Al final del invierno | Страница 24 | Онлайн-библиотека


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La sensación duró sólo un instante. Pero en ese mismo momento, Hresh sintió que él mismo formaba parte del Gran Mundo. Se encontró en medio de su prodigiosa vitalidad y esplendor. Se vio andando por las palpitantes calles de Vengiboneeza, avanzando por entre el gentío frenético de un mercado donde los Seis Pueblos se apiñaban a millares: amos-del-mar, vegetales, hjjks, ojos-de-zafiro; todos hombro con hombro. Recibió en las mejillas el aliento del aire húmedo y bochornoso. Árboles graciosos se inclinaban bajo el peso de unas hojas gruesas, pesadas, brillantes, de color verde azulado. Una música extraña resonaba en sus oídos. Y sintió que aspiraba la esencia de cientos de aromas desconocidos. El cielo era un tapiz de colores brillantes en la gama de los turquesas, azules, carmesíes, ébanos. Todo estaba allí. Todo era real.

Se sintió sobrecogido. Disminuido. Avergonzado.

Al instante comprendió qué significaba ser una verdadera civilización. Conoció la ebullición de su inmensa complejidad, la miríada de interacciones, el intercambio de ideas, la premura del mercado, los planes y estratagemas, los conflictos, las ambiciones, la sensación de tanta gente grandiosa moviéndose al mismo tiempo en un sinnúmero de direcciones individuales. Era tan distinta de la única vida que había conocido, la vida en el capullo, la vida del Pueblo, que quedó sumido en un profundo estupor.

En realidad, no somos nada, pensó. Somos simples criaturas que hemos vivido ocultas siglo tras siglo, repitiendo interminables sucesiones de actividad trivial, sin haber construido nada, sin haber transformado nada, sin haber creado nada…

Las lágrimas le abrasaron los ojos. Se sintió inferior y pequeño: una nada de una tribu de insignificancias engañada por sus propias pretensiones. Pero entonces su amor propio asomo con orgullo y desafío. Pensó: Éramos muy pocos. Hemos vivido como debíamos. Nuestro capullo ha resistido y hemos mantenido nuestras tradiciones con vida. Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. Y cuando llegó el momento de la Partida, emergimos para — tomar posesión del mundo que se ha conservado para nosotros. Y no tardaremos en hacer de él algo nuevamente grandioso.

Entonces la visión se desvaneció y el momento de desazón concluyó. Hresh permaneció de pie, temblando, parpadeando, sorprendido de seguir con vida.

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué te ha hecho?

— ¡Déjame! — respondió Hresh con un gesto de enfado.

— ¿Estás bien?

— Sí. Sí. Déjame.

Se sentía marcado. El mundo de la caverna, húmeda y oscura, parecía solamente un odioso espectro, y ese otro mundo, tan vívido, tan brillante, era el verdadero mundo en que vivía. O al menos eso le había parecido, hasta que la caverna emergió de nuevo a su alrededor y ese otro mundo fue arrastrado fuera de su alcance. justo cuando habría dado todo por recuperarlo.

Sospechaba que había paladeado sólo una mínima parte de lo que la máquina podía brindarle. ¡En su seno, el Gran Mundo volvía a la vida! Allí ardía cierta magia remota, cierta fuerza transmitida a través de esas tres docenas de torres y de la enorme maraña de estatuas, una energía que había rugido por su mente y lo había transportado a lo largo de los siglos hasta un mundo perdido de milagros y prodigios. Y podía volver a dar ese salto a través de los eones. Sólo hacía falta un toque… Alzó las manos y las llevó de nuevo a los mandos.

— ¡No! ¡No lo hagas! — gritó Haniman —. ¡Te matará!

Hresh le hizo a un lado y oprimió los botones.

Pero esta vez nada sucedió. Apenas sintió más que sí se hubiera oprimido los propios codos.

Extendió la mano y tocó este botón, el otro, ése, aquél… Nada. Nada.

Tal vez la máquina se había quemado tras haberle permitido esa única visión milagrosa.

O quizá, pensó, él era quien se había fundido. Bien podía ser que su mente hubiera quedado tan embriagada por la irrupción de esa fuerza que ya no pudiera absorber más.

Dios un paso atrás y examinó el artefacto a conciencia. Tal vez tardara un tiempo antes de poder recuperar su poder. Tendría que esperar e intentarlo después de un tiempo, decidió.

Los ojos-de-zafiro artificiales que custodiaban la entrada no le habían engañado, entonces, al aconsejarle que buscara más profundamente. Lo habían dicho en el más literal de los sentidos. Tal vez todas las maravillas que contenía la ciudad de Vengiboneeza estuvieran ocultas en cavernas como ésa, debajo de los grandes edificios.

Entonces Hresh recordó el otro consejo de los ojos-de-zafiro: Indaga con lo que puede ayudarte a encontrar lo que buscas.

En aquel momento, el consejo no le había parecido muy sensato. Ahora, de pronto, comprendía el significado. Contuvo el aliento brutalmente mientras le recorría un sentimiento que era tanto temor como excitación.

