Al final del invierno | Страница 26 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Hresh respiró hondo. Se sentía exhausto y al borde del colapso. Pero había dado el primer paso de un inmenso viaje que le conduciría quién sabía adónde. Devolvió la Piedra de los Prodigios al estuche con alivio. En otra ocasión proseguiría con las investigaciones. Pero al menos había dado un paso. Un paso, por fin.

En su sueño perturbador, Harruel se veía tomando entre las manos las torres de Vengiboneeza y arrancándolas de raíz, arrojándolas unas sobre otras como si fueran ramas secas, y lanzando las ruinas a un lado con desdén.

En su sueño aparecía Koshmar, quien se detenía ante él, desafiándole a que la destronara. Él arrancaba una inmensa torre de piedra y la enarbolaba como si se tratara de una maza. Levantaba la maza sobre la cabeza de Koshmar y la descargaba sobre ella. Pero Koshmar saltaba con agilidad. Harruel rugía y volvía a desplomar la torre. Y ella la esquivaba otra vez. El la perseguía por las calles de la ciudad hasta que la encerraba entre los anchos edificios de paredes negras. Con toda calma, ella le aguardaba allí, sin temor, con una sonrisa burlona en el rostro.

Bramando de furia, Harruel aferraba la torre bajo el brazo como si fuera una espada y comenzaba a amenazar a la cabecilla, pero a medida que se acercaba, algo le aferraba por el cuello y le detenía. La torre se le caía de las manos y se estrellaba contra el suelo. ¿Quién osaba interceptarle de ese modo? ¿Torlyri? Sí. La mujer de las ofrendas le sostenía con fuerza sorprendente. Él sentía que le estrujaba y oprimía el alma dentro del pecho. Harruel luchaba con desesperación y poco a poco comenzaba a ganar terreno, pero durante la contienda ella cambiaba de forma y se convertía en su compañera, Minbain, y luego en Hresh, ese niño extraño que constituía un misterio para él, y luego en un enorme ojos-de-zafiro, de fauces abiertas, inmenso, verde y repugnante, con unos ojos azules abrasadores y una descomunal boca brillante con varias hileras de dientes malignos.

— ¡Conviértete en lo que te plazca! — gritaba Harruel — Te mataré de todas formas.

Asía las largas mandíbulas de ojos-de-zafiro y trataba de desgarrarlas con una mano mientras con la otra buscaba la torre para poder introducirla entre las quijadas a fin de mantenerlas abiertas. La criatura se resistía con ferocidad, defendiéndose a dentelladas, pero él no se detenía y aplicaba su fuerza contra las fauces, tirando hacia atrás de la inmensa cabeza…

— ¡Harruel! — gritaba — ¡Por favor, detente, Harruel! ¡Harruel!

La voz sonaba curiosamente suave, casi como un murmullo. Era una voz que le resultaba conocida. Una voz de mujer, muy parecida a la de su compañera, Minbain…

— ¡Harruel… no…

Buceó hasta la conciencia, que se extendía sobre él como una losa de piedra. Y al despertar se encontró en un rincón del recinto donde él y Minbain dormían. Minbain estaba incrustada contra la pared, y luchaba por liberarse. Los brazos de él la retenían con una fuerza frenética y tenía la cabeza hundida en el hueco que se abría entre el hombro y la garganta de la mujer.

— ¡Yissou! — musitó. La soltó y se dio la vuelta. El olor punzante y rancio de su propio sudor llenaba la habitación y le produjo náuseas. Tenía los músculos de los brazos agarrotados y espasmódicos, como si quisieran escapar de su cuerpo, y sentía que una llamarada le surcaba el cuello y los hombros. Se secó unos hilos de saliva que le colgaban del pelaje áspero de las mandíbulas. Todo su cuerpo se contraía con fuertes oleadas de espasmos.

La mujer rompió el silencio con voz insegura:

— ¿Harruel?

— Un sueño — dijo con voz espesa —. El alma huía de mí, y me encontraba en reinos extraños. ¿Te he hecho d año?

— Me has asustado — respondió Minbain. Sus ojos, oscuros y solemnes, se hundieron en los de él —. Eras como un animal salvaje… hacías sonidos horrorosos, te ahogabas, balbucías, te revolvías, y entonces me aferraste y pensé… pensé que…

— Nunca te haría daño…

— Tuve miedo. Estabas tan raro.

— Yo también tengo miedo. — Agitó la cabeza —. ¿Alguna otra vez he hecho algo parecido, Minbain? ¿Esta furia… este salvajismo?

— Como esta vez, no. Has tenido sueños feos. Te revolvías, te estremecías, gruñías, hablabas en sueños, blasfemabas, a veces incluso golpeabas el suelo con las manos como si trataras de aplastar alguna criatura que se moviera a tu alrededor. Pero esta vez… ¡he tenido tanto miedo, Harruel! Era como sí un demonio se hubiera apoderado de ti.

