Al final del invierno | Страница 33 | Онлайн-библиотека


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Un día en que registraba junto a Orbin los ricos hallazgos del distrito de Yissou Tramassilu, Hresh encontró un intrigante recipiente cerrado mediante cadenas intrincadamente trenzadas. Trató de abrirlo, pero las cadenas eran demasiado complejas y delicadas para sus gruesos dedos masculinos, o para los de Orbin. Harían falta un par de manos de mujer, mas pequeñas y más adecuadas para las labores de precisión.

Regresó con el recipiente y dejó que Taniane se ocupara de él. Los dedos de la muchacha volaron como las hojas de una hélice y en un momento logró liberar el recipiente de su cerradura. En el interior sólo habría huesos secos de algún animal, duros como la piedra, y algo de polvo grisáceo. Tal vez, cenizas.

Taniane fue a ver a Koshmar y le pidió permiso para acompañar a Los Buscadores.

— Probablemente encuentren muchas más cosas como esa cajita — argumentó —. Y las romperán o prescindirán de ellas. Tengo la vista más Penetrante que ellos, y mis dedos son más hábiles. Después de todo, sólo son hombres.

— Lo que dices es razonable — respondió.

Le dijo a Hresh que incluyera a Taniane en el grupo de exploradores la próxima vez que salieran. Esto generó sentimientos contradictorios en el joven. Taniane, quien se había convertido en una joven alta, inteligente pelaje sedoso, comenzaba a fascinarle de un modo año y perturbador que no llegaba a comprender. Su proximidad le producía una misteriosa sensación de caza y excitación, pero al mismo tiempo le estremecía una poderosa incomodidad, y a veces Hresh perdía alma hasta tal punto que debía cambiar de camino evitarla. La aceptó entre Los Buscadores porque Koshmar se lo había ordenado, pero cuando Taniane formaba parte del grupo de exploración, se cuidaba de que estuvieran también Orbin o Haniman con él. La distraían, y evitaban que se pusiera a formular preguntas molestas.

Después de Taniane, Bonlai pidió que la incluyeran en el grupo: sí Taniane podía ir, también tenían derecho las niñas, insistió. Y eso le daría la oportunidad de estar cerca de Orbin. Hresh no lo consideró conveniente, tal vez se impuso ante Koshmar. La cabecilla convino en que Bonlai era demasiado pequeña para ir de expedición. Pero Hresh no pudo plantear ninguna objeción en el caso de Sinistine, la compañera de Jalmud, lo cual ella pasó a ser la segunda mujer de la tribu que se unió al grupo.

Poco más tarde, el tímido y parco joven guerrero Praheurt quiso añadirse a ellos; y luego Shatalgit, una mujer que acababa de entrar en edad de concebir, y que a todas luces deseaba formar pareja con Praheurt. De esta forma ya eran siete Buscadores: la décima parte de la tribu.

— Siete ya es suficiente — dijo Hresh a Koshmar —. Pronto ya no habrá quien trabaje en las huertas ni atienda al ganado. Todos andaremos revolviendo entre las ruinas.

Koshmar frunció el ceño.

— ¿Hemos venido aquí para cultivar, o para encontrar los secretos del Gran Mundo que han de enseñarnos a conquistar el mundo?

— Pero ya hemos descubierto una gran cantidad de secretos…

— Que siguen siendo secretos — comentó Koshmar con acritud —. No sabes cómo usar ni una sola de las máquinas.

Hresh, tratando de sofocar su enojo replicó:

— Estoy trabajando en ello. Pero los secretos del Gran Mundo no nos servirán de nada si nos morimos de hambre mientras tratamos de aprender a usarlos. Creo que siete Buscadores son suficientes.

— Muy bien — aceptó Koshmar.

Durante todo ese tiempo no se supo nada más de los Hombres de Casco.

Harruel asumió como responsabilidad personal la tarea de vigilarlos. Estaba seguro de que en la región montañosa que se extendía al noroeste de la ciudad, había más extraños, y también de que planeaban una incursión mortífera contra la ciudad. No le cabía la menor duda de que habría guerra. En verdad, el Pueblo debería estar alistando un ejército: entrenando a los soldados, marchando, preparándose para el inminente conflicto. Pero nadie, ni siquiera Koshmar, se interesaba en ello. Por el momento, Harruel era un ejército de una sola persona. Por ausencia, ocupaba todos los rangos desde soldado raso hasta general. Y como general, cada día se enviaba a sí mismo en misión de reconocimiento por las tierras altas de Vengiboneeza.

Al principio iba solo, sin comunicar a nadie sus intenciones. Durante todo el día rastreaba las zonas en ruinas de la ciudad alta y las espesuras que se extendían por detrás, buscando a lo lejos el resplandor de los cascos.

Era una labor solitaria, pero le daba la sensación de estar cumpliendo una misión. Desde que el Pueblo se había asentado en Vengiboneeza había sentido una penosa falta de objetivos. Pero Harruel no tardó en comprender que era pueril salir solo en este tipo de incursiones. Si los enemigos regresaban, probablemente lo harían en grupo. Y a pesar de todas sus fuerzas, a duras penas podría abatir a más de dos o tres a la vez. Necesitaba algún compañero en sus marchas, de forma que si los atacaban uno pudiese huir para dar la alarma.

