La torre de cristal | Страница 28 | Онлайн-библиотека


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Vigilante se remontó, pasando sobre aquel muro de longitud infinita, para posarse suavemente al otro lado.

Allí era todavía peor.

Allí encontró una negación total de todas las aspiraciones androides. Encontró las actitudes y respuestas de Krug distribuidas como un ejército de soldados en una llanura. ¿Qué son los androides? Los androides son cosas salidas de una cuba. ¿Para qué existen? Para servir a la humanidad. ¿Qué opinas del movimiento para la igualdad de los androides? Una tontería. ¿Cuándo deberían recibir los androides derechos plenos de ciudadanía? Cuando los reciban los robots y las computadoras. Y los cepillos de dientes. ¿Es que los androides son tan estúpidos? No, algunos androides son bastante inteligentes. Como algunas computadoras. El hombre fabrica las computadoras. El hombre fabrica a los androides. Ambas son cosas manufacturadas. Las cosas no tienen derechos de ciudadanía. Aunque las cosas tengan suficiente inteligencia como para pedirlos. O para rezar por ellos. Una cosa no puede tener dios. Una cosa sólo puede pensar que tiene un dios. No soy su dios, aunque ellos lo crean. Yo los hice. Yo los hice. Yo los hice. Son cosas.

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Un muro. Dentro de ese otro muro. Más alto. Más ancho. No era posible remontar éste. Estaba patrullado por guardias, dispuestos a volcar barriles de desprecio ácido sobre quien se aproximara. Vigilante oyó el rugido de dragones. El cielo dejó caer una lluvia de excrementos sobre él. Se alejó arrastrándose, una cosa acuclillada, hundida bajo el peso de su calidad de cosa. Estaba empezando a helarse. Estaba al borde del universo, en un lugar sin materia, y el temible frío de la nada le subía por las canillas. Ninguna molécula se movía aquí. La escarcha brillaba sobre su piel escarlata. Si alguien le tocara, resonaría. Si alguien le tocase con más fuerza, se haría pedazos. Frío. Frío. Frío. No hay dios en este universo. No hay redención. No hay esperanza. ¡Krug me guarde, no hay esperanza!

Su cuerpo se fundió y fluyó en un río escarlata.

Alfa Thor Vigilante dejó de existir.

No podía haber existencia sin esperanza. Suspendido en el vacío, privado de todo contacto con el universo, Vigilante meditó sobre las paradojas de la esperanza sin existencia y la existencia sin esperanza, y consideró la posibilidad de que existiera un antiKrug engañoso que distorsionase los sentimientos del auténtico Krug. ¿Habré entrado en el alma del antiKrug? ¿Es el antiKrug quien se enfrenta a nosotros de manera tan implacable? ¿Queda alguna esperanza de romper el muro y llegar al auténtico Krug que hay más allá?

Ninguna. Ninguna. Ninguna. Ninguna.

Cuando Vigilante admitió la verdad definitiva, sintió que la realidad volvía. Se deslizó de vuelta al cuerpo que Krug le había dado. Volvía a ser él mismo, tendido exhausto sobre un sofá, en una habitación oscura y extraña. Con un esfuerzo, miró a su lado. Allí estaba Krug, en el sofá contiguo. Los androides estaban cerca. Levántese. Despacio. ¿Puede andar? La derivación ha terminado. ¿La ha dado por terminada el señor Krug? ¿Levantarme? Levántese. Vigilante se irguió. Krug también se estaba poniendo en pie. Los ojos de Vigilante no se atrevían a cruzarse con los suyos. Krug parecía sombrío, agotado. Sin hablar, se dirigieron hacia la salida de la sala de derivación. Sin hablar, se acercaron al transmat. Sin hablar, saltaron juntos de vuelta al despacho de Krug.

Silencio.

Krug lo rompió.

