Al final del invierno | Страница 29 | Онлайн-библиотека


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— ¿Cómo puedo hacer que sucedan cosas? — preguntó Koshmar a la mujer que la había precedido — Mi vida transcurre; deseo abrazar el mundo, ahora que es nuestro. Me siento impaciente, Thekmur. Me siento atrapada como si siguiera en el capullo. — Parte de ella deseaba abandonar el lugar y proseguir el viaje, aunque no sabía adónde. Y, sin embargo, sentía el poderoso hechizo, de Vengiboneeza y temía alejarse de allí, aun cuando ansiara nuevas travesías lejanas.

Koshmar sabía que muchos miembros de la tribu estaban satisfechos allí. Pero era gente que se sentiría a gusto en cualquier sitio. En lugar del ambiente intenso y cerrado del capullo tenían una ciudad entera como escenario de sus vidas. Vivían bien… de las huertas que habían cultivado obtenían comida suficiente y también les bastaba la carne que los guerreros traían de las laderas de lo que Hresh había denominado Monte Primavera, donde abundaban animales de toda clase y la caza era fácil. Para ellos era una época feliz. Se entrelazaban, cantaban, jugaban. Se apareaban y comenzaban a engendrar nuevas vidas. El número de integrantes de la tribu ya había superado los setenta, y pronto nacerían otros niños. Confiaban en llevar vidas pródigas y cómodas sin preocuparse por la sombría promesa del límite de edad.

Pero otros no estaban tan satisfechos con esa placidez. Koshmar veía que Harruel ardía de impaciencia y sed de cambios. Konya y algunos jóvenes como Orbin parecían gravitar bajo la influencia de Harruel, Hresh… cuanto mas crecía, mas enigmático era para ella. Y la niña Taniane de pronto se estaba convirtiendo en una maquinadora, en una murmuradora, en una tramadora de sueños. En sus ojos aparecía el destello de la ambición. Pero ¿ambición de qué?

Incluso Torlyri parecía distante y extraña. Torlyri y Koshmar se entrelazaban muy pocas veces últimamente, y en esas raras ocasiones el encuentro era difícil y deparaba pocas gratificaciones. Koshmar sentía que Torlyri quería aparearse, pero que a la vez se abstenía de hacerlo, tal vez porque sentía que ello perjudicaría su relación con Koshmar. Tal vez porque como mujer de las ofrendas ante la tribu no sabía cómo convertirse a la vez en compañera y madre. O tal vez creía que el Pueblo no contaba con hombres con los cuales pudiera aparearse de igual a igual, habiendo sido sacerdotisa durante tanto tiempo. Cualquiera que fuera la razón, estaba preocupando a Torlyri, y las preocupaciones de Torlyri angustiaban a Koshmar.

— ¿Qué puedo hacer para conseguir que me hables? — preguntó a Thekmur —. ¿Debo hacer alguna ofrenda especial a alguno de los dioses? ¿Debo hacer una peregrinación? ¿Debo traer aquí a Torlyri, y entrelazarme con ella, y acercarme a ti cuando estemos unidas?

Por cierta abertura de la pared asomó una pequeña criatura: un esbelto animal azul de piel brillante y escamosa, miembros frágiles y largos, ojos diáfanos y dorados. Al ver a Koshmar se detuvo, olisqueó el aire y se acomodó sobre sus delgadas patas. La estudió a conciencia. El animal tenía una expresión amable y serena, y su mirada líquida parecía firme y pacífica.

— ¿Te han enviado? — preguntó Koshmar.

El animal siguió escrutándola y olfateando.

— ¿Qué criatura eres? Hresh lo sabría. o si no, simularía saberlo, y te daría un nombre. Pero yo también puedo darte uno. Tú eres un Thekmur, ¿verdad? ¿Te gusta este nombre? Thekmur fue una gran cabecilla. Ella no tenía miedo a nada, igual que tú.

El Thekmur pareció sonreír con gratitud.