— Desde luego, un demonio me ha poseído — dijo con desolación. Se puso en pie y se dirigió hacia la ventana. Todavía no había transcurrido la mitad de la noche. El velo oscuro y pesado se extendía sobre la ciudad. La faz de la luna, horrenda y con cicatrices, brillaba fríamente en la cúspide del cielo; detrás de ella, pendiendo en gruesas franjas sobre el cenit, se veían las estrellas, esos fuegos blancos, titilantes y malignos que no daban calor —. Saldré un rato, Minbain.

— No. Quédate aquí, Harruel. Tengo miedo de quedarme sola.

— ¿Qué mal podría sucederte? El único peligro que hay aquí soy yo. Y yo me iré.

— Quédate.

— Necesito salir un momento.

La miró. En la oscuridad, bajo la trémula y fría luz de la luna y las estrellas, Minbain se le aparecía con una belleza en laque Harruel nunca se había fijado. Su rostro, redondo y delicado, parecía haberse despojado de los años: parecía fresca y tierna, una niña otra vez. El corazón se le inundó de amor hacia ella. Le resultaba difícil expresar ese amor con palabras. Se acercó a ella y se acuclilló a su lado, y con ternura le acarició la garganta en el sitio donde la había lastimado, y los senos, y el suave vientre tibio. Le pareció sentir que allí anidaba una nueva vida. Era muy pronto para poder asegurarlo, pero creyó que sus dedos detectaban un pulso veloz, una concentración de fuerza vital que se convertiría en el hijo de Harruel. Con toda la ternura de que fue capaz, dijo:

— No quería hacerte daño, Minbain. En sueños un demonio se ha apoderado de mí. No era yo jamás te haría daño.

— Lo sé. Harruel. Detrás de tu rudeza se esconde una gran amabilidad.

— ¿Lo crees?

— Lo sé — respondió.

Sostuvo la mano abierta sobre el vientre de ella durante un rato. Ahora se encontraba más sereno, aunque la pesadilla seguía oprimiéndole. A través de su alma fluían oleadas de profundo amor hacia ella.

Minbain era tres años mayor que él. Cuando él estaba en plena juventud y no pensaba en absoluto en una compañera, ya que pertenecía a la casta guerrera y los luchadores no formaban pareja —, le había parecido que ella se acercaba más a la generación de su madre que a la propia. Sin embargo, cuando se permitió la formación de nuevas parejas, él pensó sólo en Minbain.

Una mujer más joven habría sido más bella, pero la belleza es fugaz, y las virtudes que tenía Minbain durarían toda la vida. Era cálida y tierna, en este sentido se parecía a Torlyri. Ésta no era mujer para buscar pareja, pero Minbain sí, y Harruel la había escogido sin perder tiempo. No le importaba que ella fuera mayor, o que ya tuviera un hijo. En todo caso, era favorable que lo tuviera, puesto que ese hijo era Hresh, quien a edad tan excepcionalmente temprana había llegado a tener tanto poder dentro de la tribu. Harruel se imaginaba muchas formas de valerse de Hresh, y tal vez una forma de llegar hasta él era a través de su madre. No había sido ésa la razón primordial para escoger a Minbain. Pero había influido. Había influido sin duda.

— Ahora déjame partir — le rogó Harruel.

— Vuelve pronto.

— No tardaré — prometió —. No tardaré.

Minbain le contempló mientras partía. Era una sombra inmensa y corpulenta que se movía con exagerada precaución por la habitación, rumbo a la puerta. Se palpó la garganta. La había lastimado más de lo que le había confesado. En su locura la había golpeado con el codo, la había aferrado por ambos hombros hasta estrellarla contra la pared, y al hundirle la cabeza contra la garganta casi la había asfixiado con la presión de su peso. Pero había sido el extravío, el demonio. No Harruel. Minbain sentía que, a su manera ruda, él la quería.

Estaba encinta. Lo sabía con toda certeza y, por la forma en que le había acariciado el vientre, él también debía saberlo ya. Tendría que ir a ver a Torlyri para que pronunciara sobre ella las primeras palabras.

Hresh tendría un hermano. Ella pariría un segundo hijo. Estaba segura de eso: sería un varón. La simiente de Harruel no podía engendrar más que niños, eso le parecía obvio. Sería la primera mujer en miles de años que traería dos hijos al mundo. ¿Se parecería éste a Hresh?, se preguntó.

No. Nunca habría otro como Hresh, era único. Ella tampoco había conocido a nadie como Harruel. Le amaba y le temía, algunos días el amor prevalecía, y otros, el miedo. Y había ciertos días en que ambos se entremezclaban en igual medida. Era un hombre extraño. Los dioses le habían dado un niño extraño por hijo y ahora un hombre extraño por compañero. ¿Por qué debía ser así? Harruel era tan grande, tan poderoso, tan distinto de los demás por su fortaleza… Su fuerza era inusual. Sí. Tenía el poder de una montaña al desplomarse. Pero había algo más. En su alma se escondía cierta sombra. Cierta ira. Minbain jamás lo había percibido durante los días en el capullo, pero al comenzar la travesía se había puesto de manifiesto. Una fuerza turbulenta oscurecía su alma noche y día. Ansiaba algo… pero ¿qué era?

