Al final del invierno | Страница 17 | Онлайн-библиотека


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— Dime cómo llegar a Vengiboneeza — repitió Koshmar.

— Seguiré indagando — prometió Hresh —. Dame unos días más y te diré lo que deseas saber.

Un día, mientras Hresh consultaba los libros, Harruel se le acercó. Le miró desde toda su altura, como solía hacer, y le llamó:

— ¡Anciano! ¡Cronista!

Hresh levantó la mirada, sorprendido. Sin pensarlo, apartó el libro que estaba leyendo del alcance de Harruel) ¡como si él fuese capaz de leerlo!

— ¡Si — quieres hablarme — indicó Hresh —, siéntate.

¡Eres demasiado alto y si tengo que mirarte desde abajo me duele el cuello!

Harruel se echó a reír.

— ¡Qué atrevido eres!

— ¿Hay algo que desees saber de mí?

Harruel volvió a reír. Era una risa áspera que estallaba de él, como el sonido que hacen las rocas al despenarse por una pendiente. Pero los ojos le brillaban. Hresh sabía que estaba jugando un juego absurdo, si no peligroso. Un niño que aún no había cumplido nueve años daba órdenes al hombre más fuerte de la tribu. Harruel no tenía más remedio que echarse a reír o lanzarle rodando por los campos. Pero yo soy el cronista, pensó Hresh desafiante. Soy el anciano. Él no es más que un tonto con músculos.

El guerrero se puso de rodillas a su lado y se acercó, para que Hresh estuviera más cómodo. Harruel despedía cierto olor intenso. y acre, y en su tamaño impresionante había algo inquietante.

— Necesito que me proporciones cierto conocimiento — dijo Harruel, con su voz grave.

— Continúa.

— Cuéntame qué era un rey.

— ¿Rey? — dijo Hresh. Era una palabra antigua, que jamás había oído en toda su vida. Era extraño que ahora la mencionase Harruel —. ¿Qué sabes acerca de lo que significa ser rey?

— Algo — contestó —. Recuerdo que Thaggoran habló dé ello en una ocasión, mientras leía las crónicas. Entonces tú eras muy pequeño. Habló de Lord Fanigole y de Lady Theel, y de Balilirion, y de los demás fundadores del Pueblo en la época en que cayeron las estrellas de la muerte. Eran todos hombres, salvo Lady Theel, y eran ellos quienes gobernaban. Pregunté si en los viejos tiempos solían gobernar los hombres, y Thaggoran respondió que en la época del Gran Mundo hubo muchos reyes, hombres como yo, y no sólo entre los humanos… Thaggoran dijo que los ojos-de-zafiro también tenían reyes, y que cuando hablaba el rey, los demás obedecían sus órdenes.

— Tal como hoy obedecemos las palabras de la cabecilla.

— Tal como hoy obedecemos las palabras de la cabecilla. Sí. — repitió Harruel.

— En ese caso, ya sabes cuanto necesitas sobre los reyes. ¿Qué más puedo decirte?

— Dime que existieron.

— ¿Que hubo hombres que fueron reyes en el Gran Mundo? — Hresh se encogió de hombros. No había estudiado esa parte. Y aunque no fuera así, dudaba que debiera dar ese tipo de información a Harruel, o a alguien que no fuese Koshmar. Las crónicas se registraban fundamentalmente para dar orientación a la cabecilla, no para diversión de la tribu — No sé mucho acerca de lo que significa ser rey. Lo que me has contado probablemente sea todo cuanto se conoce sobre el tema.

— Podrás hallar más datos, ¿verdad?

— Tal vez haya más en las crónicas — aventuró Hresh con cautela.

— Busca, y cuando lo encuentres, dímelo. Me parece que no debíamos haber olvidado a los reyes. El Gran Mundo renacerá otra vez, y tenemos que saber cómo eran entonces las cosas si queremos darle vida por segunda vez. Investiga en tus libros, niño. Aprende sobre los reyes, y luego enséñamelo.

