La torre de cristal | Страница 27 | Онлайн-библиотека


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—Ya se me había ocurrido eso —sonrió Manuel.

—Sí. Bien. Oye, mira, vete ya. Estaremos en contacto.

Manuel se dirigió hacia la puerta.

—Dale recuerdos a Clissa —dijo Krug—. Oye, sé un poco más justo con ella, ¿quieres? Si te gusta acostarte con chicas alfa, hazlo, pero recuerda que tienes una esposa. Recuerda que el viejo quiere ver a esos nietos, ¿eh? ¿Eh?

—No estoy descuidando a Clissa —respondió Manuel—. Le diré que has preguntado por ella.

Se marchó. Krug acarició la piel fría del cubo contra su mejilla ardiente. En el principio era Krug, y Él dijo: “Que haya Cubas”, y hubo Cubas. Y Krug miró las cubas y vio que eran buenas. Debí preverlo, pensó. Tenía una palpitación terrible en el cráneo. Llamó a Leon Spaulding.

—Dile a Thor que quiero verle aquí ahora mismo —ordenó Krug.

34

Con la torre acercándose al nivel de los 1.200 metros, Thor Vigilante se encontraba en la parte más difícil del proyecto. A esta altura, sólo podía haber una tolerancia mínima de error en la situación de cada bloque, y el enlace molecular entre las diferentes unidades debía ejecutarse a la perfección. No se podía permitir ningún punto débil, para que el nivel superior de la torre conservase su fuerza flexible contra las ventiscas del Ártico.

Ahora Vigilante se pasaba horas y horas cada día conectado con la computadora, recibiendo lecturas directas de los sesonres que monitorizaban la integridad estructural del edificio; dondequiera que encontrase la menor desviación, ordenaba que el bloque desplazado fuera arrancado y colocado de nuevo. Muchas veces al día, subía personalmente a la cima de la torre para supervisar la instalación o recolocación de algún bloque crítico. La belleza de la torre dependía de la ausencia de un armazón interno a lo largo de toda su inmensa altura; erigir un edificio así exigía un dominio perfecto de cada detalle. Era muy irritante que le apartaran del trabajo en medio de su turno. Pero no podía desobedecer una orden de Krug.

Entró en el despacho de Krug tras el salto en transmat.

—¿Cuánto tiempo hace que soy tu dios, Thor?—le preguntó Krug nada más entrar.

Vigilante se quedó trastornado. En silencio, luchó por recuperar el dominio. Al ver el cubo sobre el escritorio de Krug, comprendió lo que debía de haber sucedido. Lilith…, Manuel…, sí, eso era. Krug parecía tan tranquilo…, el alfa no consiguió descifrar su expresión.

—¿A qué otro creador podía adorar?—respondió cautelosamente Vigilante.

—¿Por qué adorar a ninguno?

—Cuando se atraviesa un momento difícil, señor, uno desea volver la vista hacia alguien más poderoso, para pedirle consuelo y ayuda.

—¿Para eso sirve un dios?—preguntó Krug—. ¿Para pedirle favores?

—Para suplicarle mercedes, sí, quizá.

—¿Y creéis que puedo daros lo que queréis?

—Por eso rezamos —asintió Vigilante.

Tenso, inseguro, estudió a Krug. Éste acarició el cubo de datos. Lo activó, y buscó al azar; leyendo unas líneas aquí, otras allá, asintiendo, sonriendo, para al final apagarlo. El androide no se había sentido nunca tan profundamente inseguro. Ni siquiera cuando Lilith le había tentado con su cuerpo. Comprendió que el destino de todos los suyos podía depender del resultado de aquella conversación.

—Esto me resulta muy difícil de comprender, ¿sabes? —le dijo Krug—. Esta Biblia. Vuestras capillas. Vuestra religión. No creo que ningún otro hombre se haya enterado así de que millones de personas le consideran un dios.

—Quizá no.

