La torre de cristal | Страница 4 | Онлайн-библиотека


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—Tienes demasiadas respuestas —murmuró Krug—. No me gusta la idea.

—Eso nos lleva a la otra posibilidad —apuntó Vargas—. Que la especie que envió la señal sea nativa de NGC 7293.

—¿Cómo? La explosión…

—Quizá la explosión no les molestó. Esa raza podría vivir de radiación dura. La mutación puede ser su forma de vida. Estamos hablando de alienígenas, amigo mío. Si en realidad son alienígenas, no podemos concebir ninguno de sus parámetros. Así que mira, especula conmigo. Tenemos un planeta con una estrella azul, un planeta suficientemente alejado de ese sol, pero que, aun así, recibe una radiación muy fuerte. El mar es un caldo de productos químicos que hierve constantemente. Un caldo de mutaciones. Un millón de años después de que se enfriara la superficie, brota la vida. En un mundo así, las cosas van de prisa. Otro millón de años, y hay vida multicelular compleja. Un millón más para el equivalente de los mamíferos. Otro millón para la civilización a nivel galáctico. Cambios. Cambios ardientes, interminables.

—Quiero creerte —replicó Krug, sombrío—. Me gustaría. Pero no puedo.

—Comedores de radiación —siguió Vargas—. Inteligentes, adaptables, aceptando la necesidad, incluso la deseabilidad, de un cambio genético constante y violento. Su estrella se expande; muy bien, se adaptan al incremento de radiación, encuentran una manera de protegerse. Ahora viven dentro de una nebulosa planetaria, con un cielo fluorescente a su alrededor. De alguna manera, detectan la existencia del resto de la galaxia. Nos envían mensajes. ¿De acuerdo?

Krug, angustiado, alzó las manos con las palmas hacia Vargas.

—¡Quiero creerlo!

—Pues créelo. Créelo.

—Sólo es teoría. Una teoría imposible.

—Los datos que tenemos encajan en ella —señaló Vargas—. ¿Conoces el proverbio italiano? Se non è vero, è ben trovato. “Aunque no sea cierto, está bien inventado.” La hipótesis nos servirá hasta que tengamos otra mejor. Es más adecuada a los hechos que la teoría de una causa natural para una señal compleja y reiterativa que nos ha llegado por muchos medios.

Krug se dio la vuelta y golpeó el activador, como si ya no pudiera soportar más tiempo la imagen en el domo, como si notara la furiosa radiación de aquel sol alienígena levantando ampollas mortíferas en su propia piel. En sus prolongados sueños, había visto algo completamente diferente. Había imaginado un planeta con un sol amarillo, a ochenta o noventa años luz, un suave sol amarillo muy parecido a aquél bajo el que había nacido. Había soñado con un mundo de lagos y ríos y campos de hierba, de aire dulce, quizá con un cierto olor a ozono, de árboles con hojas purpúreas y brillantes insectos verdes, de esbeltos seres cimbreantes con hombros inclinados y manos de múltiples dedos, que charlaban tranquilamente mientras paseaban entre las arboledas y valles de su paraíso, que investigaban los misterios del cosmos, especulando sobre la existencia de otras civilizaciones, y que enviaban por fin su mensaje al universo. Los había visto recibiendo con los brazos abiertos a los primeros visitantes de la Tierra, diciendo: “Bienvenidos, hermanos, bienvenidos, sabíamos que teníais que estar allí”. Ahora todo eso había sido destruido. Con la imaginación, Krug veía ahora un infernal sol azul lanzando fuegos demoníacos al vacío; vio un planeta ennegrecido y ardiente, en el que monstruosidades de escamas blindadas se deslizaban por pozos de mercurio bajo un cielo de llamas blancas; vio una horda de horrores reuniéndose en torno a una máquina de pesadilla para enviar un mensaje incomprensible a través de los golfos espaciales. ¿Y ésos son nuestros hermanos? “Todo se ha perdido”, pensó Krug amargamente.

