La torre de cristal | Страница 30 | Онлайн-библиотека


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Extendió el brazo para fijar las coordenadas. Mientras lo hacía, oyó el rugido angustiado de Krug.

—¡Vigilante!

El androide miró a su espalda. Krug estaba a pocos metros del cubículo transmat. Tenía el rostro enrojecido y desencajado por la ira, las mandíbulas abiertas, los ojos entrecerrados, grandes pliegues en las mejillas. Sus manos arañaban el aire. Con un repentino tirón furioso, Krug agarró a Vigilante por el brazo y le hizo salir del transmat.

Krug parecía estar buscando palabras. No las encontró. Tras un momento de confrontación, abofeteó a Vigilante. Fue un golpe fuerte, pero Vigilante no hizo el menor intento por devolverlo. Krug volvió a golpearle, esta vez con el puño cerrado. Vigilante retrocedió hacia el transmat.

Con un sonido gutural, estrangulado, Krug se precipitó hacia adelante. Agarró a Vigilante por los hombros y empezó a sacudirlo frenéticamente. La ferocidad de los movimientos de Krug dejó atónito al androide. Krug le pateó, le escupió, clavó las uñas en la carne de Vigilante. Vigilante intentó separarse de él. Krug embistió con la cabeza contra el pecho de Vigilante. Sabía que no le resultaría difícil apartar a Krug. Pero no podía hacerlo.

No podía alzar la mano contra Krug.

En la furia de su ataque, Krug había empujado a Vigilante hasta el borde del campo transmat. Vigilante miró por encima del hombro, intranquilo. No había fijado ningunas coordenadas. El campo estaba abierto, y conducía a la nada. Si Krug o él caían dentro…

—¡Thor!—exclamó Lilith—. ¡Cuidado!

La luz verdosa le acarició. Krug, un metro más bajo que él, siguió empujándole. Era hora de poner fin a la pelea. Vigilante lo sabía. Puso las manos en los gruesos brazos de Krug, y se preparó para derribar a su atacante.

“Pero éste es Krug”, pensó.

Pero éste es Krug.

En aquel momento, Krug le soltó. Asombrado, Vigilante se quedó sin aliento, e intentó afirmarse sobre el terreno. Pero Krug cargaba ya hacia él, mientras gritaba y chillaba. Vigilante aceptó el impulso del ataque de Krug. El hombro de Krug chocó contra el pecho de Vigilante. Una vez más, el androide se encontró viviendo un momento intemporal. Retrocedió, como si se hubiera liberado de la gravedad, moviéndose fuera del tiempo, con una lentitud infinita. El campo verde del transmat le absorbió. A lo lejos, oyó el grito de Lilith. A lo lejos, oyó la exclamación triunfal de Krug. Sereno, tranquilo, Vigilante terminó de entrar en el brillo verde, haciendo el signo de Krug-nos-guarde mientras desaparecía.

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Krug se agarra a un costado del cubículo transmat, jadeando. Tiembla. Ha detenido su impulso justo a tiempo: uno o os pasos más, y habría seguido a Thor Vigilante al interior del campo. Descansa un instante. Luego retrocede. Se da la vuelta.

La torre está en ruinas. Hay miles de androides inmóviles como estatuas. La alfa Lilith Meson está de bruces sobre la tundra fundida, sollozando. A una docena de metros, se encuentra Manuel, de rodillas, una figura patética, manchada de sangre y de lodo, con la ropa hecha jirones, los ojos inexpresivos, el rostro desencajado.

Krug siente una paz inmensa. Su espíritu se remonta: es libre de todas sus ataduras. Camina hacia Manuel.

—Arriba —dice—, ponte en pie.

Manuel sigue arrodillado. Krug le ayuda a levantarse, cogiéndole por las axilas, y le sostiene hasta que consigue mantenerse por sus propias fuerzas.

—Ahora tú estás al mando —dice Krug—. Te lo dejo todo. Sé el jefe de la residencia, Manuel. Toma el control. Trabaja para restaurar el orden. Ahora, tú eres el jefe. Tú eres Krug. ¿Me entiendes, Manuel? Desde este momento, abdico.

Manuel sonríe. Manuel tose. Manuel mira el terreno lodoso.

—Todo es tuyo, hijo. Sé que podrás arreglártelas. Hoy las cosas parecen negras, pero eso es temporal. Ahora tienes un imperio, Manuel. Para ti. Para Clissa. Para vuestros hijos.