— No debes llamarme niño — replicó Hresh.

Harruel se echó a reír de nuevo, pero esta vez los ojos no le brillaron.

— Busca esos datos en los libros — repitió —. Y enséñame lo que encuentres… anciano. Cronista.

Se alejó. Hresh lo miró con miedo, pensando que esto sólo traería problemas, si no peligros. Acarició el amuleto de Thaggoran con preocupación. Ese día comenzó a recorrer el cofre de libros para averiguar datos sobre los reyes, y lo que descubrió confirmó sus sospechas.

Tal vez deba contarle todo esto a Koshmar, pensó.

Pero no lo hizo. Ni tampoco transmitió a Harruel el resultado de sus averiguaciones. Harruel no volvió a interrogarlo sobre la cuestión de los reyes. La conversación quedó como un asunto privado entre ambos. Como una pústula secreta.

Koshmar sintió el comienzo de la derrota. ¡Ojalá estuviese allí Thaggoran para aconsejarla! Pero Thaggoran se había ido, y ahora su cronista era un niño. Hresh era despierto y ávido, pero carecía de la profunda sabiduría de Thaggoran y de su familiaridad con las épocas pretéritas.

Estaba comenzando a enfrentarse al hecho de que no podría sostener la migración durante mucho tiempo más. Las murmuraciones habían comenzado de nuevo, y esta vez de forma más encendida. Algunos ya decían que estaban viajando sin meta. Lo sabía. Harruel se había constituido como líder de esa facción. A espaldas de Koshmar, decía: «Asentémonos en algún paraje fértil y construyamos una aldea.» Torlyri había oído cómo arengaba a cinco o seis hombres. En el capullo era impensable que la tribu considerara siquiera la posibilidad de contradecir la palabra de la cabecilla, pero ya no estaban en el capullo. Koshmar empezó a imaginarse derrocada del poder, no como la artífice de un mundo nuevo sino como una cabecilla destronada.

Sí la apartaban del poder, ¿la dejarían vivir? Era una nueva situación. No había una tradición que dijera qué hacer luego con la líder derrocada.

En el capullo, Koshmar había dejado esa banda de piedra negra y lustrosa que contenía el espíritu de las cabecillas que la habían precedido. Sólo se había llevado consigo los nombres, que recitaba una y otra vez. Pero tal vez los nombres no tuvieran el mismo poder sin la piedra, así como probablemente la piedra careciera de toda fuerza sin los nombres.

Thekmur, pensó. Nialli, Sismoil, Lirridon. ¡Si aún estáis a mi lado, guiadme en este momento!

Pero sus predecesoras no se mostraron. Koshmar se dirigió a Hresh en busca de consejo. Con él, si bien con nadie más, había dejado de simular que seguía el claro mandato de los dioses.

— ¿Qué podemos hacer? — preguntó.

— Debemos pedir ayuda — replicó el pequeño.

— ¿A quién?

— Pues a las criaturas que encontremos a lo largo del camino.

Koshmar se mostró escéptica. Pero no se perdía nada con intentarlo. Así, a partir de aquel día, cada vez que se encontraban con algún ser que parecía dotado de inteligencia, por simple que fuera, hacía que lo atraparan y calmaran hasta que recuperara la serenidad, y luego, por medio de la segunda vista y del contacto con el órgano sensitivo, trataba de obtener el conocimiento que necesitaba.

