Al final del invierno | Страница 35 | Онлайн-библиотека


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Un año o dos más tarde, el viejo guerrero Binigav la llevó a un rincón y le pidió que se apareara con él. Como le pareció un hombre amable y se acercaba al límite de edad, ella accedió. Se mostró tierno y gentil con ella, y cuando la hubo penetrado permaneció en su interior mucho rato, pero no sintió más que una vaga tibieza, placentera pero no excitante.

La tercera vez fue con Moarn, padre del Moarn que hoy era guerrero de la tribu. Moarn ya había formado pareja, razón por la cual Torlyri se sorprendió cuando la abordó después de un banquete. Había bebido demasiado vino de uvas de terciopelo, al igual que ella. Se estrecharon y abrazaron. Torlyri nunca tuvo la certeza de que hubieran copulado: recordaba que habían tenido ciertos problemas. De todas formas, eso no cambiaba las cosas. Tampoco había sido nada memorable. Y ésos eran todos sus hombres: Samnibolon, Binigav, Moarn. Todos habían muerto tiempo atrás. Y cuando a los dieciocho años la habían elegido para ser la sucesora de la mujer de las ofrendas, no volvió a arriesgarse a ese tipo de empresas.

Pero ahora… ahora…

Desde hacía unas semanas, Lakkamai la venía observando de un modo extraño. Ese hombre circunspecto y remoto… ¿qué se escondería en su mente? Nadie la había mirado jamás de aquel modo. Sus ojos grises tenían motas de un verde lustroso, lo cual le proporcionaba un aspecto misterioso e insondable. Parecía tratar de penetrar su alma.

Cada vez que se volvía, allí estaba Lakkamai, observándola desde lejos. Rápidamente apartaba la mirada, fingiendo estar ocupado en otros asuntos, en cualquier cosa. A veces ella le sonreía. A veces se marchaba, y cuando volvía, cinco o diez minutos más tarde, allí estaba él, escrutándola.

Empezó a comprender.

Se sorprendió observando a Lakkamai con frecuencia, para ver si él la miraba a su vez. Y luego se encontró mirándole sin motivo aparente, aun cuando él estuviera de espaldas. Le parecía atractivo y elegante de aspecto fuerte: no fuerte a la manera corpulenta de Harruel. Tenía un aspecto resistente y fibroso que le recordaba al pobre Hombre de Casco, que había fallecido al ser interrogado por Koshmar y Hresh. Lakkamai era uno de los hombres más viejos de la tribu, era un guerrero veterano. Pero su pelaje, de un profundo color castaño oscuro, todavía no había comenzado a encanecer. Tenía el rostro alargado, con el mentón afilado y los ojos profundos. Siempre había sido un hombre de pocas palabras. A pesar de la intimidad y la estrechez del capullo, Torlyri tenía la sensación de no conocerle apenas.

Una noche soñó que copulaba con él.

La cogió de sorpresa. En realidad, estaba acostada con Koshmar. Resultaba que esa noche se habían entrelazado por primera vez en muchas semanas. Durante el sueño, Koshmar debía haber colmado su mente. Pero en cambio, Lakkamai se acercó hasta ella y se detuvo en silencio a su lado, estudiándola con interés. Ella le hizo una seña y le arrastró hasta abajo — parecía flotar a su lado — y entonces Koshmar desapareció, y sobre la estera de dormir sólo quedaron los dos, y Lakkamai estaba dentro de ella, y sintió un repentino calor en el vientre, y supo que había engendrado un hijo de él.

Despertó, jadeante, temblorosa.

— ¿Qué ocurre? — preguntó Koshmar de inmediato —. ¿Un sueño?

Torlyri sacudió la cabeza.

— Un escalofrío pasajero. El viento invernal sobre el rostro…

Era la primera vez que mentía a Koshmar.

Pero también era la primera vez que deseaba a un hombre.