¿Se estarían refiriendo al Barak Dayir? ¿A la Piedra de los Prodigios?

¿A ese talismán mágico que las generaciones de cronistas habían conservado oculto en el cofre sagrado? ¿Al instrumento que el mismo Thaggoran había manipulado con tanto temor y reverencia?

Valía la pena intentarlo, pensó Hresh.

Aunque muriera en el esfuerzo, valdría la pena, pues allí encontraría la respuesta a una serie de grandes preguntas. Si tenía que arriesgarlo todo para obtenerlo todo, que así fuera.

— Vamos — dijo —. Salgamos de aquí… si podemos.

— ¿Ya no vas a seguir manoseándolo más?

— Por hoy no — respondió Hresh —. Antes necesito hacer ciertas investigaciones. Creo que ahora sé cómo se pone en funcionamiento esta máquina, pero antes de intentarlo debo revisar las crónicas.

— ¿Qué viste?

— El Gran Mundo — respondió Hresh.

— ¿De veras?

— Por un instante. Sólo por un instante.

Haniman le observaba mudo de estupor, con la boca abierta.

— ¿Y cómo era?

Hresh se encogió de hombros.

— Más grandioso de lo que podrías siquiera imaginar — contestó en un tono grave y cansado.

— Cuéntamelo. Cuéntamelo.

— En otra ocasión.

Haniman permaneció en silencio. Al cabo de un rato dijo:

— Bueno, ¿qué harás ahora? ¿Qué necesitas saber para poner en funcionamiento la máquina?

— No te preocupes por eso. Ahora lo que necesitamos averiguar es cómo conseguir que esta losa negra suba y nos saque de este sitio.

En su avidez por explorar la caverna, no había considerado este problema. Bajar hasta allí había resultado de lo más sencillo. Pero ¿qué se suponía que debían hacer para salir? Hizo señas a Haniman y ambos saltaron sobre la piedra negra. Pero la losa siguió inmutable sobre el suelo de la caverna.

Hresh palmeó la piedra con la mano. No hubo respuesta. Tanteó los bordes para ver si había alguna palanca que la accionara, algo parecido a la manivela que abría la puerta del capullo tribal en los viejos tiempos. Nada.

— Tal vez haya otra forma de subir — sugirió Haniman —. Alguna escalera…

— Y tal vez si aleteáramos con fuerza podríamos salir volando — ironizó Hresh. Escudriñó la oscuridad. Quizás una palanca fija en la pared… ir hasta allí, accionarla, volver corriendo a la losa.

Pero no había tal palanca. Y ahora, ¿qué? ¿Orar a Yissou? El mismo Yissou no sabría cómo salir de la caverna. Ni se preocuparía por dos niños curiosos que se habían internado allí.

— No podemos permanecer todo el día aquí sentados — observó Haniman —. Bajemos y veamos si podemos hallar algún modo de controlar la piedra. O alguna salida. ¿Cómo sabes que no hay alguna escalera en cualquier parte?

Hresh se encogió de hombros. No costaba nada mirar. Comenzaron a inspeccionar la caverna en dirección opuesta a la que habían tomado antes, revisando al pie de los grupos de estatuas en busca de un mando, alguna puerta oculta, una escalinata, cualquier cosa.

De pronto se oyó un sonido quejumbroso, como una pesada vibración del suelo bajo sus pies. Se detuvieron y se miraron con sorpresa y temor. Percibieron en el aire un olor seco y polvoriento, como una mancha de óxido en aquella atmósfera acerada.

— ¿Comehielos? — preguntó Haniman —. ¿Estarán dirigiéndose hacia nosotros por debajo, como en el capullo?

— ¿Comehielos, aquí? — dudó Hresh —. No, no puede ser. Creo que sólo viven en las montañas. Pero es cierto, la tierra se está sacudiendo. Y…

Entonces percibieron un susurro como el que habían oído antes, y otro gruñido profundo. Entonces Hresh comprendió lo que estaba ocurriendo. No había ningún comehielos. Aquellos sonidos procedían de la máquina invisible que los había transportado hasta las profundidades.

— ¡La piedra! — aulló —. ¡Está subiendo sola!

Y, en efecto, había comenzado a ascender poco a poco. Corrió hacia ella con desesperación. Ya casi le llegaba a las rodillas cuando logró asirla por un borde y subir. Miró alrededor buscando a Haniman y lo vio corriendo de modo torpe y extraño, como si avanzara a través del agua. Era el mismo Haniman de antes, el niño desgarbado y rechoncho que había sido sustituido por ese otro. Tal vez la gordura de Haniman había desaparecido, pero resultaba evidente que esta nueva versión mejorada no sabía correr de prisa. Hresh se inclinó sobre el borde de la losa, gesticulando con furia.

— ¡Date prisa! ¡Está subiendo!

— ¡Lo estoy… intentando…! — resopló Haniman, con la cabeza baja y los brazos aleteando.