Krug abraza a su hijo. Luego, se dirige a los transmats, elige las coordenadas del centro de ensamblaje de vehículos, en Denver.

Allí hay miles de androides, aunque ninguno parece estar trabajando. Miran a Krug, paralizados por el asombro. Él se mueve rápidamente por el lugar.

—¿Dónde está Alfa Fusión?—exige saber—. ¿Le ha visto alguien?

Aparece Rómulo Fusión. Se muestra aturdido al ver a Krug. Krug no le da oportunidad de hablar.

—¿Dónde está la llave?—pregunta al momento.

—En el espaciódromo —tartamudea el alfa.

—Llévame allí.

Los labios de Rómulo Fusión se mueven titubeantes, como si quisiera decirle a Krug que ha habido una revolución, que él ya no es el amo, que sus órdenes han dejado de tener peso. Pero Alfa Fusión no dice ninguna de estas cosas. Se limita a asentir.

Guía a Krug hasta la nave. Ahí está, como siempre, solitaria en la ancha plataforma.

—¿Está preparada para partir?—pregunta Krug.

—La habríamos probado en la órbita terrestre dentro de tres días, señor.

—Ya no hay tiempo para pruebas. Despegue inmediato para viaje estelar. Piloto automático. Tripulación de uno. Di a la estación de tierra que programe la nave para el destino señalado, como se discutió en un principio. Velocidad máxima.

Rómulo Fusión asiente de nuevo. Se mueve como en un sueño.

—Transmitiré sus instrucciones, señor —dice.

—Bien. Que sea de prisa.

El alfa sale rápidamente del espaciódromo, Krug entra en la nave, cerrando y sellando la escotilla tras él. La nebulosa planetaria NGC 7293 de Acuario brilla en su mente, y emite impulsos de luz centelleante, luz venenosa que resuena como un gong en los cielos.

“Ahí va Krug —dice para sí mismo—. Esperad. ¡Eh, los de arriba, esperadme! Krug va a hablar con vosotros. De alguna manera. Encontraremos la forma. Incluso aunque vuestro sol emita un fuego que me ase los huesos cuando esté a diez años luz. Krug va a hablar con vosotros.”

Camina por la nave. Todo está en orden.

No activa las pantallas para echar un último vistazo a la Tierra; Krug ha dado la espalda a la Tierra. Sabe que, si mira al exterior, verá los incendios que arden esta noche en cada ciudad, y no quiere ver eso. El único fuego que le preocupa ahora es ese anillo de llamas en Acuario. La Tierra es algo que ha entregado a Manuel.

Krug se quita la ropa. Se tumba en una de las unidades criogenizadoras del sistema de animación suspendida. Está dispuesto para partir. No sabe cuánto durará el viaje, ni qué encontrará al final. Pero no le han dejado elección. Se entrega completamente a sus máquinas, a su nave.

Krug aguarda.

¿Obedecerán esta última orden suya?

Krug aguarda.

La cubierta de cristal de la unidad criogenizadora se desliza repentinamente, encerrándole. Krug sonríe. Ahora siente el fluido refrigerador: sisea al rozar su carne. Se alza a su alrededor. Sí. Sí. El viaje empezará pronto. Krug irá a las estrellas Fuera, las ciudades de la Tierra están en llamas. Ese otro fuego le atrae, la llamada de las estrellas. ¡Krug está en camino! ¡Krug está en camino! El fluido refrigerador le cubre ya casi todo el cuerpo. Se está hundiendo en el letargo. Su cuerpo deja de palpitar, su cerebro enfebrecido se tranquiliza. Nunca había estado tan relajado. Los fantasmas bailan en su mente: Clissa, Manuel, Thor, la torre, Manuel, la torre, Thor, Clissa. Luego desaparecen, y sólo queda el anillo ardiente de NGC 7293. También eso empieza a esfumarse. Ahora apenas respira. El sueño se apodera de él. No sentirá el despegue. A cinco kilómetros, un puñado de androides perversamente fieles hablan con una computadora; están enviando a Krug a las estrellas Él aguarda. Ahora, duerme. El fluido frío le cubre por completo. Krug está en paz. Se aleja para siempre de la Tierra. Por fin ha comenzado su viaje.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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