La torre de cristal | Страница 5 | Онлайн-библиотека


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—Dentro de una hora, quizá antes. El frío subirá hasta adueñarse de tu cerebro, y eso será el final. Pero consuélate: Krug te vio caer. Krug te guardará. Descansarás en el seno de Krug.

—Alabado-sea-Krug —murmuró Calibán Taladrador.

Los porteadores de las parihuelas se acercaban. Cuando estaban a unos cincuenta metros, sonó el gong indicando el final del turno. Al instante, todos los androides que no estaban alzando un bloque echaron a correr hacia las hileras de transmats. Tres filas de trabajadores empezaron a desaparecer en los transmats, dirigiéndose hacia sus hogares en barrios de androides de los cinco continentes. Al mismo tiempo, el siguiente turno de androides empezó a salir de los transmats de llegada, volviendo de sus periodos de ocio pasados en lugares como Sudamérica o la India. Al sonido del gong, los dos portadores de parihuelas hicieron gesto de dejarlas caer y correr hacia los transmats. Vigilante rugió y, mansamente, fueron hacia él.

—Recoged a Calibán Taladrador —ordenó—, y llevadlo a la capilla con cuidado. Cuando hayáis terminado, podéis marcharos y pedir compensación por el tiempo.

En medio de la confusión del cambio de turno, los dos betas cargaron al androide herido en las parihuelas, y se abrieron paso hacia una de las muchas cúpulas protuberantes situadas al norte del emplazamiento de la construcción. Las cúpulas servían para múltiples cosas: algunas eran almacenes de materiales, muchas servían como cocinas o cuartos de baño, tres albergaban las centrales energéticas que alimentaban las hileras de transmats y las trenzas de refrigeración, una servia como local de primeros auxilios para androides heridos durante el trabajo, y otra, en el corazón del grupo de cúpulas de plástico gris, era la capilla.

Dos o tres androides de permiso se encontraban en todo momento delante de esa cúpula, aparentemente ociosos, en realidad actuando como centinelas para impedir la entrada a cualquier nacido de vientre. A veces, algún periodista o un invitado de Krug se acercaba hacia allí, pero los centinelas tenían varias técnicas sutiles para apartarlos sin provocar un prohibido choque de voluntades entre humano y androide. La capilla no estaba abierta a ningún nacido de hombre y mujer. Su misma existencia era desconocida para cualquiera que no fuese androide.

Thor Vigilante llegó allí justo cuando los porteadores de las parihuelas estaban bajando a Calibán Taladrador delante del altar. Entró, hizo la correspondiente genuflexión, y dejó caer rápidamente una rodilla extendiendo los brazos con las palmas hacia arriba. El altar, que descansaba en un baño púrpura de fluidos nutrientes, era un bloque rectangular de carne rosada, que había sido sintetizada exactamente igual que los androides. Aunque estaba vivo, no era consciente ni capaz de autosustentarse sin ayuda. Se le alimentaba desde abajo mediante inyecciones constantes de metabolasa, que le permitían sobrevivir. Detrás del altar había un holograma a cuerpo entero de Simeon Krug, mirando hacia adelante. Las paredes de la capilla estaban decoradas con los tríos del código genético del ARN inscritos una y otra vez desde el suelo hasta el techo:

AAA AAG AAC AAU

AGA AGG AGC AGU

ACA ACG ACC ACU

AUA AUG AUC AUU

GAA GAG GAC GAU

GGA GGG GGC GGU

GCA GCG GCC GCU

GUA GUG GUC GUU

CAA CAG CAC CAU

CGA CGG CGC CGU

CUA CUG CUC CUU

UAA UAG UAC UAU

UGA UGG UGC UGU

UCA UCG UCC UCU

UUA UUG UUC UUU

—Ponedlo en el altar —dijo Vigilante—. Y marchaos.

Los porteadores de las parihuelas obedecieron.