Pero cuando logró llegar hasta allí, la piedra ya casi había llegado a la altura de sus hombros, después de una eternidad. Hresh tendió las manos para cogerle por las muñecas. Sintió el calor de un dolor atroz, como si se le rompieran las articulaciones. Durante un instante creyó que el peso de Haniman le haría caer de la losa. De algún modo se adhirió a la piedra lustrosa y levantó el cuerpo de su compañero. En un movimiento terrible y extenuante, Hresh izó a Haniman hasta que éste pudo enganchar el mentón sobre el borde de la losa, tras lo cual la maniobra resultó más fácil. La piedra se elevaba hacia la cúpula de oscuridad que se extendía por encima de ellos. Ambos yacían tendidos uno junto al otro, jadeantes, temblorosos, exhaustos. Hresh jamás había sentido tanto dolor como el que le recorría los brazos, y que le hacía latir el cuerpo en tenaces temblores que nunca concluían. Sospechaba que aún tendría que pasar momentos peores antes de sanar.

La piedra subía más y más. Cuando reunió el valor suficiente, Hresh miró por encima del borde y sólo distinguió una vacía oscuridad a lo hondo. La luz ambarina debió de desaparecer cuando estaban a mitad de la ascensión. Por encima de ellos también reinaba la penumbra. Pero no tardaron en estar de nuevo en la torre con la estructura metálica, y una vez más la losa quedó inmóvil sobre el suelo desnudo de tierra.

Se incorporaron en silencio y en silencio retornaron a la tribu. Había caído la noche pesada, sin estrellas, misteriosa. Hresh no podía recordar otro momento de su vida en que se hubiera sentido tan cansado. Ni siquiera durante los peores días de la larga travesía. Pero en su mente habían quedado indelebles las brillantes imágenes que había visto en ese único momento del Gran Mundo viviente. Sabía que no tardaría en volver a la caverna que se extendía bajo la torre. No de inmediato, no, por muy tentado que estuviera de hacerlo. Primero debía hacer ciertos preparativos. Pero no transcurriría mucho tiempo…

Y esa vez llevaría consigo el Barak Dayir.

Al observar a Hresh y a Haniman durante los días posteriores, Taniane comprendió que durante la última expedición al centro de la ciudad debía haber ocurrido algo extraordinario. Habían vuelto con los ojos brillantes y el rostro transido de asombro. Hresh había ido directamente a ver a Koshmar, apartando a un lado a cualquiera que intentara dirigirle la palabra antes de que la encontrara, como si tuviera que informarla de algo urgente. Pero cuando Taniane le preguntó esa misma tarde qué había visto, frunció el ceño como si fuese un hjjk y dijo, casi con enfado:

— Nada. Nada en absoluto.

Tenía la sensación de que durante toda su vida se había limitado a tratar de que Hresh le dijera cosas, y que éste siempre la había mantenido a distancia. Sin embargo, sabía que eso no era del todo exacto. Durante los días en el capullo, ambos solían jugar juntos y entonces él le contaba muchas cosas, cosas divertidas, visiones que tenía del mundo exterior, sus sueños sobre la vida en las épocas antiguas, versiones de los cuentos que le relataba el viejo Thaggoran. Y con demasiada frecuencia, ella no comprendía de qué le hablaba Hresh, y eso cuando llegaba a sentir interés. ¿Por qué sentirlo? Si sólo era un niña entonces. Todos eran niños en esa época. Ella, Orbin, Haniman, Hresh. Pero Hresh siempre había sido extraño, se había mantenido aparte de todos los demás. Hresh, el de las preguntas.

Debe pensar que soy una tonta, pensó Taniane con desolación. Que soy vacía y simple.

Pero ya no era una niña. Se acercaba raudamente a la feminidad. Cuando se recorría el cuerpo con las manos, sentía cómo asomaban los brotes de sus senos. El pelaje estaba adquiriendo un tono más profundo, un matiz rico, lustroso, castaño oscuro con reflejos rojizos. Era tupido y terso como la seda. Se estaba transformando en una joven alta, casi tan alta como Boldirinthe o Sinistine, que ya eran mujeres maduras. Sin duda era más alta que Hresh, cuyo crecimiento parecía transcurrir más lentamente. Fue por entonces cuando Taniane comenzó a pensar que debía hallar un compañero.

Quería a Hresh. Siempre lo había querido. Aun cuando eran niños en el capullo, cuando saltaban de muro en muro durante sus juegos insolentes, cuando forcejeaban cogidos del brazo, cuando se propinaban puntapiés, cuando colgaban de las cavernas. Siempre había soñado con ser grande, con ser una mujer progenitora, con yacer tendida en la penumbra de las cámaras de apareamiento junto a Hresh. El era menudo, extraño, pero poseía una fuerza, una energía, una excitación que la hacía desearlo incluso antes de saber siquiera qué significaba el deseo.

Ahora había crecido, y seguía deseándolo. Pero él parecía tratarla con indiferencia, sin mostrar mucho interés. Estaba totalmente absorto en su tarea de cronista. Vivía en un reino aparte.

Y de todas formas los cronistas jamás formaban pareja. Aun cuando Hresh la amara como ella lo amaba, ¿qué posibilidades tenían de formar una pareja? No. Lo más probable es que tuviera que elegir otro compañero cuando le llegara la hora.

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