Al día siguiente, cuando Torlyri vio a Lakkamai fuera del templo ni siquiera se atrevió a mirarle a los ojos, tan vívida era la sensación de haber copulado con él aquella misma noche. Si el sueño había sido tan real para ella, lo mismo debía de haberle ocurrido a él. Sentía que él ya debía saberlo todo sobre ella: la presión de sus senos en las manos, el sabor de su boca, el aroma de su aliento. Era una mujer, pero no pudo evitar sentirse como una niña, como una niña tonta…

Esa noche volvió a soñar con Lakkamai. En el sueño ella gemía y jadeaba, y palpitaba entre sus brazos. Cuando despertó, Koshmar la estaba observando en la oscuridad con ojos brillantes, como si pensara que Torlyri había perdido el juicio.

La tercera noche el sueño se repitió, y aún más vívido. Con Lakkamai hacía cosas que nunca había visto hacer a los demás durante el apareamiento, que jamás habría sospechado que nadie quisiera hacer. Cosas que le produjeron un placer intenso y profundo.

Y ya no pudo resistirse más.

Por la mañana, las lluvias que habían estado anegando la ciudad durante las últimas semanas al fin cesaron, y el brillante cielo azul del invierno estalló entre las nubes con la fuerza de un clamor de trompetas. Torlyri realizó los ritos matinales como todos los días, y luego, con una calma completa, se dirigió a la casa donde vivían los guerreros sin pareja. En una esquina del edificio había un pasillo donde habían colgado una jaula con tres pequeñas criaturas negras de ojos duros. Las habían atrapado los hombres, y ahora revoloteaban y chillaban sin cesar con voz aguda e irritante. Torlyri les sonrió con lástima y tristeza.

Lakkamai estaba aguardando afuera, como si la estuviera esperando. Silencioso como siempre, aparentemente en calma, la observaba venir reclinado contra la pared. Sus ojos, fríos y solemnes, no mostraban ya esa mirada febril e inquisidora que últimamente había posado sobre ella tan a menudo. Sin embargo, movía la comisura de la boca en un repetido tic involuntario que revelaba la tensión que había dentro de él, aunque parecía no darse cuenta del gesto.

— Ven — dijo Torlyri suavemente —. Camina a mi lado. Las lluvias han cesado.

Lakkamai asintió. Partieron un junto al otro, pero manteniéndose a distancia, de forma que el corpachón de Harruel bien podría haber pasado entre los dos. Dejaron atrás las casas de la tribu, la entrada a la torre hexagonal de piedra púrpura que servia de templo, el jardín de arbustos y flores que con tanta dedicación cuidaban Boldirinthe, Galihine y otras mujeres, el estanque de luz rosada que tiempo atrás había sido el regocijo de los ojos-de-zafiro. Ninguno de los dos hablaba. Miraban hacia delante. A Torlyri le pareció ver de reojo imágenes de Hresh, Konya, Taniane, quizás hasta de Koshmar, durante el trayecto. Pero nadie la llamó, y ella no movió la cabeza para ver a nadie.

Más allá del jardín de las mujeres y del estanque de luz de los ojos-de-zafiro, había un segundo jardín salvaje donde por encima de una espesa alfombra de musgo denso y azulado crecían en loca profusión enredaderas tortuosas, árboles de ramas curvas y unos arbustos extraños de hojas negras y tronco abultado. Y allí entró Torlyri, flanqueada por Lakkamai, quien ya no andaba tan separado de ella, aunque seguían sin hablar. Se internaron quizás una docena de pasos, hasta un paraje de la espesura donde se formaba una especie de lecho abierto. Torlyri se volvió a Lakkamai y sonrió. Él posó las manos sobre los hombros de ella, como para empujarla hacia el suelo. Pero no fue necesario, pues ambos se tendieron juntos.