—¿Cómo podremos reunirnos con ellos? —preguntó—. ¿Cómo podremos abrazarlos? Tengo una nave casi preparada, Vargas, una nave hacia las estrellas, una nave que llevará durante siglos a un hombre dormido. ¿Cómo voy a enviarla a ese lugar?

—Tu reacción me sorprende. No esperaba una congoja así.

—Yo no esperaba una estrella así.

—¿Habrías sido más feliz si te hubiera dicho que, después de todo, las señales se debían a simples impulsos naturales?

—No. Claro que no.

—Entonces, alégrate con estos extraños hermanos nuestros. Olvida su rareza y piensa sólo en la hermandad.

Las palabras de Vargas cumplieron su objetivo. Krug redescubrió sus fuerzas. El astrónomo tenía razón. Por extraños que pudieran ser aquellos seres, por extravagante que fuera su mundo —siempre suponiendo que la hipótesis de Vargas fuera cierta—, eran civilizados, tenían ciencia, miraban hacia el exterior. Nuestros hermanos. Si mañana el espacio se plegara sobre sí mismo, y la Tierra, su sol y todos los mundos cercanos fueran engullidos y condenados al olvido, la inteligencia no desaparecería del universo, porque ellos estaban allí.

—Sí. Me alegro. Cuando mi torre esté terminada, les enviaré mis saludos.

Habían pasado dos siglos y medio desde que el hombre rompiera por primera vez sus ataduras con su planeta natal. En un gran salto dinámico, el viaje espacial había llevado exploradores humanos de la Luna a Plutón, hasta la periferia del sistema social y aun más allá, y en ningún lugar habían encontrado rastros de vida inteligente. Líquenes, bacterias, primitivos subfilums reptantes, sí, pero nada más. La decepción fue el destino de los arqueólogos que habían acariciado fantasías sobre reconstruir las etapas culturales de Marte a partir de artefactos encontrados en el desierto. No había artefactos. Y cuando empezaron a surgir las sondas estelares, e hicieron reconocimientos durante décadas en los sistemas solares más cercanos, volvieron con… nada. Era evidente que, en un diámetro de una docena de años luz, nunca había existido una forma de vida más compleja que los proteoides centaurinos, ante los que sólo una ameba podía sentirse inferior.

Krug era un joven cuando volvieron las primeras sondas estelares. Le había disgustado ver a sus hermanos terrestres construir filosofías en torno a la imposibilidad de encontrar vida inteligente en los sistemas solares cercanos. ¿Qué decían estos apóstoles del Nuevo Geocentrismo?

—¡Somos los elegidos!

—¡Somos los hijos únicos de Dios!

—¡En este mundo y en ningún otro creó el Señor a su pueblo!

—¡Nuestro es el universo, nuestra herencia divina!

En esa manera de pensar, Krug veía claramente las semillas de la paranoia.

Nunca había pensado demasiado en Dios, pero le parecía que los hombres pedían demasiado del universo al pretender que sólo en este pequeño planeta de este pequeño sol se hubiera permitido surgir el milagro de la existencia. Existían miles y miles de millones de soles, infinitos mundos. ¿Cómo podía ser posible que la inteligencia no hubiera evolucionado una y otra vez en el infinito mar de galaxias?

Le parecía megalómano convertir en dogma absoluto los hallazgos tentativos de una búsqueda fugaz en un diámetro de doce años luz. ¿De verdad estaba solo el hombre? ¿Cómo podían saberlo? Krug era, esencialmente, racional. Conservaba la perspectiva en todos los temas. Sentía que la cordura de la humanidad dependía del despertar de este sueño de unicidad, porque el sueño terminaría algún día, y si era más tarde que temprano, el impacto resultaría terrible.

—¿Cuándo estará terminada la torre?—preguntó Vargas.