— Y ella tenía una gran resistencia, como tu — prosiguió Koshmar —. Pues tú debes haber sobrevivido al Largo Invierno. Pareces frágil, pero debes ser duro. Los ojos-de-zafiro han muerto, al igual que los amos-del-mar, y todos los demás pueblos importantes han desaparecido, pero aquí estás tú. Nada te asusta. Nada es demasiado para ti. Seguiré tu ejemplo, pequeño Thekmur. De pronto, el suelo comenzó a mecerse. Era un movimiento lateral, un balanceo que sacudía toda la capilla. En otro momento, Koshmar habría salido disparada en busca de la seguridad del campo abierto. Pero el Thekmur permaneció en su lugar al otro lado del altar, y ella lo imito y aguardó sin alarma a que el temblor terminara, lo cual no tardó en ocurrir. Con gran dignidad, la pequeña criatura salió del recinto a largas zancadas.

Koshmar la siguió. No vio muchos daños: sólo unas pocas cornisas salientes de un edificio en ruinas habían acabado en el suelo.

Es una profecía, se dijo Koshmar. Significa que los dioses siguen observándonos. Han posado sus manos sobre la Tierra para recordarme que están aquí y que son todopoderosos, y que sus planes son buenos, y que cuando llegue el momento adecuado me comunicarán sus designios.

El terremoto, después de la reciente tormenta, dio a Hresh la certeza de que había llegado el momento de regresar a la plaza de las treinta y seis torres. Eran profecías demasiado poderosas e imperiosas para ignorarlas. Los dioses le estaban urgiendo. Ahora le correspondía emplear la Piedra de los Prodigios para obtener el saber acumulado en esa gruta subterránea.

— Date, prisa — le dijo a Haniman —. Hoy es el día. Pienso descender de nuevo a la caverna oculta.

Y se marcharon rumbo a la zona de Emakkis Boldirinthe. La mañana se había levantado soleada y despejada, poblada de interminables bandadas de aves escarlatas de anchas alas y largos cuellos, por lo visto en vasta migración, que chillaban en las alturas. Haniman se pasó el día haciendo cabriolas y brincando, de tan ansioso como estaba por experimentar una vez más los misterios de la gruta.

Entraron en la torre de la losa negra. A toda prisa, Haniman corrió hacia el centro y se acuclilló sobre la piedra como la vez anterior, para que Hresh pudiera subirse sobre él y golpear los tubos metálicos que les abrirían la entrada. Pero Hresh le indicó que se apartara. Esta vez se había traído una vara, con lo cual no necesitaría trepar sobre Haniman para llegar hasta los tubos.

— Espérame aquí — ordenó Hresh —. Bajaré solo.

— ¡Pero, Hresh, yo también quiero ver qué hay ahí!

— Supongo que sí. Pero quiero estar seguro de poder salir. La última vez la piedra subió por cuenta propia. Tal vez no vuelva a ocurrir lo mismo. Quédate aquí hasta que te llame. Y luego golpea el metal con esta vara y hazme subir.

— Pero…

— Haz lo que te he dicho — insistió Hresh, y lanzó un rápido golpe a los tubos valiéndose del bastón. La losa se quejó y gimió a medida que comenzaba a moverse. Rápidamente arrojó el bastón a Haniman, quien permaneció de pie con aire amargo y desencantado mientras Hresh desaparecía en las profundidades de la cripta.

La luz ambarina comenzó a brillar. A lo largo de las paredes cobraron vida hordas de figuras ceñudas y sombrías: la apretada población de monstruosas esculturas. Hresh contuvo la respiración en una involuntaria reacción de sorpresa. Una sensación aguda y densa le colmó los pulmones.

Por delante yacía la estructura de botones y palancas. Corrió hacia ella.

Sin demora extrajo el Barak Dayir del estuche y al instante lo rodeó con el órgano sensitivo. De inmediato la extraña música de la piedra resonó por su alma: tintineos distantes y un rugido lánguido acompañado por los agudos repiques de unas campanadas de bronce.

