecientos mil años antes bajo el azote dé las estrellas de la muerte, sino capturado en cierta proyección, en cierto facsímil que guardaba una total semblanza con la vida, y que lo arrastraba en su seno como si realmente se tratase de un peregrino en la inmensa ciudad.

Esto quedó en evidencia cuando notó que las preguntas interminables con que acosaba a los habitantes, como de costumbre recibían respuestas que en cierto modo no decían nada. Parecían tener significado, pero al transponer su mente se desvanecían en la nada, como la comida de que uno disfruta en los banquetes de los sueños. Al interrogar a quienes conocía en las calles de la Vengiboneeza perdida no lograba aprender nada. En realidad, era una ciudad perdida, separada de él por la inexorable barrera del tiempo.

Sin embargo, lo que veía era para él riqueza y deslumbramiento, y le colmaba de respeto hacia tanto esplendor pasado.

En la antigua Vengiboneeza, los ojos-de-zafiro parecían aparecer y desaparecer a voluntad, entrar y salir con sorprendente facilidad. Pop, y allí estaban. Pop, y desaparecían.

Para viajar al exterior de la ciudad contaban con otros aparatos prodigiosos, unos carruajes celestes semejantes a burbujas rosadas y doradas que descendían flotando sin producir el menor ruido y dejaban emerger a los pasajeros por unas aberturas que se abrían como por arte de magia a ambos lados. Hresh veía cientos de estas burbujas en el cielo, moviéndose silenciosa y velozmente. Nunca chocaban, aunque a veces parecían acercarse. En ellas, cómodamente sentados, viajaban los ojos-de-zafiro.

Había un tercer medio de transporte, si es que realmente servía para eso. Consistía en un enigmático dispositivo montado sobre una pequeña plataforma de reluciente piedra verde. Tenía unos estrechos tubos verticales de metal oscuro, tan altos como un hombre, que en el extremo superior se ensanchaban para convertirse en esferas encapuchadas abiertas por una cara, no mayores que la cabeza de un hombre. En las aberturas de estas esferas jugueteaba una luz extraña e intensa, azul, verde y roja, como si emanara de cierto poderoso aparato interior.

De vez en cuando un ojos-de-zafiro se acercaba a estas plataformas con paso más sereno y calmoso que lo habitual. Por lo general le acompañaban otros de su especie, caminando muy cerca de él, y a veces posaban los pequeños brazos sobre su cuerpo voluminoso. Pero estos compañeros siempre terminaban por alejarse, para que el ojos-de-zafiro ascendiera solo a la plataforma. Se acercaba a la esfera engarzada sobre los tubos hasta que su gran rostro dentado brillaba con la luz que emanaba de allí. Y luego, de pronto, era absorbido. Hresh no lo, graba ver cómo lo hacían, ni cómo podía caber un cuerpo tan grande en el interior de aquella pequeña esfera brillante. Nunca podía detectar el momento en que se realizaba la transición, en que el ojos-de-zafiro desaparecía mientras contemplaba la esfera.

Pero fuera cual fuera el viaje que emprendía el ojos-de-zafiro, no tenía regreso. Muchos entraban en las esferas, pero Hresh nunca vio que volvieran a salir de ellas.

Al parecer, ninguno de aquellos aparatos había logrado subsistir hasta la Nueva Primavera. Hresh sólo los veía en la caverna. En la Vengiboneeza real y derruida jamás encontró restos de esas plataformas de piedra verde sobre las cuales se erigían los tubos.

Después de haber observado muchas veces el ritual de la esfera encapuchada, finalmente Hresh resolvió aproximarse él mismo. Su espíritu entró en una plaza desierta, una noche sin luna. Allí cerca había un árbol, cuyas ramas aparecían vencidas bajo el peso de unas enormes bellotas, cada una más grande que sus dos manos. Formó una pila de estos frutos hasta que, subido a ella, el rostro le quedó a la altura de la esfera abierta. Resultó una tarea agotadora. Las bellotas se deslizaban bajo sus pies y para no caer tuvo que aferrarse a la caperuza de la esfera. Firmemente sujeto, acercó la cabeza al orificio.

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