La torre de cristal | Страница 9 | Онлайн-библиотека


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—Pronto —dijo—. Te llamaré.

Y se marchó.

16.44, California. Salió del cubículo transmat al suelo de baldosas del patio interior de su casa. El sol de la tarde se ponía en el Pacifico. Tres de sus androides se acercaron a él, para llevarle ropa limpia, una tableta refrescante y un periódico.

—¿Dónde está la señora Krug?—preguntó—. ¿Sigue durmiendo?

—Está en la playa —le dijo el criado beta.

Manuel se cambió rápidamente, se tomó el refrescante y se dirigió a la playa. Clissa estaba a unos cien metros, y nadaba entre las olas. Tres aves zancudas trazaban perezosos círculos en torno a ella, y Clissa las llamaba, riendo y palmoteando. No advirtió la presencia de Manuel. Después de la voluptuosidad de Lilith, parecía casi perversamente inmadura: caderas estrechas, nalgas planas de chiquillo, los pechos de una niña de doce años. El oscuro triángulo de vello en la base de su vientre parecía incongruente, inadecuado. “Me caso con niñas y me acuesto con mujeres de plástico”, pensó.

—¿Clissa?—llamó.

Ella se dio la vuelta.

—¡Oh! ¡Me has asustado!

—¿Pasándolo bien en el océano? ¿No está muy fría para ti el agua?

—Nunca está demasiado fría para mi. Ya lo sabes, Manuel. ¿Te divertiste en la fábrica de androides?

—Fue interesante —respondió—. ¿Y tú? Ya veo que te encuentras mejor.

—¿Mejor? ¿Estaba enferma?

La miró, extrañado.

—Esta mañana… cuando estábamos en la torre…, bueno, parecías muy disgustada…

—¡Ah, eso! Casi se me había olvidado. Dios, fue terrible ¿verdad? ¿Tienes hora, Manuel?

—Las 16.48, minuto más o menos.

—Entonces, será mejor que me vista pronto. Tenemos que estar temprano en Hong Kong para la cena.

Él admiraba su habilidad para superar los traumas.

—Aún no es mediodía en Hong Kong —dijo—. No hay prisa.

—Bueno, ¿por qué no te bañas conmigo? El agua no está tan fría como crees. Oh…—Hizo una pausa—, todavía no me has dado mi beso de hola.

—Hola —dijo él.

—Hola. Te quiero.

—Te quiero.

Besarla era como besar el alabastro. Aún sentía el sabor de Lilith en los labios. Se preguntó cuál era la mujer apasionada vital, y cuál la cosa fría y artificial. Al abrazar a su esposa, no sentía absolutamente nada. La soltó. Ella le agarró por la cintura y le obligó a seguirla hacia las olas. Nadaron un rato, y salieron del agua helados y temblorosos.

Al anochecer, tomaron un cóctel juntos en el patio interior.

—Pareces muy distante —dijo ella—. Son todos esos saltos transmat. Nos afectan más de lo que creen los médicos.

Para la fiesta de aquella noche, sólo se puso una joya, un collar de cuentas cristalinas en forma de pera, color hollín. Una sonda de Empresas Krug había recogido aquellos fragmentos de materia a 7,5 años luz de la Tierra, en la periferia de la moribunda y cenicienta Estrella Volker. Krug se los había dado como regalo de boda. ¿Qué otra mujer podía llevar un collar hecho de pedazos de una estrella oscura? Pero, en el círculo social de Clissa, los milagros eran algo que se daba por hecho. Ninguno de sus compañeros de cena pareció fijarse en el collar.

Manuel y Clissa se quedaron en la fiesta hasta bien pasada la medianoche, hora de Hong Kong. Así que, cuando volvieron a Mendocino, California, la mañana ya estaba muy avanzada. Se programaron ocho horas de sueño y sellaron el dormitorio. Manuel le había perdido el rastro a la secuencia temporal, pero sospechaba que llevaba más de veinticuatro horas seguidas despierto. Pensó que, a veces, la vida transmat se escapaba de las manos, y corrió un velo sobre el día.

