Al final del invierno | Страница 27 | Онлайн-библиотека


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En otra ocasión vio en lo alto criaturas voladoras formando nubes tan densas que oscurecían el cielo a mediodía. Creyó que se trataba de esos feroces seres de ojos blancos llamados avesangres, que habían azotado a la tribu durante el viaje por las planicies. Se detuvo alerta, listo para correr al asentamiento y dar la voz de alarma. Pero las aves se limitaron a volar en círculo por encima de la ciudad, sin descender en ningún caso por debajo de la cúpula de las torres más altas.

Ahora se hallaba cerca de los pilares verdes de piedra donde hacían guardia los tres ojos-de-zafiro. A corta distancia de él se encontraba la avenida que conducía a la selva.

Sin ningún propósito claro, comenzó a andar hacía la entrada del sur. Pero tras unos instantes, se detuvo abruptamente. A sus espaldas oyó un débil ruido: alguien que respiraba, alguien que se movía. Blandió la espada. ¿Le habría seguido Minbain? ¿o sería alguno de los fantasmas que patrullaban la ciudad bajo el manto de la noche? Se giro y escudriñó las sombras.

— ¿Quien anda por ahí?

Silencio.

— Te he oído. Sal adonde pueda verte.

— ¿Harruel? — dijo una voz de hombre, grave y firme, familiar.

— ¿Y quién más podría ser? ¿Eres tú, Konya?

Oyó una risa en la oscuridad.

— Tienes buen oído, Harruel.

Konya apareció y avanzó lentamente hacia él. Era un hombre alto, aunque a Harruel sólo le llegaba a los hombros. Pero era tan cargado de espaldas y torso que no parecía tan alto como era en realidad. La tribu lo consideraba un guerrero de segunda categoría condenado a ser el eterno rival de Harruel, un hombre que se consumía de envidia por la superioridad de Harruel. Sólo dos personas sabían lo falso que esto era. Konya era lo bastante fuerte para comprender que era más cómodo no ser el primero. Era de naturaleza extraña, calma, serena. Lo que sentía por Harruel era un respeto que surgía del orden natural de las cosas, no de la envidia. Y lo que Harruel sentía por él era un respeto idéntico, aunque era consciente de que Konya no era su igual.

— Así que esta noche también tú andas merodeando… — dijo Harruel.

— No podía dormir. La luz de la luna me daba sobre los ojos.

— En el capullo eso no constituía un problema.

— No — replicó Konya soltando una risita —. Cuando vivíamos en el capullo el brillo de la luna no nos molestaba.

Anduvieron juntos en silencio durante un rato. Era una calle de edificios derruidos cuyas fachadas doradas, irónicamente, se encontraban en perfecto estado. Los marcos vacíos de las ventanas aún lucían sus elegantes celosías trabajadas en piedra blanca bien tallada. Las puertas ornamentadas, entreabiertas, mostraban el vacío y los escombros. Luego llegaron a un edificio en condiciones opuestas: la fachada no existía, y por el frontal se veía intacto el interior de cada piso. Sin decir palabra, Harruel comenzó a ascender, sin saber qué buscaba, Konya le siguió sin objetar nada.

Subieron con dificultad una escalinata hecha para ojos-de-zafiro, con escalones tan bajos que casi la convertían en una rampa. Al cabo de un rato, Harruel adquirió el ritmo de subirlos de dos en dos, e incluso de tres en tres, a saltos, con lo cual el ascenso le resultaba mas fácil. Sobre las paredes, a lo largo de todo el trayecto, había grabados que molestaban a la vista. Vistos de perfil parecían representar a seres vivientes, ojos-de-zafiro y hjjks, y otras criaturas que debieron de existir en la época del Gran Mundo. Pero cuando se las miraba de frente, se disolvían en una maraña de líneas sin sentido. Las habitaciones del edificio estaban vacías. Ni siquiera se veía polvo en ellas.