—Soy un Preservador —dijo Vigilante cuando estuvo a solas con el beta moribundo—. Puedo ser tu guia en el viaje a Krug. Repite conmigo tan claramente como puedas: “Krug nos trae al mundo, y a Krug volvemos”.

—Krug nos trae al mundo, y a Krug volvemos.

—Krug es nuestro Creador, nuestro Protector y nuestro Liberador.

—Krug es nuestro Creador, nuestro Protector y nuestro Liberador.

—Krug, te rogamos que nos guíes hacia la luz.

—Krug, te rogamos que nos guíes hacia la luz.

—Y que eleves a los Hijos de la Cuba al nivel de los Hijos del Vientre.

—Y que eleves a los Hijos de la Cuba al nivel de los Hijos del Vientre.

—Y que nos conduzcas al lugar que nos corresponde…

—Y que nos conduzcas al lugar que nos corresponde…

—… junto a nuestros hermanos de carne.

—. … junto a nuestros hermanos de carne.

—Krug, Hacedor nuestro, Krug, Preservador nuestro, Krug, Señor nuestro, recíbeme de vuelta a la Cuba.

—Krug, Hacedor nuestro, Krug, Preservador nuestro, Krug, Señor nuestro, recíbeme de vuelta a la Cuba.

—Y redime a los que vienen detrás de mi…

—Y redime a los que vienen detrás de mi…

—… en el día en que Vientre y Cuba, y Cuba y Vientre, sean uno.

—… en el día en que Vientre y Cuba, y Cuba y Vientre, sean uno.

—Alabado-sea-Krug.

—Alabado-sea-Krug.

—Gloria a Krug.

—Gloria a Krug.

—AAA AAG AAC AAU sea Krug.

—AAA AAG AAC AAU sea Krug.

—AGA AGG AGC AGU sea Krug.

—AGA AGG AGC…—Calibán Taladrador vacilo—. Tengo el frío en el pecho. No puedo…, no puedo…

—Termina la secuencia, Krug te aguarda.

—… AGU sea Krug.

—ACA ACG ACC ACU sea Krug.

Los dedos del beta se hundieron en la carne temblorosa del altar. El color de su piel se había oscurecido en los últimos minutos, pasando del escarlata a algo muy cercano al violeta. Tenia los ojos vueltos y los labios retorcidos.

—Krug te aguarda —repitió con ardor Vigilante—. ¡Haz la secuencia!

—No puedo… hablar…, no puedo… respirar…

—Entonces, escucha. Limítate a escuchar. Repite mentalmente la secuencia mientras yo la recito. “AUA AUG AUC AUU sea Krug. GAA GAG GAC GAU sea Krug. GGA GGG…”

Desesperadamente, Vigilante desgranó las letras del ritual genético, de rodillas junto al altar. Con cada grupo de letras, giraba el cuerpo para formar la doble hélice prescrita, el movimiento apropiado para los últimos ritos. La vida de Calibán Taladrador se consumía con rapidez. Hacia el final, Vigilante se sacó un cable de enlace de la túnica, conectó la clavija hembra de su antebrazo con la de Taladrador, y bombeó energía hacia el destrozado beta para mantenerlo vivo hasta nombrar todos los tercetos de ARN. Entonces, sólo entonces, cuando estuvo seguro de haber enviado el alma de Calibán Taladrador a Krug Vigilante se desconectó, se levantó, musitó una breve plegaria por si mismo y ordenó a un equipo de gammas que se llevaran el cadáver.

Tenso, agotado, pero alegre por la redención de Calibán Taladrador, salió de la capilla y se dirigió hacia el centro de control. Cuando estaba a medio camino, le cortó el paso una figura de su misma altura: otro alfa. Aquello parecía extraño. El turno de Vigilante no terminaría hasta algunas horas más tarde. Y cuando acabara, estaba previsto que llegase Euclides Proyectista para relevarle. Pero este alfa no era Proyectista. Vigilante no lo conocía de nada.