8

18 de octubre de 2218. La torre mide ya 280 metros, y el crecimiento es perceptible a cada hora que pasa. Durante el día, brilla incluso bajo la escasa luz del Ártico, y parece una lanza relampagueante que alguien hubiera clavado en la tundra. De noche es aún más deslumbrante, porque refleja la miríada de luces de las placas reflectoras, a un kilómetro de altura, bajo cuya luz trabajan los turnos de noche.

Su auténtica belleza aún está por llegar. Lo que se ha construido hasta ahora no es más que la base, necesariamente ancha y de muros gruesos. Los planos de Justin Maledetto exigen una torre elegantemente ahusada, un esbelto obelisco de cristal que arañe la estratosfera, y la línea del huso empieza a aparecer a la vista. De ahora en adelante la estructura se contraerá para adquirir una asombrosa delicadeza.

Aunque sólo mide la quinta parte de su altura total, la torre de Krug es ya la estructura más alta de los Territorios del Noroeste, y al norte del sexto paralelo sólo la superan el Edificio Chase/Krug, en Fairbanks, de 320 metros, y la vieja Aguja Kotzebue, con sus vistas al Estrecho de Bering y sus 300 metros. En un par de días, se sobrepasará la altura de la Aguja, y poco más adelante la del Chase/Krug. Para finales de noviembre, con sus 500 metros, la torre será el edificio más alto del sistema solar. Incluso entonces, apenas habrá alcanzado la tercera parte de su altura total.

Los operarios androides trabajan con ritmo y fluidez. A excepción del desdichado incidente de septiembre, no ha habido accidentes fatales. La técnica de sujetar los grandes bloques de cristal a los asideros de las grúas y guiarlos hasta la cima de la torre se ha convertido en una segunda naturaleza para todos. En los ocho lados los bloques son elevados, colocados en su lugar y encajados en la torre, mientras la siguiente serie de bloques ya está colocada en las grúas.

La torre ya no es una cáscara vacía. El trabajo ha comenzado en el interior de la construcción: el albergue para el intrincado equipo de comunicaciones, el rayo de taquiones con el que se enviarán mensajes, a velocidades muy superiores a la de la luz, a la nebulosa planetaria NGC 7293. El diseño de Justin Maledetto exigía divisiones horizontales cada veinte metros, excepto en cinco zonas de la torre, donde el tamaño de los módulos del equipo de comunicaciones requerirían que los suelos estuviesen situados a intervalos de sesenta metros. Ya se habían construido parcialmente las cinco particiones bajas, y se habían colocado las vigas para la sexta, la séptima y la octava. Los suelos de la torre están hechos del mismo cristal claro que se utiliza en la pared exterior. Nada debe empañar la transparencia del edificio. Maledetto insiste en ello por razones estéticas. Los manipuladores del rayo de taquiones tienen razones científicas para compartir la preocupación del arquitecto por el paso libre de luz.

Al ver la torre inacabada, a una distancia de un kilómetro, uno la creería frágil y vulnerable. Uno vería los brillantes rayos del sol matutino que danzaban y saltaban a través de las paredes, como si cruzaran las aguas de un lago tranquilo y cristalino. Uno podría distinguir las pequeñas figuras oscuras de los androides, moviéndose como hormigas por las particiones interiores, que resultan casi invisibles. Uno siente que una ráfaga repentina, proveniente de la Bahía de Hudson, podría hacer añicos la torre en un instante. Sólo cuando uno se acerca, cuando uno observa que esos suelos invisibles tienen el grosor de la altura de un hombre, cuando uno es consciente de la inmensidad de la piel exterior de la torre, cuando uno puede calcular el inimaginable peso del coloso sobre el suelo helado, deja de pensar en rayos de sol danzarines, y comprende que Simeon Krug está erigiendo la estructura más poderosa en toda la historia de la humanidad.