Al cabo de un rato, la escalinata se estrechó y daba lugar a un pasaje en espiral que ascendía unos peldaños y los condujo hasta el techo del edificio, llano y de tejas oscuras. Se encontraban por encima de la zona circundante. La ciudad yacía detrás de ellos, al norte. Si miraban al sur encima del borde del tejado, distinguían los árboles de la selva, apretadamente dispuestos, que brillaban misteriosos bajo la dura luz de la luna.

De los árboles provenían unos chillidos breves.

— Son los monos — comentó Konya.

Harruel asintió. Esas criaturas chillonas y molestas de la jungla se balanceaban de rama en rama, más o menos a la distancia de una buena pedrada. ¡Cómo los aborrecía! Sintió una presión en los oídos. Sí pudiera, iría hasta la selva de árbol en árbol, los atravesaría con la espada y apilaría sus aborrecibles cuerpecillos para que los devoraran las bestias carroñeras.

— ¡Criaturas inmundas! — espetó Harruel — Las mataría con gusto. Menos mal que dentro de todo se mantienen lejos de la ciudad…

— A veces los veo. En pequeños grupos.

— Sí. Unos pocos de vez en cuando, No les resulta difícil entrar. Sólo tienen que salir a ese espacio abierto, y ya están dentro. Menos mal que sólo andan a pares. ¡Yissou, los detesto! ¡Qué bichos inmundos y asquerosos!

— ¡Son sólo animales salvajes, Harruel!

— ¿Animales? Son bandidos. Tú los has visto de cerca. No tienen alma. No tienen mente.

— Los ojos-de-zafiro que custodiaban el portal dijeron que eran nuestros parientes.

Harruel escupió.

— ¡Dawinno! ¿Crees esa sandez?

— Son algo parecidos a nosotros…

— Cualquier ser con dos brazos, dos piernas y una cola se parecería a nosotros, si caminara sobre las patas traseras. Nosotros somos humanos, Konya, y ellos sólo bestias.

Konya permaneció en silencio.

— ¿Lo crees, Harruel? Eso que dijeron los ojos-de-zafiro sobre que no somos humanos, que los humanos fueron una raza totalmente distinta, que no somos sino monos con una elevada opinión de nosotros mismos…

— Somos seres humanos, Konya. ¿Qué otra cosa podríamos ser? ¿De verdad te sientes pariente de esas cosas que se balancean pendiendo de la cola por ahí?

— Los ojos-de-zafiro dijeron…

— ¡Que Dawinno se lleve a los ojos-de-zafiro! ¡Son criaturas muertas! ¡Lo único que quieren es buscarnos problemas! — Harruel se volvió hacia Konya, mirándolo fríamente — Mira: pensamos, hablamos, tenemos libros, conocemos a los dioses. Por lo tanto, somos humanos.

Lo sé. No me cabe la menor duda sobre ello. Por mucho que digan los ojos-de-zafiro. Además, nos dejaron entrar en la ciudad, ¿verdad? La ciudad estaba reservada para los humanos que llegaran al final del invierno: eso dicen las profecías. El invierno ha terminado, y aquí estamos, con permiso de los tres guardianes. Así, somos los que supuestamente debían entrar aquí. Seres humanos.

— Koshmar consiguió que nos dejaran entrar.

— ¿Consiguió? ¡Si ellos tienen magia en sus manos! No, Konya, no fue obra de Koshmar. Ella podía haberse pasado el día hablándoles, y si realmente hubiesen creído que no éramos seres humanos, no nos habrían dejado pasar. Lo hicieron porque llegar hasta aquí constituía nuestro destino, nuestro derecho, y ellos lo sabían. Sólo nos estaban sometiendo a prueba con sus mentiras idiotas, para ver si teníamos suficiente fortaleza de espíritu como para reclamar nuestros derechos. Si Koshmar no hubiera hablado, yo lo habría hecho, y hubieran cedido. Y si no hubieran cejado, yo los habría derribado para que pudiéramos entrar en la ciudad.