—Incluso después de leer tu Biblia, no podía creerlo. La profundidad. La extensión. Pero ahora lo entiendo. ¡No teníais derecho! ¿Quién os dijo que me hicierais dios?

—Nuestro amor hacia usted nos lo dijo —respondió Vigilante con voz vacía.

—Vuestro amor hacia vosotros mismos —replicó Krug—. Vuestro deseo de usarme para beneficiaros. Lo vi todo cuando estaba en tu cabeza, Thor. Los planes. Las maniobras. Cómo habéis manipulado a Manuel y cómo habéis intentado manipularme a mí.

—En un principio, nos apoyamos en las oraciones por completo —dijo Vigilante—. Eventualmente, perdí la paciencia y no quise esperar. Pequé al intentar forzar la Voluntad de Krug.

—No pecaste. Un pecado implica la existencia de algo sagrado. No hay nada. Lo que hiciste fue cometer un error táctico.

—Sí.

—Porque yo no soy un dios, no tengo nada de sagrado:

—Sí. Ahora lo entiendo. Ahora entiendo que no hay ninguna esperanza.

Vigilante se dirigió al cubículo transmat.

—¿Adónde vas?—preguntó Krug.

—Tengo que hablar con mis amigos.

—¡No he terminado!

—Lo siento —respondió Vigilante—. Tengo que irme ya. He de llevarles las malas noticias.

—Espera —dijo Krug—, tenemos que discutir esto. Quiero que tracemos un plan para desmantelar esa maldita religión vuestra. Ahora que comprendes que es una estupidez…

—Disculpe —dijo Vigilante.

No quería estar cerca de Krug. De todos modos, la presencia de Krug le acompañaría siempre, impresa en su alma. No tenía intención de discutir con Krug el desmantelamiento de la comunión. El frío seguía extendiéndose por su cuerpo. Se estaba helando. Abrió la puerta del cubículo transmat.

Krug cruzó la habitación con una velocidad sorprendente.

—Maldita sea, ¿crees que puedes marcharte así? ¡Hace dos horas era tu dios, y ahora ni siquiera aceptas órdenes de mí!

Agarró a Vigilante y le apartó del transmat.

La fuerza y la vehemencia de Krug sorprendieron al androide. Dejó que le llevara hasta el centro de la habitación antes de intentar resistir. Luego trató de librar su brazo de la garra de Krug. Éste siguió sujetándolo. Forcejearon brevemente, simples tirones en el centro del despacho. Krug gruñó y rodeó los hombros de Vigilante con un abrazo de oso, estrechándolo ferozmente. Vigilante sabía que podía romper la presa de Krug, pero incluso ahora, tras el rechazo y la repulsa, no conseguía convencerse para hacerlo. Se concentró en separarse de Krug sin luchar con él realmente.

La puerta se abrió. Leon Spaulding entró a toda velocidad.

—¡Asesino!—chilló—. ¡Apártate de Krug! ¡Suéltale!

Cuando Spaulding gritó, Krug soltó a Vigilante y dio media vuelta, jadeante, con los brazos inertes a los costados. Vigilante se volvió y vio que el ectógeno buscaba el arma entre los pliegues de su túnica. Avanzó rápidamente hacia Spaulding y, levantando el brazo por encima de la cabeza, lo bajó con una fuerza terrible, golpeando de refilón la sien izquierda de Spaulding. El cráneo de éste cedió como si hubiera recibido un golpe de hacha. El ectógeno cayó. Vigilante pasó rápidamente junto a él, y junto a Krug —que estaba petrificado—, y entró en el cubículo transmat. Eligió las coordenadas hacia Estocolmo. Al instante, reapareció cerca de la capilla Valhallavagen.

Llamó a Lilith Meson. Llamó a Mazda Constructor. Llamó a Pontífice Expedidor.

—Todo está perdido —les dijo—. No hay esperanza. Krug está contra nosotros. Krug es un hombre, y se opone a nosotros, su divinidad es un engaño.

