La torre de cristal | Страница 22 | Онлайн-библиотека


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9 de enero de 2219. La torre mide ya 940 metros, y crece más de prisa que nunca. Desde la base, no se puede distinguir fácilmente la cima: se pierde contra el resplandor blanco del cielo invernal. En esta época del año, sólo hay unas horas de luz en el emplazamiento, y durante esas horas los rayos del sol recorren como lenguas de fuego toda la longitud de la deslumbrante vara.

La mayor parte de la estructura interior está terminada ya en la mitad inferior del edificio. Tres de los módulos del potente equipo de comunicaciones están instalados en su lugar: contenedores negros de cincuenta metros de altura, dentro de los cuales están las grandes unidades proyectadoras que amplificarán los mensajes mientras suben por la torre. Vistos desde lejos, estos módulos parecen semillas gigantes madurando en la gran vara transparente.

La tasa de accidentes sigue siendo alta. Los niveles de mortalidad causan preocupación. Las pérdidas entre los gammas han sido particularmente graves. Pero se dice que la moral es alta: los androides están contentos, y parecen conscientes del papel esencial que están representando en uno de los proyectos más ambiciosos de la humanidad. Si su actitud sigue siendo igual de positiva, la torre quedará terminada mucho antes de lo previsto.

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Tras mostrarles los progresos en la torre, Krug llevó a sus invitados de aquel día a cenar en el Club Nemo, donde siempre había un departamento reservado y listo para él. El club era una de las empresas pequeñas de Krug; lo había construido doce años antes, y durante algún tiempo fue el lugar de reunión más elegante de la Tierra, en el que se tenían que hacer las reservas al menos con seis meses de antelación. Situado a 10.000 metros por debajo del Pacífico oeste, en el Abismo Desafiante consistía en quince burbujas presurizadas a través de cuyas paredes, hechas con el mismo cristal resistente con el que se estaba construyendo la torre, se podían ver a los extraños habitantes de las oscuras profundidades.

Los acompañantes de Krug eran el senador Henry Fearon y su hermano Lou, el abogado, de Fearon Doheny; Franz Giudice, de Transmat Europeo; Leon Spaulding, y Mordecai Salah al-Din, el portavoz del Congreso. Para llegar al Club Nemo habían viajado en transmat hasta la isla de Yap, en el archipiélago Carolina de Micronesia, donde subieron a un módulo de inmersión como los utilizados para las exploraciones en Júpiter y Saturno. La densidad del medio hacía imposible el viaje transmat bajo el agua. Pero la presión de las profundidades oceánicas no significaba nada para el módulo de inmersión, y a una velocidad tranquila y constante de 750 metros por minuto, se hundió en el Pacífico y entró en la escotilla de tránsito del Club Nemo.

La luz de los faros bañaba el abismo. Los habitantes de las profundidades, sin prestar atención a la iluminación, se acercaban a los muros cristalinos del club; peces frágiles, endebles sin músculos, de cuerpos blandos y enclenques, con tejidos saturados de agua bajo una presión de diez o doce toneladas por centímetro cuadrado. Muchos de ellos brillaban; auras pálidas y frías que surgían de los fotoforos de sus flancos o de entre sus ojos o de linternas carnosas situadas sobre sus frentes. La longitud de onda de las luces del club había sido elegida cuidadosamente para no interferir con la luminiscencia de los peces, y sus pequeñas linternas destellantes resultaban claramente visibles incluso en aquel brillo. Justin Maledetto, el arquitecto de la torre, había diseñado también el club, y Maledetto tenía muy en cuenta aquellos detalles. Los pequeños monstruos extraños, de colores negros, marrones, escarlata y violeta, subían por las paredes. Muchos de ellos tenían mandíbulas desencajables, para poder atrapar en la boca y pasar hasta el pecho enemigos dos o tres veces más grandes que ellos. En los encuentros esporádicos, los pigmeos del abismo devoraban a los gigantes. Las comidas en el club estaban animadas por visiones de gárgolas y horrores en miniatura, de brillo siniestro, mostrando dientes salvajes dentro de sus enormes bocas, con extraños apéndices y protuberancias, ojos abultados como globos, o bien ojos situados en el extremo de tubos, o sin ojos en absoluto. Uno no tenía que viajar a mundos lejanos para contemplar bestias extrañas; las criaturas de pesadilla estaban aquí, en el planeta del hombre, sólo había que buscarlas. Grandes espinas dorsales, dientes curvados tan grandes que las bocas no podían cerrarse, cosas que eran todo mandíbulas y nada de cuerpo, cosas que eran todo cola y nada de cabeza, alacranes marinos con aguijones retorcidos, emitiendo pulsaciones amarillas, o azules, o verdes, animales grotescos de un millar de clases, y ningún pez medía más de medio metro: el espectáculo era extraordinario y único.