Ahora comprendía mejor cómo controlar el mecanismo. En esta ocasión no había tormentas. Esta vez no surcó los cielos sino que extendió sus percepciones de forma lateral, en todas direcciones, de modo que en su dispersión abarcó toda la ciudad de Vengiboneeza. Su mente hormigueante percibió la estructura de la ciudad como una serie de círculos entrelazados: cientos de ellos, grandes y pequeños. Los sentía con tanta claridad como si no fueran más que unas pocas líneas trazadas sobre el suelo. En muchos sitios a lo largo de los círculos brillaban puntos de ardiente luz roja.

En otra ocasión se dedicaría a investigar esos puntos de luz. Su tarea actual era la máquina de palancas y botones. Accionó los mismos mandos que la vez anterior — percibía la marca que el sudor de sus propias manos había dejado sobre ellas como una vívida pulsación amarilla — y los oprimió con todas sus fuerzas.

Una fuerza irresistible le capturó al instante y lo transportó como mm mota de polvo hacia otros reinos.

El Gran Mundo Irrumpió a su alrededor en toda su gloriosa existencia.

Seguía estando en Vengiboneeza, pero a su alrededor no se extendían las ruinas. Una vez más se encontraba en la Vengiboneeza del pasado, la ciudad viviente. Y esta vez la visión no fue fugaz. Al contrario, era vívida y tangible, y tenía la incuestionable densidad de la realidad más nítida.

La ciudad resplandecía con el fuego ardoroso de su vitalidad, y él estaba en todas partes, flotando por todas las calles a la vez, como un observador anónimo en el mercado central, sobre los muelles de mármol que bordeaban el lago, sobre las villas de las verdes laderas de la zona de las colinas.

Estoy aquí, pensó. Estoy realmente aquí. Algo me ha transportado por los abismos y remolinos del tiempo como una mota de polvo en un pajar, y me ha lanzado al corazón el Gran Mundo.

Se preguntó si alguna vez podría regresar a su propio mundo.

Comprendió que no le importaba.

Donde quiera que miraba, descubría muchedumbres de ojos-de-zafiro. Se movían lentamente, con confianza, cogidos del brazo. ¿Y por qué no habrían de pasear con calma y confianza? Eran los amos del mundo. Hresh los contempló con respeto y temor. ¡Qué inmensas bestias tan terroríficas, con las gigantescas mandíbulas donde brillaba un montón de dientes refulgentes, y las escamas verdes, y los saltones ojos azules como el zafiro! Deambulaban por las calles sobre sus patas carnosas y poderosas, apoyados sobre las inmensas y macizas colas… ¡y, pese a todo, por imponentes que parecieran, no podía imaginar que eran bestias! La luz de una penetrante inteligencia ardía en sus ojos extraños. Las largas cabezas se erigían formando cúpulas sorprendentes, y Hresh percibió en su interior el palpitar de sus voluminosas mentes.

Esos cerebros recibían un fluido frío y lento parecido a la sangre, pero que no lo era en absoluto. Y, sin embargo, aquellas mentes no eran frías ni lentas. Hresh sintió que el trueno de esas mentes retumbaba contra él procedente de todas partes. Mercaderes, poetas, filósofos, sabios, maestros en ciencias y en todos los saberes: todos trabajaban con ahínco, registraban, analizaban, hacían descubrimientos a cada momento del día y de la noche. Comprendió con mayor claridad que antes el trabajo que había representado crear y mantener una civilización tan grandiosa como aquélla: cuánto estudio había requerido, cuánta información debía haberse reunido, acumulado y diseminado, qué intrincada red de planeamiento y ejecución. El Pueblo, con su pequeño capullo, sus insignificantes libros de crónicas, sus triviales tradiciones orales y costumbres sagradas, le pareció mas diminuto que nunca después de haber contemplado a los ojos-de-zafiro. Aun cuando se sentaban a bañarse en esos estanques pétreos de brillos rosados que tanto parecían agradarles, seguían afanándose en el estudio, en el pensamiento, en el apasionado debate. ¿Habría existido alguna vez otra raza como ésa? ¿Cómo era posible que este pueblo milagroso estuviese emparentado con las serpientes y lagartijas, inferiores y carentes de toda inteligencia?