—¿Puedo hablar contigo, Vigilante?—dijo el desconocido—. Soy Sigfrido Archivista, del Partido para la Igualdad de los Androides. Por supuesto, ya conoces la enmienda constitucional que proponemos y que nuestros amigos presentarán en el próximo Congreso. Se ha sugerido que, vista tu relación con Simeon Krug, podrías ayudarnos a conseguir acceso a él con el objetivo de conseguir su apoyo para este…

Vigilante le interrumpió.

—Debes de estar al corriente de mi postura con respecto a la implicación en asuntos políticos.

—Si, pero, en estos momentos, la causa de la igualdad androide…

—Puede ser apoyada de muchas maneras. No me interesa explotar mi conexión con Krug para objetivos políticos.

—La enmienda constitucional…

—Es inútil. Inútil. ¿Ves aquel edificio de allí, amigo Archivista? Es nuestra capilla. Te recomiendo que la visites para limpiar tu alma de valores falsos.

—No creo en vuestra iglesia —respondió Sigfrido Archivista.

—Y yo no soy miembro de vuestro partido político —replicó Thor Vigilante—. Discúlpame. Tengo responsabilidades en el centro de control.

—Quizá podría hablar contigo cuando termine tu tumo.

—Entonces estarias interfiriendo con mi tiempo de descanso —dijo Vigilante.

Se alejó con paso vivo. Necesitaba uno de sus rituales neurales de tranquilidad para librarse de la ira y la irritación que hervian en su interior.

“Partido para la Igualdad de los Androides —pensó desdeñoso—. ¡Estúpidos! ¡Chapuceros! ¡Idiotas!”

7

Manuel Krug había tenido un día muy ajetreado. 08.00, California. Despertar en su casa de la costa Mendocino. El turbulento Pacifico casi en su puerta delantera. Un bosque de secoyas de mil hectáreas como jardín. Clissa junto a él, en la cama, suave y tímida como una gata. Tenia la mente empañada por la fiesta del Grupo Espectro, la noche anterior, en Taiwan, donde se había permitido a si mismo beber demasiado licor de jengibre y mijo de Nick Ssu-ma. La imagen de su criado beta en la pantalla flotante, que susurraba apremiante: “Señor, señor, por favor, levántese. Su padre le espera en la torre”. Clissa acurrucándose más junto a él. Manuel parpadeando, luchando por atravesar la niebla que envolvía su cerebro. “¿Señor? ¡Disculpe, pero dejó instrucciones irrevocables para que le despertara!” Una nota de cuarenta ciclos subiendo del suelo. Un cono de sonido de quince megaciclos bajando del techo. Él, empalado entre ambos, incapaz de escapar para volver al sueño. Crescendo. Despierto, reluctante, refunfuñando. Entonces, una sorpresa: Clissa se estremece, tiembla, toma su mano y la guía hacia uno de sus pequeños pechos fríos. Los dedos de él cerrándose sobre el pezón, descubriéndolo todavía suave. Como era de esperar. Una osadía por parte de la niña-mujer, pero de carne aún débil, aunque el espíritu fuera voluntarioso. Llevaban dos años casados, y pese a todos sus intentos y su habilidad, aún no había conseguido despertar plenamente los sentidos de su esposa.

—Manuel…—susurró ella—. Manuel…, ¡tócame!

Se sintió muy cruel al rechazarla.

—Luego —dijo, mientras las terribles púas de sonido se le clavaban en el cerebro—. Ahora tenemos que levantarnos; el patriarca nos espera. Hoy vamos a la torre.

Clissa hizo un puchero. Se tambalearon fuera de la cama y, al momento, el condenado ruido cesó. Se ducharon, desayunaron y se vistieron.

—¿Estás seguro de que quieres que vaya?—preguntó ella. Y añadió—: ¿De verdad?

—Mi padre insistió mucho. Cree que ya va siendo hora de que veas la torre. ¿No quieres ir?