Krug pidió una comida sencilla: cóctel de krill, sopa de algas, bistec y clarete australiano. No era un gastrónomo. El club ofrecía todo tipo de exquisiteces, pero Krug nunca aprovechaba su generosidad. Sus acompañantes no tenían tales prejuicios; alegremente, pidieron ostras suecas, cangrejos bénticos, pulpo nonato, contrafiletes de ternera, espuma de caracoles, pecho de órix, capullos de euforbio escalfados, puntas de manta, corazones de cicádea hervidos y mucho más, todo regado con los mejores vinos dorados del mundo. El camarero pareció encantado ante su experiencia con los cubos de menú. Todos los camareros eran alfas; era inusual utilizar alfas en lo que era un servicio personal menor, pero aquel lugar era inusual, y ningún trabajador del Club Nemo parecía amargado por hacer un trabajo que solían desempeñar betas, o incluso gammas.

Pero quizá los camareros no estuvieran completamente satisfechos con su lugar en la vida.

—¿Has visto que tus muchachos llevan un emblema del PIA en la solapa?—dijo el senador Fearon a Krug cuando se hubieron servido los aperitivos.

—¿Lo dices en serio?

—Es muy pequeño. Hace falta buena vista.

Krug miró a Spaulding.

—Cuando nos vayamos, habla con el capitán sobre eso ¡No quiero política aquí!

—Y menos política revolucionaria —intervino Franz Giudice, con una carcajada.

El ejecutivo del transmat, alto y huesudo, era famoso por su ironía. Aunque tenía bastantes más de noventa años, había adoptado el tipo de ropa que solían llevar los hombres de la mitad de su edad, con placas espejo incluidas, y conservaba un vigor sorprendente.

—Será mejor que vigilemos a ese camarero. Hay dos miembros del Congreso en la mesa, podría meternos propaganda en los platos y todos saldríamos de aquí convertidos.

—¿De verdad crees que el PIA es una amenaza?—preguntó Lou Fearon—. Ya sabes que tuve una buena dosis de su Sigfrido Archivista mientras me encargaba del asunto de la chica alfa que murió en la torre. —Hizo una señal hacia Spaulding, que frunció el ceño— Me dio la impresión de que el tal Archivista y todos los del PIA son completamente inútiles.

—Es un movimiento minoritario —señaló el senador Fearon— Ni siquiera cuenta con el apoyo de la mayoría de los androides.

Leon Spaulding asintió.

—Thor Vigilante tuvo unas palabras punzantes para Archivista y su partido. Parece que Vigilante piensa que no hay ningún valor en el PIA.

—Un androide extraordinariamente inteligente y capacitado, el bueno de Thor —asintió Krug.

—Yo lo decía en serio —declaró Giudice—. Podéis reíros todo lo que queráis del PIA, pero yo creo que sus objetivos son auténticamente revolucionarios, y que a medida que consiga apoyo irá…

—Shh —ordenó Krug.

El camarero alfa había vuelto con una botella de vino fresco. Los hombres de la mesa se sentaron tensos mientras el alfa se lo servía. Salió, cerrando fuertemente la escotilla a su espalda.

—He recibido al menos cinco millones de peticiones del PIA —dijo suavemente Salah al-Din, el portavoz del Congreso—. He concedido tres audiencias a los líderes del partido, y debo decir que son un grupo sincero y disciplinado, que merece ser tomado en serio. Y, aunque no me gustaría que se supiera por ahí, también simpatizo con algunos de sus objetivos.