¿Y por qué, se preguntó, se habían dejado morir en el Largo Invierno, cuando sin duda habrían podido evitar el desastre que se cernía sobre su mundo?

Descubrió que en esta Vengiboneeza perdida y ancestral también estaban representados los otros cinco grupos que conformaban los Seis Pueblos.

Allí estaban los hjjks, fríos y distantes, en apretadas hileras de cincuenta o cien, como hormigas. Hresh percibió el murmullo seco de sus pensamientos desoladores, el repiqueteo metálico de sus almas duras e irritables.

Resultaba fácil odiarlos. En ellos no había singularidad ni individualidad. Cada uno formaba parte de una entidad más grande: un grupo de hjjks, y cada grupo era parte de la totalidad de la especie. Transmitían la tenaz convicción de su propia resistencia. Nosotros seguiremos estando aquí cuando vosotros hayáis desaparecido, parecían anunciar los hjjks en cada movimiento de sus arrogantes antenas. Y era evidente que considerarían la instantánea desaparición de todas las demás razas como una notable bendición. Y sin embargo, nadie rehuía la presencia de estos hostiles seres-insectos. Hresh los vio adquirir, comerciar, entremezclarse activamente.

También estaban representados los vegetales, esa raza de flores delicadas, que se reunían en pequeños grupos sobre los patios soleados. Los pétalos de sus rostros eran amarillos, azules o rojos, y en el centro de cada uno se abría un único ojo dorado. El cuerpo parecía resistente, pero los miembros no tanto, suaves y flexibles. Hablaban en tonos apacibles y casi inaudibles, con murmullos de hojas y gestos de ramas. En sus movimientos y sonidos flotaba una suave poesía.

¿Qué milagro habría sucedido, se preguntó Hresh, para que las plantas aprendieran a moverse y a hablar? Podría mirar las almas de estos vegetales y ver las fibras nudosas y tendinosas de auténticos cerebros, pequeñas masas sólidas anidadas en el lugar resguardado que formaban los pétalos al unirse con el tallo central. En su travesía a través de las planicies no habían encontrado plantas inteligentes. Pero, desde luego, estos vegetales eran criaturas antiguas. Aquella especie se había visto arrasada por las amargas tormentas del Largo Invierno, y tal vez ninguna especie como la suya hubiera podido sobrevivir hasta la era del Pueblo.

Los mecánicos se movían por doquier. Hresh los veía trabajar con tenacidad por toda la ciudad. Eran seres inmensos, con cabezas de cúpula y patas articuladas de metal. Construían, reparaban, limpiaban, demolían. Eran servidores de los ojos-de-zafiro, aunque tenían mentes claras y poderosas, y una aguda conciencia de su propia existencia. Tal vez fuesen máquinas, pero a Hresh le parecían más cercanos que los hjjks. Cada uno era un individuo con identidad propia en la cual hallaban no poco orgullo.

Los amos-del-mar constituían un grupo más reducido. Pero Hresh comprendió que ello se debía a las dificultades que les representaba salir del mar Eran seres lisos, de gruesa piel marrón, con graciosa forma de huso, estructura robusta y miembros parecidos a aletas. No cabía duda de que eran criaturas marinas, si bien respiraban el aire de Vengiboneeza sin dar señales de incomodidad. Cada uno se hallaba en un ingenioso carruaje sobre hilos de plata dirigido mediante diestras manipulaciones que los amos-del-mar efectuaban con las puntas de las aletas. Aparecían en las zonas cercanas a la costa, lo cual resultaba muy lógico, en tabernas, negocios y restaurantes. Tenían un aspecto resuelto y altivo, como si cada uno se considerase príncipe entre príncipes. Tal vez así fuera.

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