Al primero que intentó reclutar fue Konya. Después de todo, Konya había estado con él la vez en que atraparon al Hombre de Casco. Conocía la naturaleza del enemigo contra el cual debería luchar.

Pero para disgusto de Harruel, Konya estaba muy ocupado con el asunto de Los Buscadores que había organizado Hresh. Pasaba todo el tiempo recorriendo las ruinas de la ciudad, buscando objetos incomprensibles en lugar de entrenarse y ejercitarse como correspondía a todo guerrero. E hizo saber a Harruel que pensaba seguir saliendo de exploración.

— Si los Hombres de Casco regresan daremos cuenta de ellos sin problemas, ¿no crees? Enviaremos a Hresh a que los destruya con su segunda vista. Pero mientras tanto, estamos recuperando objetos sorprendentes de entre las ruinas.

— Estáis recuperando trastos — soltó Harruel.

Konya se encogió de hombros.

— Hresh dice que tienen valor. Dice que son los tesoros de la profecía, que nos ayudarán a conquistar el mundo.

— Si los Hombres de Casco nos aniquilan, Konya, no conquistaremos más que nuestras tumbas. Ven y ayúdame a vigilar la frontera, y deja de andar saqueando miserables cascotes.

Pero Konya no cedió. A Harruel se le ocurrió por un momento ordenarle que marchara de patrulla con él, en su calidad de rey. Pero luego comprendió que todavía no era rey de nada ni de nadie, salvo en su propia imaginación. Tal vez fuera poco inteligente poner a prueba la lealtad de Konya a estas alturas. Que Konya siguiera revolviendo cascotes con Hresh; ya recuperaría el buen juicio.

El joven. guerrero Sachkor estaba más dispuesto a dejarse influir por Harruel. Era diligente y fiel, y no tenía interés en ser Buscador. Había llegado a la edad de la virilidad — parecía haber puesto los ojos en una niña llamada Kreun, quien acababa de estrenar su feminidad — y buscaba alguna forma de destacarse dentro de la tribu para captar la atención de la joven. Tal vez acercarse a Harruel fuese la manera. Harruel tenía ciertas dudas sobre la aptitud física de Sachkor como guerrero, ya que era delgado y no parecía muy fuerte. Pero al menos sabía andar a paso veloz y podía hacer un buen servicio como mensajero.

— Hay enemigos ocultos en las colinas — le confió Harruel —. Tienen ojos rojos y llevan unos cascos de aspecto terrorífico. Uno de estos días intentarán matarnos a todos. Debemos estar en constante guardia contra ellos.

A partir de entonces, cada mañana, Sachkor acompañaba a Harruel en sus correrías por las laderas. Parecía exultante con su nueva tarea y a veces era tal su euforia que salía corriendo como un salvaje por las pendientes boscosas en un exuberante estallido de celeridad. Harruel era más corpulento, más pesado y más viejo. Ni siquiera podía acercarse a su velocidad, lo cual le producía gran irritación. Ordenó a Sachkor que se mantuviera cerca de él.

— No es prudente que andemos separados. Si nos atacan, debemos mantenernos juntos — alegó el guerrero.

Pero jamás les atacaron. Vieron algunas bestias extrañas, pero muy pocas tenían aspecto hostil. De los Hombres de Casco, ni rastro. Con todo, no pasaba día sin que salieran de reconocimiento. Harruel pronto se hartó de la pueril charla de Sachkor, que se centraba casi siempre en alabar el denso y oscuro pelaje de Kreun y sus largas piernas elegantes. Pero se dijo que un guerrero debía estar dispuesto a soportar toda suerte de incomodidades.

Harruel reclutó unos pocos soldados más entre los jóvenes guerreros: Salaman y Thhrouk. Nittin también se unió a ellos, aunque no era guerrero sino progenitor. Alegó estar cansado de pasarse la vida entre criaturas. Y no había razón para seguir conservando la vieja estructura de castas del capullo, ¿no? Esto sorprendió a Harruel en un principio, pero no tardó en captar las ventajas del ofrecimiento de Nittin. Después de todo, cuando desafiara a Koshmar para obtener el poder, necesitaría el apoyo de todas las facciones posibles de la tribu. Nittin con sus relaciones entre las mujeres y los demás varones reproductores le abría nuevas posibilidades.

Con todo, su intento de reclutar a Staip no tuvo buenos resultados. Staip, medio año mayor que Harruel, era fuerte y competente, pero a la vez tenía cierto carácter anodino que, según Harruel, le daba una falta de disposición de espíritu. Hacía lo que le mandaban y carecía de iniciativa. Por eso, Harruel había creído que sería fácil reclutarlo. Pero cuando se dirigió a Staip y le habló del Hombre de Casco y de la amenaza que representaba, éste se limitó a mirarle inexpresivamente y a decir:

— Está muerto, Harruel.

— Sólo fue el primero. Hay otros en las colinas, dispuestos a caer sobre nosotros.