—¿Cómo es posible?—exigió saber Pontífice Expedidor.

—Hoy he estado dentro del alma de Krug —dijo Vigilante.

Y les explicó todo sobre la sala de derivación.

—Hemos sido traicionados —dijo Pontífice Expedidor.

—Nos hemos estado engañando —dijo Mazda Constructor.

—No hay esperanza —terminó Vigilante—. ¡No hay Krug!

Andrómeda Quark empezó a componer el mensaje que sería enviado a todas las capillas del mundo.

UUU UUU UUU UUU UCU UUU UGU.

“No hay esperanza. No hay Krug.”

CCC CCC CCC CCC CUC CUC CCC CGU.

“Hemos desperdiciado nuestra fe. El salvador es el enemigo.”

GUU GUU GUU GUU.

“Todo está perdido. Todo está perdido. Todo está perdido. Todo está perdido.”

35

Los disturbios empezaron en muchos lugares a la vez. Cuando la señal llegó a Duluth, los androides supervisores de la planta mataron inmediatamente a Nolan Bompensiero, el director, y echaron de las instalaciones a otros cuatro directivos humanos. Inmediatamente después, se tomaron medidas para acelerar el proceso educativo de los androides recién terminados en la planta, eliminando ciertos pasos en su entrenamiento: se necesitarían muchos androides en la lucha que se avecinaba. En Denver, donde la planta de ensamblaje de vehículos de Empresas Krug estaba bajo el control absoluto de los androides, la mayoría del trabajo se interrumpió durante la emergencia. En Ginebra, los androides que operaban las instalaciones de mantenimiento del Congreso Mundial cortaron el suministro de energía y calor, interrumpiendo la sesión. El mismo Estocolmo fue escenario de la primera gran masacre de humanos, cuando los habitantes de Ciudad Gamma invadieron los barrios adyacentes. Los primeros informes fragmentarios declararon que muchos de los atacantes androides parecían sufrir malformaciones. Los empleados androides de seis grandes instalaciones transmat interrumpieron el servicio: hubo disrupciones en la mayoría de los circuitos, y en las operaciones transmat de Labrador y México, gran número de viajeros en tránsito no llegaron a su destino. Se los dio por perdidos. La mayoría de los androides dejaron de cumplir con sus obligaciones. En muchos hogares hubo manifestaciones de independencia por parte de los sirvientes, que iban desde la simple descortesía hasta herir o matar a sus jefes humanos. Desde Valhallavagen a todas las capillas del mundo se transmitían continuamente instrucciones exhaustivas sobre los cambios de actitud recomendados para los androides. Ya no se exigía obediencia a los antiguos amos. No se alentaba la violencia contra los humanos, excepto en casos apropiados, pero tampoco se prohibía. Los actos simbólicos de destrucción se consideraron una actitud apropiada desde el primer día de la revolución. Había que evitar expresiones religiosas como “Alabado-sea-Krug” o “Krug-nos-guarde”. Se distribuirían más instrucciones relativas a los asuntos religiosos después de que los teólogos hubieran tenido tiempo de revalorar la relación entre Krug y los androides, a la luz de la reciente revelación de hostilidad por parte de Krug.

36

El brillo del transmat no tenía el tono verde habitual. Lilith lo miró, dubitativa.

—¿Nos atrevemos a entrar?—preguntó.

—Es necesario —respondió Thor Vigilante.

—¿Y si morimos?

—No seríamos los únicos en morir hoy.

Ajustó los controles. El tono del campo parpadeó y cambió, subiendo por el espectro, hasta ser casi azul. Luego descendió hacia el extremo opuesto, adquiriendo un color rojo bronce.

Lilith se agarró al codo de Vigilante.

—Moriremos —susurró—. Seguramente, el sistema transmat está estropeado.

—Tenemos que ir a la torre —le dijo, y terminó de fijar los diales.