Harruel deambuló por una calle y por otra, sin saber a dónde se dirigía y sin preocuparse por ello. Sentía que la fría luz de la luna se tendía sobre él como un azote que le hacía avanzar. Había prometido a Minbain que regresaría, y lo cumpliría. Pero no antes del alba. No tenía sueño.

La ciudad era como una prisión para él. Había tolerado la existencia en el capullo fácilmente, sin imaginar que existiera otra alternativa. Pero ahora que estaban libres y que había conocido lo que significaba caminar resueltamente bajo el cielo abierto, le irritaba tener que vivir confinado en este lugar muerto y cómodo, que en su mente hedía con la fetidez de los ojos-de-zafiro extintos. Y también le irritaba, le llagaba como la mordedura de un cardofuego bajo la piel, tener que vivir bajo las órdenes de esa mujer, Koshmar, hasta el fin de sus días.

Había llegado el momento de acabar con el imperio de las mujeres. Era tiempo de restaurar el poder de los reyes.

Pero a Harruel le parecía que Koshmar sería la cabecilla hasta que él fuera anciano y anduviera encorvado, y el pelaje se le volviera blanco. Ya no había más días de la muerte. Koshmar era mayor que él, pero sana y fuerte. Viviría largo tiempo. Nada conseguiría librarle de ella, a menos que él mismo lo hiciera, y aquí Harruel se veía en un conflicto. Matar a una cabecilla era algo que le excedía, que casi se escapaba de su imaginación. Pero no podría tolerar vivir bajo sus órdenes mucho tiempo más.

Últimamente se había acostumbrado a vagar por la ciudad, a salir solo en prolongadas excursiones, con el afán de conocerla. La ciudad era su enemigo, y él consideraba importante conocer al enemigo. Pero ésa era la primera vez que salía de noche.

Todo se mostraba distinto. Las torres resultaban más altas, los edificios bajos lo parecían más. Las calles viraban en ángulos extraños. En cada sombra se escondía una amenaza. Harruel caminaba sin detenerse. Llevaba la espada. No tenía de qué temer.

Algunas calles estaban embaldosadas con losas inmaculadas, como si los ojos-de-zafiro hubieran abandonado la ciudad sólo un par de días atrás. Otras aparecían resquebrajadas y derruidas, y entre las baldosas rotas asomaban matojos de hierba. Algunas incluso habían perdido el pavimento por completo y se habían convertido en sendas fangosas bordeadas por edificios en ruinas. La ciudad no tenía sentido para él. La detestaba. Odiaba pensar que su hijo nacería en ella, en este sitio odioso y ajeno, en este lugar donde no había nada de humano.

Allí había fantasmas. Y mientras caminaba, los buscaba al acecho.

Harruel estaba seguro de que por todas partes se ocultaban los espectros. Debían de ser ellos quienes hacían las reparaciones. Sucedía de noche, cuando nadie podía verlo. Aparentemente al azar, algunos edificios que habían caído se erigían otra vez, mostraban nuevas fachadas, se veían libres de escombros. Él advertía los cambios luego. Y otros también lo habían notado: Konya, Staip, Hresh. ¿Quién era responsable?

También era consciente de las criaturas nocturnas que reptaban, se arrastraban, se hundían. Casi todas las plagas que asolaban Vengiboneeza desaparecían con la llegada de la oscuridad, salvo las que vivían dentro de los edificios. Pero eso no significaba que pudiera considerarse completamente a salvo de ellas.

Una tarde, no hacía mucho tiempo, mientras vagaba inquieto como esta noche, Harruel había ido a parar a la orilla del tibio mar que lamía la ciudad en la frontera occidental, y había observado un ejército invasor de horribles seres grises parecidos a lagartijas que surgían arrastrándose desde las aguas. Eran pequeñas criaturas malignas, de cuerpo delgado y tubular del largo de un brazo, patas gruesas y carnosas, alas verdes y rugosas plegadas por detrás del cuello, y en sus ojos amarillos brillaba un destello siniestro. Emitían una especie de grave murmullo intimidatorio y desagradable, como si le amenazaran por su nombre:

— ¡Harruel! ¡Harruel! ¡Esta noche nos daremos un festín contigo!

Batiendo las mandíbulas, avanzaban como una horda de insectos en apretada formación hasta que sólo les separaron treinta pasos de él. Comenzó a buscar algo con qué defenderse. Retrocedió y encontró unos guijarros que cogió a puñados para lanzárselos, pero no logró detenerlos. Sin embargo, al llegar a una hilera de bloques cuadrados de piedra verde, incrustados en el murallón sobre el cual se hallaba de pie, y que mostraban unas tallas de rostros misteriosos, las criaturas se interrumpieron como si hubieran chocado contra una barrera invisible. Dieron la vuelta, apenadas y desencantadas, y regresaron al mar. Tal vez detectaron el olor de alguna bestia repugnante al otro lado de las columnas, pensó. o tal vez no les agradó mi olor. En cualquier caso, supo que había tenido suerte al librarse de ellas con tanta facilidad.

26