9

Krug lo comprendía. Y la idea no le impresionaba especialmente. La torre iba a ser tan grande, no por que lo exigiera su ego, sino porque las ecuaciones de generación de ondas de taquiones se empeñaban en ello. Para llegar al otro lado de la barrera de la velocidad lumínica se necesitaba poder. Y no se conseguía poder sin tamaño.

—Mirad —dijo Krug—, no me interesan los monumentos. Ya tengo monumentos. Lo que quiero es contacto.

Aquella tarde, había llevado a ocho personas hasta la torre: Vargas, Spaulding, Manuel y cinco de los elegantes amigos de éste. Los amigos de Manuel, tratando de dedicarle un cumplido, hablaban de cómo las generaciones futuras reverenciarían la torre por su inmensidad. A Krug no le agradaba la idea. Cuando Niccolo Vargas decía que la torre seria la primera catedral de la era galáctica, estaba bien. Tenía un significado simbólico. Era una manera de decir que la torre era importante porque marcaba el inicio de una nueva fase en la existencia del hombre. Pero ¿alabar la torre sólo porque era grande? ¿Qué clase de alabanza era ésa? ¿Quién necesitaba nada grande? ¿Quién quería nada grande? Sólo la gente pequeña quería cosas grandes.

Le resultaba muy difícil encontrar palabras para explicar su torre.

—Díselo tú, Manuel —pidió—. Explícaselo. La torre no es sólo un enorme montón de cristal. El tamaño no importa. Tú lo comprendes. Tú encuentras palabras.

—El principal problema técnico es enviar un mensaje que viaje más de prisa que la luz —empezó Manuel—. Es necesario, porque el doctor Vargas ha determinado que la civilización galáctica con la que intentamos hablar está a… ¿cuánto…? trescientos años luz. Eso significa que, si les enviamos un mensaje normal por radio, no lo recibirían hasta el siglo veintiséis, y nosotros no obtendríamos respuesta hasta el 2850, y mi padre no puede esperar tanto tiempo para saber lo que tienen que decir. Mi padre es un hombre impaciente. Entonces, para hacer que algo viaje más de prisa que la luz, tenemos que generar algo que recibe el nombre de taquiones. No puedo deciros gran cosa sobre ellos, excepto que viajan muy de prisa y que hace falta un impulso de mil diablos para darles la velocidad adecuada. De ahí la necesidad de construir una torre de transmisión que, sólo incidentalmente, tiene mil quinientos metros de altura, porque…

Krug sacudió la cabeza, airado, mientras Manuel seguía hablando. La voz de su hijo tenía ese tono ligero, burlón, que él tanto detestaba. ¿Por qué el chico no podía tomarse nada en serio? ¿Por qué no podía dejarse llevar por el romanticismo y la maravilla de la torre, de todo el proyecto? ¿Por qué había aquella ironía en su voz? ¿Por qué no iba al corazón de la empresa, a su auténtico significado?

Ese significado estaba terriblemente claro para Krug. ¡Si pudiera formular lo que pensaba…!