—Dentro de dos años. De uno, si tenemos suerte. Ya lo has visto esta mañana; presupuesto ilimitado.

Krug frunció el ceño. De repente, se sentía incómodo.

—Dime la verdad. Hasta tú, que te pasas la vida escuchando a las estrellas, crees que Krug está un poco loco, ¿no?

—¡Claro que no!

—Seguro que sí. Todos lo creen. Mi hijo, Manuel, piensa que deberían encerrarme, pero le da miedo decirlo, Spaulding también lo cree. Todos, quizá incluso Thor Vigilante. Y él está construyendo la maldita torre. Quieren saber qué pretendo, por qué malgasto miles de millones de dólares en una torre de cristal. ¡Y tú también, Vargas!

El rostro retorcido se tensó aún más.

—Este proyecto sólo me inspira simpatía. Tus sospechas me hieren. ¿No crees que contactar con una civilización extrasolar es tan importante para ti como para mí?

—Debería ser importante para ti. Es tu campo, tu ciencia. ¿Yo? Yo soy un hombre de negocios. Un creador de androides. Propietario de tierras. Capitalista, explorador, quizá algo de químico, con ciertos conocimientos de genética. Pero no soy un astrónomo, no soy un científico. ¿No es una locura que me importen estas cosas, Vargas? Derrochando dinero. Inversión improductiva. Qué clase de dividendos conseguiré de NGC 7293, ¿eh? Dímelo. Dímelo.

—Quizá deberíamos bajar —respondió Vargas, nervioso—. La emoción…

Krug se palmeó el pecho.

—Acabo de cumplir los sesenta. Me quedan cien años de vida, quizá más. Tal vez doscientos, quién sabe. No te preocupes por mí. Pero puedes admitirlo. Sabes que es una locura que un ignorante como yo se interese tanto en algo como esto. —Krug meneó la cabeza con vehemencia—. Yo mismo sé que es una locura. Tengo que explicármelo a cada momento. Pero esta torre es algo que hay que hacer, y yo la hago. Esta torre. Este saludo a las estrellas. Cuando era niño, nos decían: “Estamos solos, estamos completamente solos”. Yo no me lo creía. No podía creerlo. Gané miles de millones, y ahora gastaré miles de millones, aclararé las ideas de todos sobre el universo. Tú encontraste las señales. Yo enviaré la respuesta. Números a cambio de números. Y luego, dibujos. Sé cómo hacerlo. Uno y cero, uno y cero, uno y cero, blanco y negro, blanco y negro, enviamos los datos y ellos hacen el dibujo. No tienes más que pensar. Éstos somos nosotros. Esto es una molécula de agua. Esto es nuestro sistema solar. Esto es…

Krug se detuvo, jadeante, ronco, advirtiendo por primera vez la conmoción y el miedo en el rostro del astrónomo.

—Lo siento. No debí gritar. A veces, me voy de la lengua.

—No pasa nada. Tienes el fuego del entusiasmo. Es mejor dejarse llevar de vez en cuando que no sentirse vivo nunca.

—¿Sabes por qué empezó todo?—suspiró Krug—. Por esa nebulosa planetaria que me trajiste. Me disgustó, y te diré por qué. Soñaba con viajar al lugar de donde venían las señales. Yo, Krug, en mi nave, en sueño criogénico, viajando cien, incluso doscientos años luz, embajador de la Tierra, un viaje que nadie había hecho antes. Ahora tú me dices que las señales vienen de un mundo infernal. Cielo fluorescente. Sol tipo O. Un horno de luz azul. Se acabó el viaje, ¿eh? La sorpresa me puso así, pero no te preocupes. Me adapto. Absorbo los golpes. Me lanzan hacia un estado superior de energía, eso es todo.

Impulsivamente, atrajo a Vargas hacia si en un abrazo estrecho y fuerte.

—Gracias por las señales. Gracias por tu nebulosa planetaria. Un millón de gracias, ¿me oyes, Vargas?