—Me pregunto hasta qué punto son profundos tus sentimientos. Me hablas como a un hombre, Thor: como a tu jefe, no como a tu dios. Nunca me has dado la menor señal de lo que tenías en mente, excepto una especie de respeto, quizá un poco de miedo. Y todo este tiempo, estabas hablando con Dios, ¿eh?—Krug se echó a reír—. ¿Mirando las pecas en la cabeza calva de Dios? ¿Viendo la espinilla en la barbilla de Dios? ¿Oliendo el ajo que Dios había puesto en su ensalada? ¿Qué pensabas todas esas veces, Thor?

—¿Debo responder, señor?

—No. No. Déjalo.

Krug volvió a examinar el interior del cubo. Vigilante seguía ante él, de pie, rígido, intentando reprimir un repentino temblor de los músculos de su muslo derecho. ¿Por qué jugaba Krug con él de aquella manera? ¿Y qué estaría sucediendo en la torre? Euclides Proyectista no llegaría hasta dentro de varias horas. ¿Estaría funcionando bien la colocación de los bloques en ausencia del capataz?

—¿Has estado alguna vez en una sala de derivación, Thor?—le preguntó Krug bruscamente.

—¿Señor?

—Un intercambio de egos. Ya sabes. En la red de estasis con alguien. Cambiar de identidades durante un día o dos, ¿eh?

Vigilante meneó la cabeza.

—No es un pasatiempo para androides.

—Eso pensaba. Bueno, ven a derivar conmigo.

Krug tecleó algo en la terminal de datos.

—Leon, consígueme una cita en cualquier sala de derivación disponible. Para dos. Dentro de quince minutos.

—Señor, ¿lo dice en serio? —se atragantó Vigilante—. ¿Usted y yo…?

—¿Por qué no? ¿Te da miedo intercambiar almas con Dios? ¡Pues lo harás, Thor, maldita sea! Tengo que saber cosas, y tengo que saberlas de primera mano. Vamos a derivar. ¿Puedes creer que hasta hoy nunca había derivado? Pero ahora, lo haremos.

Aquello le parecía al alfa peligrosamente cercano al sacrilegio. Pero no podía negarse. ¿Desobedecer la Voluntad de Krug? Obedecería aunque le costase la vida.

La imagen de Spaulding flotó en el aire.

—He conseguido hora en Nueva Orleans —anunció—. Le recibirán de inmediato, aunque han tenido que hacer algunos arreglos rápidos en la lista de espera; pero hay un intervalo de noventa minutos para programar la red de estasis.

—Imposible. Entraremos directamente.

Spaulding pareció horrorizado.

—¡Eso no se puede hacer, señor Krug!

—Yo lo haré. Que vayan con cuidado mientras estemos derivando, eso es todo.

—Dudo que accedan a…

—¿Saben quién es su cliente?

—Sí, señor.

—¡Bueno, pues diles que insisto! Y si siguen diciendo tonterías, diles que si no colaboran compraré su maldita sala de derivación y la usaré para hacer lo que quiero.

—Sí, señor —respondió Spaulding.

La imagen desapareció. Mientras murmuraba para sí mismo, Krug empezó a teclear en su terminal de datos, ignorando por completo a Vigilante. El alfa seguía de pie, rígido, horrorizado. Sin darse cuenta, hizo varias veces el signo de Krug-nos-guarde. Deseaba verse libre de la situación que él mismo había causado.

Spaulding apareció de nuevo en el aire.

—Se rinden —dijo—, pero sólo a condición de que usted firme una renuncia absoluta.

—Firmaré —replicó Krug.

Una hoja se deslizó por la ranura del facsímil. Krug le echó un vistazo y trazó su firma en ella. Se levantó.

—Vamos —dijo a Vigilante—. La sala de derivación nos espera.