»Mirad —diría—, hace mil millones de años no había ni un hombre, sólo un pez. Una cosa resbaladiza con agallas, escamas y ojillos redondos. Vivía en el océano, y el océano era como una cárcel, y el aire era como un tejado encima de la cárcel. Nadie podía atravesar el tejado. “Si lo atraviesas, morirás” decía todo el mundo. Y llegó este pez, que lo atravesó, y murió. Y luego llegó aquel otro pez, que lo atravesó y murió. Pero hubo otro pez, que lo atravesó, y fue como si su cerebro ardiera, y las agallas le estallaran, y el aire le ahogaba, y el sol era una antorcha en sus ojos, y estaba allí, tendido en el barro, deseando morir, pero no murió. Se arrastró playa abajo, volvió al agua y dijo: “¡Eh, ahí arriba hay todo un mundo nuevo”. Y volvió a subir, y se quedó tal vez dos días, y luego murió. Y otros peces se hicieron preguntas sobre ese mundo. Y se arrastraron hacia la orilla lodosa. Y se quedaron. Y aprendieron a respirar aire. Y aprendieron a erguirse, a caminar, a vivir con la luz del sol en los ojos. Y se convirtieron en lagartos, en dinosaurios, en otras cosas, y caminaron durante millones de años, y empezaron a erguirse sobre las patas traseras, y utilizaron las manos para agarrar cosas, y se convirtieron en monos, y los monos se fueron haciendo más inteligentes, y se convirtieron en hombres. En todo momento, algunos de ellos, al menos unos pocos, siguieron buscando nuevos mundos. Les dices: “Volvamos al océano, seamos peces de nuevo, así es más fácil”. Y quizá la mitad de ellos están dispuestos a hacerlo, quizá más de la mitad, pero siempre hay alguno que dice: “No seáis locos. No podemos volver a ser peces. Somos hombres”. Así que no regresan al mar. Siguen subiendo. E inventan el fuego, las hachas, las ruedas y hacen carros, y casas, y ropa, y luego barcos, y coches, y trenes. ¿Por qué suben? ¿Qué quieren encontrar? No lo saben. Algunos de ellos buscan a Dios, y otros buscan poder, y otros, simplemente, buscan. Dicen: “Hay que seguir adelante, si no, mueres”. Y entonces van a la Luna, y van a los planetas, y siempre hay otros que dicen: “Se estaba bien en el océano, todo era más fácil en el océano, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué no volvemos?”. Y unos cuantos tienen que decir: “No volveremos, seguiremos adelante, eso es lo que hacen los hombres”.

»Así que hay hombres que van a Marte y a Ganímedes y a Titán y a Calixto y a Plutón y a esos lugares, pero, busquen lo que busquen, no lo encuentran allí; así que quieren más mundos, y van también a las estrellas, al menos a las cercanas, y envían sondas y más sondas que gritan: “Eh, mírame, me ha hecho el hombre! ¡El hombre me ha enviado!”. Y nadie responde. Y la gente, los que no querían salir del océano, dicen: “Muy bien, muy bien, ya basta, podemos parar aquí. Es inútil seguir buscando. Sabemos quiénes somos. Somos hombres. Somos grandes, somos importantes, lo somos todo; ya es hora de que dejemos de esforzarnos, porque no necesitamos esforzarnos. Sentémonos al sol y dejemos que los androides nos sirvan la cena”. Y nos sentamos. Y quizá nos oxidamos un poco. Y entonces llega una voz del cielo, y dice, 2-4-1, 2-5-1, 3-3. ¿Quién sabe qué es eso? Quizá sea Dios, diciéndonos que vayamos a buscarle. Quizá sea el Diablo, diciéndonos lo imbéciles que somos. ¿Quién sabe? Podemos fingir que no hemos oído. Podemos sentarnos al sol y sonreír. O podemos responder. Podemos decir: “Escuchad, somos nosotros, os habla el hombre, hemos hecho esto y aquello, ahora decidnos quiénes sois y qué habéis hecho”. Y yo creo que tenemos que responder. Si estás en una cárcel, te escapas. Si ves una puerta, la abres. Si oyes una voz, respondes. Eso es lo principal del hombre. Y por eso estoy construyendo la torre. Tenemos que responderles. Tenemos que decirles que estamos aquí. Tenemos que contactar con ellos, porque ya hemos estado solos demasiado tiempo, y eso hace que tengamos ideas raras sobre nuestro lugar y nuestro objetivo. Tenemos que seguir moviéndonos, salir del océano, subir por la playa, adelante, adelante, adelante, porque cuando dejemos de movernos, cuando volvamos la espalda a lo que tenemos frente a nosotros, entonces será cuando volvamos a respirar a través de branquias.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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