Krug retrocedió.

—Ahora iremos abajo. ¿Necesitas dinero para el laboratorio? Habla con Spaulding. Sabe que para ti hay carta blanca en cualquier momento, por cualquier cantidad.

Vargas se marchó para hablar con Spaulding. Sólo en su despacho, Krug descubrió que estaba lleno de una sorprendente vitalidad, la visión de NGC 7293 llenaba su mente. Cierto, se encontraba en un estado superior de energía. Sentía su misma piel como una chaqueta de llamas.

—Voy a salir —gruñó.

Fijó las coordenadas del transmat para ir a su retiro de Uganda, y entró. Un momento más tarde estaba a diez mil kilómetros al este, de pie en su mirador de ónice, contemplando desde arriba el lago cercano a su refugio. A la izquierda, a unos cientos de metros, un cuarteto de hipopótamos flotaban, dejando ver tan sólo las rosadas fosas nasales y sus enormes lomos grises. A la derecha, vio a su amante, Quenelle, desnuda, recostada entre las sombras. Krug se desnudó. Con la pesadez del rinoceronte y el entusiasmo del impala, bajó a la orilla para reunirse con ella en el agua.

6

Thor Vigilante sólo tardó un par de minutos en llegar al lugar del accidente, pero, para entonces, los escarabajos elevadores y habían movido el bloque caído, y los cuerpos de las victimas estaban al descubierto. Se había congregado una multitud, todos betas. A los gammas les faltaba autoridad y motivación para interrumpir sus programas de trabajo, incluso en una situación como aquélla. Al ver acercarse a un alfa, los betas retrocedieron, quedándose al margen de la escena, dominados por el conflicto: no sabían si volver al trabajo o quedarse allí para ofrecer ayuda al alfa. Así, atrapados fuera de programación, lucían en sus rostros la desmayada expresión de la perplejidad androide.

Vigilante estudió rápidamente la situación. El bloque de cristal había aplastado a tres androides, dos betas y un gamma. Era casi imposible reconocer a los betas: iba a resultar difícil hasta arrancar los cadáveres del permafrost. El gamma casi había conseguido esquivar la muerte, pero no tuvo suficiente suerte: estaba intacto sólo de cintura para abajo. Suyas eran la piernas que Vigilante había visto sobresalir del bloque. La grúa había golpeado a otros dos androides. Uno de ellos, un gamma, había recibido un impacto fatal en el cráneo, y yacía desmadejado a una docena de metros. El otro, un beta, parecía haber recibido un devastador golpe de refilón en la espalda. Estaba vivo, pero malherido, y era evidente que sufría mucho.

Vigilante seleccionó a cuatro de los betas y les ordenó transportar los cadáveres al centro de control para identificarlos y disponer de ellos. Envió a otros dos betas en busca de unas parihuelas para el herido. Mientras lo hacían, se acercó al androide superviviente y observó de cerca los ojos grises, amarillentos de oro.

—¿Puedes hablar?—preguntó Vigilante.

—Si. —Era apenas un susurro—. No puedo mover nada de cintura para abajo. Me estoy quedando frío. Las piernas se me están congelando. ¿Voy a morir?

—Probablemente —respondió Vigilante.

Pasó la mano por la espalda del beta, hasta encontrar el centro neural lumbar. Con un movimiento rápido, lo desconectó. La figura del suelo dejó escapar un suspiro de alivio.

—¿Mejor?—inquirió el alfa.

—Mucho mejor, Alfa Vigilante.

—Dime tu nombre, beta.

—Calibán Taladrador.

—¿Qué estabas haciendo cuando cayó el bloque, Calibán?

—Mi turno había terminado y me disponía a marcharme. Soy capataz de mantenimiento. Pasaba por aquí. Sentí que el aire se calentaba cuando el bloque cayó. Salté, y luego me vi en el suelo, con la espalda rota. ¿Cuándo moriré?

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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