Torlyri no estaba segura de si fue él quien la penetró, o si fue ella quien lo encerró, pero de pronto ambos estaban unidos en un íntimo abrazo el uno sobre el otro. El musgo que se extendía por debajo producía un débil susurro. Estaba cargado de rocío y humedad después de tantos días de lluvia, y Torlyri imaginó que al moverse lo exprimían dentro del declive sobre el cual yacían, y que el agua formaría un estanque alrededor de ellos. Y dio la bienvenida a esa imagen. ¡Con qué placer se sumergiría en esa tibia suavidad!

Lakkamai se movía dentro de ella, quien a su vez se aferraba a él y le estrechaba los músculos torneados por debajo del tupido pelaje de su espalda.

No sucedió como había imaginado en sueños. Pero tampoco se parecía a las experiencias que recordaba con Samnibolon, Binigav y Moarn. La comunión no era tan honda ni tan plena como la del entrelazamiento — ¿cómo podría serlo? — pero nunca había sospechado que el apareamiento pudiera convertirse en algo tan hondo. Estrechando a Lakkamai con todas sus fuerzas, Torlyri pensó con sorpresa y alegría que esto iba más allá de la cópula: significaría estar en pareja. Y en ese momento de azorada comprensión, dentro de ella surgió una voz discordante: ¿Qué he hecho?¿Qué dirá Koshmar? Torlyri no respondió a la pregunta, y no permitió que se repitiera. Se perdió en el silencio prodigioso que era el alma de Lakkamai. Al cabo de un rato lo soltó, y ambos quedaron tendidos muy juntos, unidos sólo por el contacto de los dedos.

Pensó en rozarle con la punta de su órgano sensitivo, pero no. No. Eso sería como entrelazarse. Sería entrelazarse. Y su compañera de entrelazamiento era Koshmar, no Lakkamai. Lakkamai era su hombre.

Lakkamai es mi hombre. Lakkamai es mi compañero.

Tenía treinta y dos años, y durante doce años de su vida había sido la mujer de las ofrendas de la tribu. Y ahora, de pronto, después de tanto tiempo, había encontrado pareja. Qué extraño. Sumamente extraño.

Un brillante día de invierno en que la última tormenta había desaparecido hacia el este y la siguiente todavía no había asomado por el oeste, Hresh salió de nuevo a explorar el tenebroso edificio que había denominado la Ciudadela. Había sido idea de Taniane, quien le acompañó. Últimamente, había comenzado a ir con él en muchos de sus viajes. En aquella época, Koshmar se oponía a que partiera a las ruinas sin un guerrero que le protegiera. Y Hresh no había tardado en aceptar la presencia de Taniane entre el grupo de Buscadores. Su cercanía seguía produciendo inquietud en su espíritu. Pero, al mismo tiempo, estar solo con ella en los confines de la ciudad le producía un placer curioso y excitante.

Hresh no había querido regresar a la Ciudadela. Pensaba que ahora sabía de qué se trataba, y temía comprobar que era verdad. Pero ese extraño edificio fascinaba a Taniane, e insistió sin tregua hasta que él por fin accedió. No osaba confesarle la razón que le empujaba a mantenerse apartado. Pero cuando dio su conformidad, decidió llevar el misterio de la Ciudadela hasta sus últimas consecuencias, sean cuales fueran. No iba a decirle nada, pero dejaría que lo viera y que extrajera sus propias conclusiones. Tal vez hubiera llegado el momento, pensó, de compartir parte de la terrible verdad que durante tanto tiempo había sido un secreto exclusivo del cronista. Y acaso Taniane fuese la única con quien pudiese intentar compartirla.

El camino que conducía a la Ciudadela era escabroso, cubierto de baldosas grises que los terremotos de tantos siglos habían levantado, y que las lluvias del invierno habían vuelto resbaladizas, cubiertas de gruesas algas verdes. Taniane perdió pie dos veces, y Hresh la sostuvo las dos: una por el brazo, y la otra por las caderas. Y en cada ocasión los dedos le cosquillearon extrañamente con el contacto. Los miembros se le estremecieron y también el órgano sensitivo. Se encontró deseando que resbalara una tercera vez, pero no tuvo tanta suerte.