Vigilante sabía relativamente poco sobre la derivación. Era un deporte sólo para humanos, y para ricos. Los amantes lo hacían para intensificar la unión de sus almas, los buenos amigos derivaban por diversión, los que estaban hartos de todo visitaban las salas de derivación en compañía de desconocidos sólo para introducir un poco de variedad en sus vidas. Nunca se le había ocurrido derivar y, desde luego, jamás habría osado imaginar la posibilidad de derivar con Krug. Pero ahora, no había vuelta atrás. El transmat los llevó instantáneamente de Nueva York a la oscura antecámara de la sala de derivación situada en Nueva Orleans, donde fueron recibidos por un grupo de alfas, evidentemente muy nerviosos. La tensión de los alfas creció visiblemente cuando comprendieron que uno de los derivantes de aquel día era también un alfa. El mismo Krug parecía tenso, con las mandíbulas encajadas y los músculos del rostro estremecidos. Los alfas les rodearon.

—Debe comprender lo irregular que es esto —repitió uno varias veces—. Siempre hemos programado la red de estasis. ¡Si hay una ráfaga repentina de carisma, puede suceder cualquier cosa!

—Asumo toda la responsabilidad —replicó Krug—. No puedo perder tiempo esperando a vuestra red.

Los angustiados androides les guiaron rápidamente hacia la sala de derivación. Había dos sofás en una sala de brillante oscuridad y silencio estremecedor. Deslumbrantes aparatos colgaban de instalaciones fijas sobre sus cabezas. Primero, guiaron a Krug hasta su sofá. Cuando le llegó el turno a Vigilante, miró a los ojos de su escolta alfa, y se estremeció ante el asombro y la extrañeza que encontró en ellos. Vigilante se encogió de hombros imperceptiblemente, como para decir: “Lo entiendo tan poco como tú”.

Les pusieron los cascos de derivación sobre las cabezas, y conectaron los electrodos.

—Cuando se accione el interruptor —les explicó el alfa a cargo de la operación—, sentirán inmediatamente la presión de la red de estasis, separando el ego de la matriz física. Les parecerá que están siendo atacados, y, en cierto sentido, así será. Pero intenten relajarse y aceptar los síntomas, puesto que toda resistencia es inútil: sólo se tratará del proceso de intercambio de ego, para el que han venido. No debería haber motivos de alarma. En caso de que haya cualquier problema, cerraremos el circuito automáticamente y les devolveremos sus respectivas identidades.

—Eso espero —murmuró Krug.

Vigilante no veía ni oía nada. Esperaba. Tampoco podía hacer ninguno de los gestos rituales reconfortantes, porque le habían atado los miembros al sofá, para impedir cualquier movimiento violento durante la derivación. Intentó rezar. “Creo en Krug, eterno Hacedor de todas las cosas —pensó—. Krug nos trae al mundo, y a Krug volvemos. Krug es nuestro Creador y nuestro Protector y nuestro Liberador. Krug, te suplicamos que nos guíes hacia la luz. AAA AAG AAC AAU sea Krug. AGA AGG AGC AGU sea Krug. ACA ACG ACC…”

Una energía descendió sin previo aviso y separó su ego de su cuerpo, como si hubiera sido golpeado por un cuchillo de carnicero.

Quedó a la deriva. Vagó por abismos sin tiempo donde las estrellas no brillaban. Vio colores que no pertenecían al espectro. Oyó tonos musicales de ninguna escala reconocible. Moviéndose a voluntad, ascendió por simas en las que colgaban cuerdas gigantescas, tendidas como barrotes de lado a lado del vacío. Desapareció por túneles lúgubres y emergió por el horizonte, sintiéndose extendido hasta el infinito. No tenía masa. No tenía duración. Carecía de forma. Fluyó por los reinos grises del misterio.

Sin sentir la transición, entró en el alma de Simeon Krug.

Conservaba una leve consciencia de su propia identidad. No se convirtió en Krug: simplemente, consiguió acceso a todo el almacén de recuerdos, actitudes, respuestas y propósitos que constituían el ego de Krug. No podía ejercer ninguna influencia sobre estos recuerdos, actitudes, respuestas y propósitos. Era un pasajero entre ellos, un espectador. Y sabía que, en algún rincón del universo, el ego errante de Simeon Krug había conseguido acceso al archivo de recuerdos, actitudes, respuestas y propósitos que constituían el ego del androide Alfa Thor Vigilante.