El primero fue una criatura extraña, redonda y carnosa. Una cabeza sin cuerpo y con una docena de patas cortas y rollizas. Cuando Koshmar sondeó su mente en busca de imágenes de Vengiboneeza, el animal se sacudió con vívidas muestras de excitación, pero no obtuvo nada más de él. Cuando preguntó sobre las ciudades de Occidente a un trío de seres peludos, azules, desgarbados y de patas zancudas, que parecían compartir una única mente, le llegó un patrón de pensamiento parecido a un intenso zumbido y ronquido. Y una espantosa criatura silvestre con garras ganchudas, el doble de alta que un hombre, toda boca y nariz prominente, con un pelaje anaranjado de olor fétido, lanzó una risa salvaje y ronca y proyectó la imagen de unas torres elevadas envueltas en opresivas enredaderas.

— Todo es inútil — dijo la cabecilla a Hresh.

— ¡Pero, Koshmar, qué interesantes son estos animales…!

— ¡Interesantes! ¡Podríamos morir cien veces en estas tierras inhóspitas y seguramente todavía encontrarías algo que te pareciera muy interesante…!

Sin embargo, antes de liberarlos hizo que Hresh les diera nombre a todos, y que registrara los términos en el libro. Koshmar creía que nombrar las cosas era algo muy importante. Todos ellos debían de ser criaturas nuevas, bestias que habían cobrado existencia desde la época del Gran Mundo, razón por la cual en las crónicas no se las mencionaba. Al nombrarlas, iniciaban el proceso que los llevaría a adquirir poder sobre ellos. Seguía aferrándose a la esperanza de que ella y su tribu fuesen los amos del mundo en aquella Nueva Primavera, Por eso consideraba tan importante dar nombres. Pero incluso mientras Hresh los pronunciaba, tras mucho cavilar, ella sentía en el acto una cierta futilidad. Estaban perdidos en esa tierra. Carecían de toda meta o dirección.

Y así, el más hondo pesimismo invadió el alma de Koshmar.

Entonces, mientras la tribu rodeaba un enorme lago negro en mitad de una zona de tierras húmedas y cenagosas, las oscuras aguas se agitaron y bulleron salvajemente. De sus profundidades comenzó a emerger poco a poco un extravagante coloso. Era un ser de increíble altura, pero de constitución tan endeble que parecía ser una presa fácil para la menor ráfaga de viento. Los miembros de color pálido no eran más que delgados postes; el cuerpo era la interminable prolongación de un tubo membranoso. Y mientras esta criatura emergía hasta casi asomarse al cielo ante ellos, Koshmar se llevó los brazos al rostro, asombrada, y Harruel rugió al blandir la espada. Algunos miembros de la tribu, los más asustadizos, comenzaron a huir.

Pero Hresh, sin perder la compostura, gritó:

— Esto debe ser un aguazancos. Creo que es inofensivo.

Cada vez se remontaba más y más, hasta una altura que superaba diez o quince veces la del hombre más alto. Allí se detuvo, balanceándose muy por encima de ellos, bien asentado sobre la superficie del agua, a la cual apenas perturbaba. Los miró desde una hilera de ojos brillantes de color verde y dorado, escrutándolos de modo melancólico.

— ¡Eh, tú! ¡Aguazancos! — gritó Hresh —. ¡Dinos cómo encontrar la ciudad de los ojos-de-zafiro!

Y, sorprendentemente, la inmensa criatura respondió de inmediato con el mensaje silencioso de su mente.

— Está justo a dos lagos y un arroyo de aquí, en dirección a la puesta del sol. ¡Todo el mundo lo sabe! Pero, ¿de qué os servirá llegar hasta allí? — El aguazancos se echó a reír con un horrible estrépito. Era una risa chillona e histérica. Comenzó a plegarse sobre sí mismo, segmento sobre segmento, hacia el lago — ¿De qué? ¿De qué? ¿De qué os servirá? — Volvió a reír, y luego desapareció bajo las negras aguas.

5 — VENGIBONEEZA

El mismo día en que se encontraron con el aguazancos, por la tarde, Threyne se acercó a Torlyri con los brazos en jarras y le anunció que había llegado el momento. Torlyri comprobó la verdad de lo que decía: el niño se retorcía ávidamente en su abultado vientre, y había otros signos de parto inminente.