Después de un corto silencio, Konya dijo:

— ¿Los habrías derribado? ¡Si tienen magia en sus manos!

— Esta espada también es mágica, Konya.

— ¿Cómo puedes matar lo que no tiene vida? El niño Hresh dice que sólo son artefactos hechos a imagen y semejanza de los ojos-de-zafiro, pero que carecen de vida auténtica.

Harruel asintió sin prestar atención. Había perdido interés en la conversación. Entornando los ojos contra la luz de la luna, observó el juguetear de los simios, Con pensamientos cruentos.

— Esta ciudad está llena de misterios. Resulta un lugar inquietante — dijo, al cabo de un rato.

— Yo lo odio — dijo Konya con vehemencia sorprendente e inesperada —. Lo odio como tú odias a los monos de la selva.

Harruel se volvió hacia él, con los ojos abiertos.

— ¿De verdad?

— Es un sitio muerto. No tiene alma.

— Pero vive — repuso Harruel —. Está muerto, estoy de acuerdo, pero en cierto modo vive. Lo odio tanto como tu, pero no porque este muerto. Esconde una extraña clase de vida que no es la nuestra. Tiene un alma que nos es ajena. Por eso lo odio.

— Vivo o muerto, me gustaría poder marcharme de aquí mañana mismo, Harruel. Hubiese preferido no conocerlo siquiera. No tendríamos que haber venido aquí desde un principio. — Algo en el tono de Konya parecía buscar la aprobación de Harruel.

Pero Harruel sacudió la cabeza.

— No, no estoy de acuerdo, Konya. Considero acertado que hayamos venido. Esta ciudad posee cosas importantes para nosotros. Sabes lo que dicen las crónicas. En Vengiboneeza encontraremos antiguos objetos de los ojos-de-zafiro que nos ayudarán a conquistar el mundo.

— Ya hace muchos meses que estamos aquí, y no hemos encontrado nada…

Con un gesto de desdén, Harruel respondió:

— Koshmar se muestra demasiado prudente. Sólo permite que investigue Hresh, y nadie más. Es una ciudad enorme. ¡Un niño solo! No… todos deberíamos salir cada día para rebuscar en sitios ocultos. Las cosas tienen que estar aquí. Tarde o temprano las encontraremos. Y luego debemos cogerlas e irnos de este lugar. Lo importante es que nos marchemos en cuanto hayamos encontrado lo que nos trajo hasta aquí.

— Tengo la sensación de que Koshmar piensa quedarse aquí para siempre.

— Pues que se quede ella.

— No. Me refiero a que nos hará quedar a todos. La ciudad se está convirtiendo en un nuevo capullo para ella. No tiene intención de marcharse.

— Debemos irnos — insistió Harruel — El mundo entero nos aguarda. Somos los nuevos amos.

— Sin embargo, creo que Koshmar…

— Koshmar ya no importa.

Un súbito asombro fulguró en los ojos de Konya.

— ¿Qué estás diciendo, Harruel?

— Digo que hemos venido a esta ciudad con un objetivo: aprender a gobernar el mundo en la Nueva Primavera. Debemos esforzarnos al máximo por lograr ese propósito. Y luego debemos seguir adelante para cumplir con nuestro destino en algún otro sitio. Odias este lugar. También yo. Si Koshmar no siente lo mismo, puede convertirlo en su hogar para siempre. Cuando llegue el momento (y no está muy lejos) yo encabezaré la marcha y nos largaremos de aquí.

— Y yo te seguiré — prometió Konya.

— Sé que lo harás.

— ¿Le llevarás al resto de la gente?

— Sólo a aquellos que quieran venir. Sólo a los fuertes y resueltos. Los demás podrán quedarse aquí hasta el fin de sus días, me da lo mismo…

— ¿De modo que te convertirás en cabecilla?

Harruel negó con la cabeza.