—Tengo miedo de hacer alguna tontería, de decir algo ingenuo. Cuando estoy cerca de él, me siento horriblemente joven.

—Eres horriblemente joven. De todos modos, te quiere mucho. Sólo tienes que fingir que su torre te fascina hasta lo indecible, y te perdonará cualquier tontería que puedas decir.

—Y los demás…, el senador Fearon, y el cientifico, y no sé quién más…, ¡ya estoy avergonzada, Manuel!

—Clissa…

—Vale, vale.

—Y recuerda: la torre te va a parecer la empresa más maravillosa que haya intentado la humanidad desde el Taj Mahal. Cuando la veas, díselo. No con tantas palabras, sino a tu manera.

—Se toma muy en serio lo de la torre, ¿no?—preguntó—. Pretende de verdad hablar con la gente de las estrellas.

—¿Cuánto costará?

—Miles de millones —respondió Manuel.

—Está despilfarrando nuestra herencia en construir esa cosa. Lo está gastando todo.

—No todo. Nunca nos moriremos de hambre. Además, él ganó el dinero. Déjale que se lo gaste.

—Pero es una obsesión…, es una fantasía.

—Ya basta, Clissa. No es asunto nuestro.

—Al menos, dime una cosa. Supón que tu padre muriera mañana, y tú te hicieses cargo de todo. ¿Qué sucedería con la torre?

Manuel fijó las coordenadas para el salto en transmat hasta Nueva York.

—Al día siguiente, detendría los trabajos —concluyó—. Pero si se lo dices a él, te mato. Venga, sube. Nos vamos.

11.40, Nueva York. Ya mediaba la mañana, y sólo llevaba despierto cuarenta apresurados minutos, después de levantarse a las ocho. Ése era uno de los pequeños problemas de la sociedad transmat: si saltabas de oeste a este, perdías constantemente fragmentos de tiempo por agujeros invisibles en los bolsillos.

Naturalmente, la cosa quedaba compensada cuando viajabas en dirección contraria. En el verano del 16, el día anterior a su boda, Manuel y algunos de sus amigos del Grupo Espectro habían hecho retroceder el amanecer recorriendo el mundo en dirección oeste. Empezaron a las 06.00 del sábado en el Coto de Caza de Amboseli, con el sol saliendo tras el Kilimanjaro. Desde allí viajaron a Kinshasa, Accra, Rio, Caracas, Veracruz, Albuquerque, Los Angeles, Honolulu, Auckland, Brisbane, Singapur, Pnom Penh, Calcuta y La Meca. En el mundo transmat no se necesitaban visados ni pasaportes. Disponiendo del viaje instantáneo, tales cosas habrían sido absurdas. El sol se desplazaba con lentitud, como siempre, a pocos miles de kilómetros por hora. Los viajeros no sufrían tal inconveniente. Aunque se detenían quince minutos aquí, veinte minutos allá, tomando un cóctel o bebiendo un flotador, compraban pequeños recuerdos, visitaban famosos monumentos de la antigüedad, ganando tiempo constantemente, se adentraban cada vez más en la noche anterior, adelantando al sol mientras recorrían el globo. Y llegaron a la noche del viernes. Por supuesto, perdieron todo lo que habían ganado cuando cruzaron la línea de cambio de fecha, y cayeron en la tarde del sábado. Pero ahogaron la pérdida en más copas mientras seguían viajando hacia el oeste. Y cuando volvieron al Kilimanjaro, no eran aún las once de la misma mañana de sábado en que habían partido, aunque habían vivido un viernes y medio.

El transmat permitía hacer tales cosas. Además, calculando cuidadosamente los saltos, se podían ver una docena de ocasos en un solo día, o pasar toda la vida bajo el brillo de un mediodía eterno. De todos modos, al llegar a Nueva York desde California a las 11.40, Manuel lamentó haber tenido que ceder al transmat aquella parte de la mañana.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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