Se movió con libertad por el interior de Krug.

Aquí estaba la infancia: algo húmedo y distorsionado, escondido en un compartimiento oscuro. Aquí estaban las esperanzas, sueños, intenciones cumplidas y no cumplidas, mentiras, logros, enemistades, envidias, habilidades, disciplinas, engaños, contradicciones, fantasías, satisfacciones, frustraciones e inflexibilidades. Aquí estaba una chica con pelo anaranjado y grandes pechos sobre una constitución huesuda, separando titubeante sus muslos, y aquí estaba el recuerdo de las sensaciones de la primera pasión, mientras se deslizaba en el puerto de ella. Aquí estaban productos químicos malolientes en una cuba. Aquí estaban las pautas moleculares bailando en una pantalla. Aquí estaba una sospecha. Aquí estaba un triunfo. Aquí estaba el espesamiento de la carne en los últimos años. Aquí estaba la pauta insistente de sonidos: 2-5-1, 2-3-1, 2-1. Aquí estaba la torre, ascendiendo como un falo brillante que taladraba el cielo. Aquí estaba Manuel remilgado, sonriendo, disculpándose. Aquí estaba una cuba oscura, profunda, con formas moviéndose en ella. Aquí estaba un círculo de consejeros financieros siseando complicados cálculos. Aquí estaba un bebé de rostro rosado y regordete. Aquí estaban las estrellas, brillantes en la noche. Aquí estaba Thor Vigilante, envuelto en un aura de orgullo y alabanzas. Aquí estaba Leon Spaulding, furtivo, amargado. Aquí estaba una mujer gruesa, moviendo las caderas a un ritmo desesperado. Aquí estaba la explosión de un orgasmo. Aquí estaba la torre apuñalando las nubes. Aquí estaba el sonido de la señal estelar, un ruido agudo contra un fondo aterciopelado. Aquí estaba Justin Maledetto desenrollando los planos de la torre. Aquí estaba Clissa Krug, desnuda, con el vientre redondeado y los pechos llenos de leche. Aquí estaban los alfas húmedos saliendo de una cuba. Aquí estaba una extraña nave de casco rugoso, apuntando hacia las estrellas. Aquí estaba Lilith Meson. Aquí estaba Sigfrido Archivista. Aquí estaba Casandra Núcleo, cayendo sobre la tierra helada. Aquí estaba el padre de Krug, sin rostro, envuelto en la niebla. Aquí estaba un enorme edificio en el cual los androides recibían su primer entrenamiento. Aquí estaban robots en fila, con los paneles del pecho abiertos para una revisión. Aquí estaba un lago oscuro con hipopótamos y juncos. Aquí estaba un acto poco caritativo. Aquí estaba una traición. Aquí estaba algo de amor. Aquí estaba algo de dolor. Aquí estaba Casandra Núcleo. Aquí estaba un mapa manchado con los diagramas de los aminoácidos. Aquí estaba el poder. Aquí estaba la lujuria. Aquí estaba la torre. Aquí estaba una fábrica de androides. Aquí estaba Clissa durante el parto, con sangre entre los muslos. Aquí estaba la señal de las estrellas. Aquí estaba la torre, completa, acabada. Aquí estaba un trozo de carne cruda. Aquí estaba la ira. Aquí estaba el doctor Vargas. Aquí estaba un cubo de datos, diciendo: “En el principio era Krug, y Él dijo, Que haya Cubas, y hubo Cubas.”

La intensidad del rechazo de Krug hacia su status de divinidad fue devastadora para Vigilante. El androide vio el rechazo alzándose como un muro liso de brillante piedra blanca, sin rendijas, sin puerta, sin un solo hueco, extendiéndose a lo largo de todo el horizonte, cerrándose al mundo. No soy su dios, decía el muro. No soy su dios. No soy su dios. No acepto. No acepto.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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