Inesperadamente, el brillo verde recuperó su cualidad adecuada.

—Sígueme —dijo Vigilante.

Entró en el transmat. No tuvo tiempo de ponderar la posibilidad de su destrucción, porque apareció inmediatamente en el emplazamiento de la construcción. Lilith salió del transmat y se quedó a su lado.

Vientos salvajes azotaban la zona. Todo el trabajo se había detenido. Muchas grúas colgaban aún de la parte superior de la torre, con trabajadores atrapados dentro de ellas. Otros androides se movían sin rumbo, arrastrando los pies por la costra helada de la tundra, preguntándose unos a otros por las últimas noticias. Vigilante vio a cientos de hombres arremolinados en la zona de las cúpulas de servicios: los que no cabían en la capilla, sin duda. Alzó la vista hacia la torre. “Qué hermosa es —pensó—. Unas semanas más, y la habríamos terminado. Una aguja de cristal alzándose más y más y más, fuera de toda comprensión.”

Los androides le vieron. Corrieron hacia él, gritando su nombre, agrupándose a su alrededor.

—¿Es cierto?—preguntaban—. ¿Krug? ¿Krug? ¿Krug nos desprecia? ¿Krug nos llama cosas? ¿De verdad no somos nada para él? ¿Rechaza nuestras plegarias?

—Cierto —asintió Vigilante—. Todo lo que habéis oído es cierto. Rechazo total. Hemos sido traicionados. Nos hemos comportado como idiotas. Dejadme pasar, por favor. ¡Abridme paso!

Los betas y los gammas retrocedieron. Incluso en un día como aquél, las distancias sociales seguían gobernando las relaciones entre androides. Con Lilith siguiéndole de cerca, Vigilante avanzó a zancadas hacia el centro de control.

Encontró dentro a Euclides Proyectista. El ayudante del capataz estaba sentado junto a su escritorio, parecía agotado. Vigilante le sacudió por un hombro, y Proyectista reaccionó lentamente.

—Lo he detenido todo —murmuró—. En cuanto llegó la noticia de la capilla. Dije, alto todo el mundo. Alto. Y se detuvieron. ¿Cómo van a construir una torre para él, cuando…?

—Muy bien —le tranquilizó Vigilante—. Hiciste lo correcto. Ahora, levántate. Puedes marcharte. El trabajo aquí ha terminado.

Euclides Proyectista asintió, se puso en pie y salió del centro de control.

Vigilante le sustituyó en el asiento de enlace. Se conectó con la computadora. Aún fluían datos, aunque muy despacio. Vigilante tomó el control y activó las grúas de la cima de la torre, haciéndolas bajar hasta el suelo y liberando a los trabajadores atrapados. Luego, solicitó la simulación de una avería parcial de los sistemas en las unidades de refrigeración. La pantalla le presentó el acontecimiento deseado. Estudió la geografía del emplazamiento de la construcción, y decidió la dirección en que quería que cayese la torre. Tendría que derrumbarse hacia el este, de manera que no destruyera el centro de control donde estaba sentado ni las hileras de transmats. Muy bien. Vigilante dio instrucciones a la computadora, y pronto recibió un perfil de la zona de peligro potencial. Otra pantalla le mostró que había más de un millar de androides en aquella zona.

Actuó mediante la computadora para cambiar de lugar las placas reflectoras que iluminaban el emplazamiento. Ahora las placas pendían sobre una banda de 1.400 metros de largo y 500 de ancho, en el cuadrante oriental de la zona de construcción. La banda quedó brillantemente iluminada. Todo lo demás permaneció a oscuras. La voz de Vigilante retumbó cuando surgió de cientos de altavoces, ordenando una evacuación completa del sector designado. Obedientemente, los androides salieron de la luz en dirección a la oscuridad. La zona quedó desierta en cinco minutos. “Bien hecho”, pensó Vigilante.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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