— No podemos seguir — dijo Torlyri a Koshmar —. Threyne está a punto de dar a luz.

Durante un instante, el desconcierto asomó a los ojos de Koshmar. Sufría una especie de fiebre por llegar cuanto antes a Vengiboneeza, ahora que sabía que la gran ciudad estaba tan cerca. Torlyri era consciente de ello. Pero la cabecilla tendría que aguardar. El nacimiento de un niño era más importante que cualquier otro acontecimiento. Threyne debía estar cómoda, el niño debía llegar al mundo sin correr riesgos.

En los días del capullo, el nacimiento de cada nuevo niño no sólo representaba una fuente de alegrías, sino que albergaba un aspecto oculto más fúnebre, ya que sólo se permitía la incorporación de un nuevo ser a la comunidad cuando se acercaba la fecha en que algún otro debía abandonarla. Dentro del capullo no había lugar para la expansión, y el nacimiento se entrelazaba irremisiblemente con la muerte. Por ello existía el límite de edad, para que el Pueblo no se viera obligado a elegir entre una existencia intolerable y monótona, y una virtual prohibición de concebir hijos. En el exterior la situación era radicalmente distinta para la tribu. No había necesidad de precaverse contra la superpoblación. Más bien ocurría lo contrario: necesitaban producir todas las vidas que pudiesen. Y más aún: ya nadie debía morir para dar cabida a un nuevo vástago. Todas aquellas que fueran fértiles tenían el deber de engendrar un niño para la tribu. Así lo entendía Torlyri. Ella misma estaba comenzando a considerar la idea.

Se alejaron cuanto pudieron de la ciénaga y del lago negro. Nadie quería que el aguazancos emergiera otra vez de las aguas y atravesara el aire con su risa escalofriante mientras Threyne estuviera dando a luz.

Algunos hombres cortaron ramas verdes para tejerle un lecho de hojas. Minbain, Galihine y un par de mujeres mayores la lavaron y la sujetaron las manos cuando el dolor comenzó a intensificarse. Preyne, el padre del niño, se acuclilló junto a la mujer durante un rato, tocando su órgano sensitivo con el suyo para atenuarle las molestias, haciendo uso de su derecho y obligación. Torlyri preparó ofrendas natales a Mueri en su calidad de Consoladora; a Yissou, el Protector; y también a Friit, el Sanador, para la convalecencia. Fue un parto prolongado, y Threyne gritó más que la mayoría de las mujeres. Torlyri creía que la causa de tanto dolor eran las penurias de la travesía.

Koshmar estuvo caminando impaciente de un lado a otro toda la tarde. Hacia la puesta de sol se acercó al cobertizo y observó el vientre abultado de Threyne.

— ¿Y bien? ¿Marcha todo como es debido? — preguntó a Torlyri.

Ella indicó a Koshmar que se retirara, y cuando Threyne no pudo oírlas, respondió:

— Se prolonga demasiado. Y está sufriendo mucho.

— Que Preyne le alivie de su dolor.

— Está haciendo todo lo que puede.

— ¿Morirá?

— No. No creo — aventuró Torlyri —. Pero está sufriendo. Si sobrevive, estará unos días muy débil.

— ¿Qué quieres decir, Torlyri?

— Que deberemos permanecer aquí durante un tiempo.

— Pero Vengiboneeza…

— … nos ha estado esperando durante setecientos mil anos — respondió Torlyri —. Puede aguardar un par de semanas más. No podemos poner en juego la vida de Threyne por tu impaciencia. Y Nettin también está a punto de dar a luz, a lo sumo faltarán dos o tres días. Tendremos que permanecer aquí hasta que estén en condiciones de proseguir. O si no, dividir la tribu, enviar a Harruel y a algunos de los hombres como avanzadilla mientras nosotras nos quedamos aquí para cuidar de las parturientas.

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