Llegaron a lo alto y se internaron en las tierras donde se emplazaba la Ciudadela en solitaria majestad, contemplando Vengiboneeza. Hresh surcó la alfombra de césped denso y corto que rodeaba el edificio, fue hasta el borde y miró. Ante él se extendía la vasta ciudad, brillando bajo la luz lechosa y pálida del invierno. Contempló las blancas ruinas de los edificios, los delicados puentes aéreos que hoy eran una montaña de escombros, el lecho de los caminos salpicado de verdes y azules hasta el horizonte. Taniane se acercó a él, respirando con dificultad por el esfuerzo de la marcha.

— Yo contemplé toda la ciudad viva — dijo Hresh al cabo de un instante.

— Sí. Haniman me lo contó.

— Era de lo más sorprendente. Tantas cosas que sucedían a la vez, tanta gente, tanta energía. Sorprendente, y muy frustrante.

— ¿Frustrante?

— No tenía ni idea de lo que significaba una verdadera civilización hasta que vi el Gran Mundo. O hasta que comprendí lo lejos que estábamos de esa situación. Yo creía que sería como el capullo, sólo que más grande, y con más gente haciendo más cosas. Pero no fue así, Taniane. La diferencia no sólo es de cantidad, sino de calidad. Existe un momento a partir del cual una civilización se dispara y comienza a generar su propia energía, crece por sí misma y no sólo por las acciones de los que la construyen. ¿Me comprendes? La tribu es demasiado pequeña para llegar a esta situación. Tenemos nuestros trabajillos que hacer, y los hacemos, y al día siguiente volvemos sobre ellos, pero no existe la misma sensación de posibilidad, de transformación, de crecimiento explosivo. Para eso se necesita más gente. No sólo cientos. Hace falta miles… millones…

— Algún día seremos millones, Hresh.

Se encogió de hombros.

— Falta mucho para eso. Hay mucho trabajo que hacer primero.

— El Gran Mundo también comenzó siendo pequeño.

— Sí — reconoció —. Me lo repito una y otra vez.

— ¿Así que era esto lo que ha estado preocupándote tanto desde que regresaste aquel día?

— No, dijo Hresh. No era esto, era otra cosa.

— ¿Puedes decírmelo?

— No — replicó —. No puedo contárselo a nadie.

Le contempló largo rato sin hablar. Luego sonrió y posó la mano con suavidad sobre el hombro del joven. Él se estremeció, y deseó que ella no lo notara.

Se volvió para estudiar la Ciudadela. Esos muros gigantescos, desnudos, de color verde — negruzco. Esas columnas enormes, ese techo bajo, pesado, en pendiente… El edificio hablaba de poder y fortaleza, de arrogancia, hasta de una colosal seguridad en sí mismo. Hresh cerró los ojos y recordó a los seres humanos de la visión, altos, de tez clara, sin pelaje, atravesando las paredes sin puertas de modo espectral con sólo posar allí los dedos, como si convirtieran los muros en niebla. ¿Cómo lo conseguían? ¿Cómo podría hacerlo él?

— Vuélvete de espaldas — ordenó.

— ¿Por qué?

— Tengo algo que hacer, y no quiero que lo veas.

— Hresh, te estás poniendo muy misterioso.

— Por favor — le repitió.

— ¿Vas a utilizar la Piedra de los Prodigios?

— Sí — contestó irritado.

— No tienes por qué esconderte de mí.

— Por favor, Taniane.

Le hizo un mohín y le dio la espalda. El introdujo la mano en el morral y extrajo el Barak Dayir. Al cabo de un momento de vacilación posó el órgano sensitivo sobre él, y oyó cómo la potente música se elevaba por encima de los abismos y las simas del aire hasta colmarle el alma. Comenzó a temblar. Capturó la fuerza de la piedra para sintonizarla y enfocarla. Sobre las paredes de la Ciudadela comenzaron a brillar gruesas espirales rojas, amarillas y blancas. Entradas, pensó.

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