— Cabecilla es un título propio de la vida en el capullo. Esa vida ha terminado. Y las cabecillas son mujeres. Koshmar puede seguir siendo cabecilla, si así lo desea, aunque no tendrá más que una tribu diminuta sobre la cual imperar. Yo recibiré otro nombre, Konya.

— ¿Y cómo te harás llamar?

— Me haré llamar rey — respondió Harruel.

El tiempo apacible que la tribu había disfrutado desde su llegada a Vengiboneeza terminó sin previo aviso, y hubo tres días de tenaces vientos que soplaban del norte, y de lluvias frías y arrasadoras. El cielo se oscureció y no abandonó su negrura. Las criaturas del cielo aleteaban desesperadamente contra el viento, intentaban en vano volar en dirección al oeste para ser constantemente arrastradas hacia el sur.

— Ha caído sobre la Tierra otra estrella de la muerte — dijo Kalide a Delim —. El Largo Invierno ha empezado de nuevo.

Delim, que transmitió la versión de Cheysz, dijo que la lluvia, según había oído, pronto se convertiría en nieve.

— Nos congelaremos — dijo Cheysz a Minbain —. Tendremos que sellar las casas como estaba sellado el capullo, en caso contrario nos moriremos de frío cuando llegue el Largo Invierno otra vez.

Y Minbain llamó a Hresh y le pregunto qué sabía de todo esto.

— ¿No ha sido más que una falsa primavera? — preguntó.

¿No tendríamos que estar almacenando alimentos en las cavernas que hay debajo de Vengiboneeza para resguardarnos durante los hielos?

La vida en Vengiboneeza había sido demasiado cómoda, dijo: una trampa tendida por los dioses. Ahora el sol permanecería oculto durante meses o anos, y todos perecerían si no tomaban medidas de inmediato. No había forma de regresar al viejo capullo; Vengiboneeza tendría que convertirse en su refugio ahora. Pero Vengiboneeza, a pesar de su grandeza, tal vez no fuera un sitio adecuado para ocultarse si el Largo Invierno pensaba azotar el mundo una vez más. Los ojos-de-zafiro no habían sido capaces de subsistir allí. ¿Podría acaso lograrlo la tribu?

Hresh sonrió.

— Te preocupas mucho, Madre. No corremos peligro de congelarnos. El tiempo ha empeorado de forma momentánea y dentro de poco volverá a mejorar.

Pero el rumor había llegado a oídos de Koshmar, y a medida que se fue propagando adquirió un cariz más ominoso. Ella también mandó llamar a Hresh.

— ¿De verdad vuelve otro Largo Invierno? — le pregunto, con aire sombrío y lúgubre, con la cabeza apretada contra los hombros y los ojos velados y duros —. ¿Es cierto que el sol no volverá a brillar durante un millar de años?

— Creo que sólo se trata de una mala tormenta.

— Si es así en Vengiboneeza, un sitio resguardado, debe ser mucho peor en cualquier otra parte…

— Tal vez. Pero creo que dentro de unos días volverá a brillar el sol, Koshmar. Esa es mi opinión.

— ¡Opiniones! ¡Opiniones! ¿No puedes darme certezas? Tiene que haber alguna forma de saberlo…

La miró con inquietud. Koshmar había construido un bello nido para ella y Torlyri en este edificio sólido y macizo, a la sombra de la gran torre. Sobre las paredes colgaban fragantes adornos de juncos trenzados, había gruesas alfombras hechas con pieles, y flores secas por doquier. Aun así, el viento salvaje azotaba las ventanas y. traía una corriente helada hasta la habitación. Desde el principio, Koshmar había insistido en que el Largo Invierno había terminado. Había apostado el alma para que el Pueblo abandonara el capullo e iniciara la gran travesía hacia Vengiboneeza. A Hresh se le ocurrió que algo dentro de Koshmar podía quebrarse si resultaba que había estado equivocada.

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