— ¿Eso crees, Harruel? — preguntó Staip, sin interés. No podía o no quería comprender la importancia de patrullar por la zona Al cabo de un rato, Harruel sacudió las manos con furia y se alejó.

Con Lakkamai, el cuarto de los guerreros experimentados, Harruel tuvo similares resultados. Lakkamai, silencioso y meditabundo, apenas prestó atención cuando Harruel se acercó a él. Antes de que Harruel hubiese terminado, le interrumpió con impaciencia:

— Esto no me concierne. No iré a trepar por las montañas contigo, Harruel.

— ¿Y si el enemigo está preparándose para atacar?

— Los únicos enemigos que hay están en tu mente perturbada — respondió Lakkamai —. Déjame en paz. Tengo mis propios problemas, y además hay mucho que hacer en la ciudad.

Lakkamai se alejó. Harruel escupió en donde había estado. ¿Mucho que hacer? ¿Qué podía ser más importante que la defensa de la ciudad? Pero sin duda, no lograría convencer a Lakkamai. Ni a él ni a los demás guerreros de edad. Parecía que sólo los jóvenes, llenos de ímpetu y de ambiciones sin encaminar, estaban dispuestos a unirse a la labor. Pues bien, que así sea, pensó Harruel. Ellos son los que necesitaré cuando parta a construir mi nuevo reino, de todas formas. No me hará falta Staip. Ni Lakkamai. Ni siquiera Konya.

A estas alturas Koshmar había descubierto que cada día algunos hombres partían en misteriosas excursiones a las colinas bajo las órdenes de Harruel. Le mandó llamar y le pidió una explicación.

Harruel le explicó con toda exactitud qué había estado haciendo, y por qué, y se dispuso a mantener una acalorada discusión.

Pero para su sorpresa la cabecilla no se opuso, Koshmar asintió con calma y dijo:

— Nos has prestado un buen servicio, Harruel. Los Hombres de Casco probablemente sean el mayor peligro que nos acecha.

— Las patrullas continuarán, Koshmar.

— Sí. Deben proseguir. Tal vez hay más hombres que quieran unirse a tu grupo. Sólo te pido que cuando organices un proyecto de este tipo, me lo hagas saber. Algunos creen que estás organizando tu propio ejército en las colinas, que planeas atacar al resto de la tribu y, ¿quién sabe? imponer tu voluntad sobre los demás.

Harruel montó en cólera.

— ¿Atacar a la tribu? ¡Pero eso es una locura, Koshmar!

— Sin duda. Lo mismo me parece a mí.

— ¡Dime quién ha divulgado semejantes rumores sobre mí! ¡Le arrancaré el pellejo y lo asaré vivo! ¡Le haré picadillo! ¿Un ejército propio? ¿Atacar a la tribu? ¡Dioses! ¿Quién me ha calumniado?

— Fue solamente un rumor insensato, y lo han lanzado como una suposición. Cuando me lo contaron no pude evitar echarme a reír, y quien me lo explicaba también reía, y admitió que no había mucho sentido común en una cosa así. Nadie te ha calumniado, Harruel. Nadie duda de tu lealtad. Ve, ahora. Recluta a tus hombres, continúa con las patrullas. Nos estás prestando un gran servicio — respondió Koshmar.

Harruel se alejó, preguntándose quién habría puesto semejantes ideas en la mente de Koshmar.

El único a quien había confesado las ambiciones que albergaba con respecto a derrocar a Koshmar, coronarse rey y tomar el control de la tribu era Konya. Y Konya no había querido unirse a él en sus patrullas. Sin embargo, a Harruel le costaba creer que Konya le hubiera traicionado. ¿Quién, entonces? ¿Hresh?

Mucho tiempo atrás, cuando Hresh acababa de ser nombrado cronista, él había acudido al niño con varias preguntas sobre el significado y la historia de la figura del rey. Más tarde, Harruel había decidido que no era prudente dirigir la atención de Hresh a tales asuntos, y nunca más volvió a tratar el tema con él. Pero Hresh tenía una mente peculiar y penetrante, y cuando se enteraba de algo lo rumiaba durante muchos días. Sabía relacionarlo todo.

Sin embargo, si Hresh había estado murmurando sobre él al oído de Koshmar, Harruel no veía qué podía hacer al respecto de momento. Tenía sentido pensar que Hresh era su enemigo, y actuar en consecuencia. Pero no era momento de hacer nada contra él. Primero tendría que considerar bien la situación. Había que vigilar al pequeño Hresh: era demasiado listo, percibía las cosas con demasiada claridad, tenía gran poder.

Harruel también calculó que si Koshmar se había mostrado tan satisfecha de que él saliera en patrullas de reconocimiento debía de ser porque eso le apartaba de su camino. Mientras él estuviera merodeando por las colinas la mitad del día, no representaría una amenaza para su autoridad dentro del asentamiento. Tal vez pensara que la situación la favorecía.

Harruel siguió saliendo a diario, por lo general con Nittin y Salaman, y esporádicamente con Sachkor. Se había cansado de escuchar lo maravillosa y hermosa que era Kreun.

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