—¿Le importaría explicar eso?—dijo Spaulding, con voz tensa.

—Por supuesto. Considero que la inclusión de una delegación de alfas en el Congreso es muy deseable, y probablemente tenga lugar en la próxima década. Considero que no es justa la venta de alfas sin su consentimiento, y que debería prohibirse. Creo que eso tendrá lugar en veinte o veinticinco años. Pienso que concederemos plenos derechos civiles a los alfas antes del 2250, a los betas antes de final de siglo, y poco después a los gammas.

—¡Un revolucionario!—exclamó Franz Giudice, maravillado— ¡El portavoz es un revolucionario!

—Más bien un visionario —señaló el senador Fearon—. Un hombre de gran perspectiva y muy compasivo. Como siempre, un poco por delante de su tiempo.

Spaulding meneó la cabeza.

—Alfas en el Congreso, sí, quizá. Como válvula de seguridad, para evitar que se nos escapen de las manos. Algo así como echarles un hueso. Pero ¿lo demás? No. No. Nunca. No debemos olvidar que los androides son simples cosas, señor Salah al-Din, el producto de la investigación quimiogenética, creados en una fábrica, manufacturados por Empresas Krug para servir a la humanidad…

—Más bajo —murmuró Krug—. Te estás excitando.

—Posiblemente el portavoz tenga razón, Leon —intervino Lou Fearon— Pese a su origen, son más humanos de lo que quieres admitir. Poco a poco, iremos relajando las barreras arbitrarias que ha levantado la ley y la costumbre, a medida que se vayan imponiendo los ideales eliminacionistas…, y supongo que estaréis de acuerdo en que, de una manera sutil, ya está sucediendo… y creo que también seremos más justos con los androides. Al menos, con los alfas. No necesitamos mantenerlos sometidos.

—¿Qué dices tú, Simeon? —preguntó Franz Giudice a Krug— Después de todo. son tus bebés. Cuando decidiste producir los primeros androides, ¿imaginaste en algún momento que llegarían a solicitar los derechos de ciudadanía, o los considerabas…?

—Leon lo ha explicado perfectamente —respondió Krug— ¿Cómo dijiste…? Cosas. Cosas hechas en fábricas. Estaba construyendo un tipo mejor de robot. Estaba construyendo hombres.

—La línea que separa al hombre del androide es muy vaga —dijo el senador Fearon—. Dado que los androides son genéticamente idénticos a nosotros, el hecho de que sean sintéticos…

Krug bufó.

—En una de mis plantas, te puedo hacer una réplica perfecta de la Mona Lisa, de manera que los análisis de laboratorio tarden seis meses en poder demostrar que no es el original. ¿Verdad? ¿Y qué? ¿Será el original? El original salió del estudio de Leonardo. La réplica, de una fábrica de Krug. Por el original, yo pagaría mil millones. Por la réplica, no daría ni una moneda.

—En cambio, reconoces que Thor Vigilante, por ejemplo, es una persona extraordinariamente capacitada y con un enorme talento —dijo Lou Fearon—. Le cargas con responsabilidades. He oído decir que confías en él más que en cualquier otro hombre de tu organización. Entonces, ¿no permitirías que Thor votase? ¿No le darías una oportunidad de protestar si decidieses que trabajara aquí como camarero? ¿Estás de acuerdo con que la ley te dé derecho a destruir a Thor si se te antoja?

—Yo hice a Thor —replicó Krug con brusquedad—. Es la mejor máquina que tengo. Le quiero y le admiro de la misma manera que quiero y admiro a cualquier máquina excepcional. Pero soy su dueño. Thor no es un hombre, sólo es una imitación inteligente de un hombre, una imitación impecable, y si yo quisiera, y si fuera tan estúpido y tan derrochador como para destruir a Thor, podría destruirlo, por supuesto.

Las manos de Krug empezaron a temblar. Se las miró como si quisiera estabilizarlas con su fuerza de voluntad, pero el temblor se intensificó, y derramó una copa de vino sobre la mesa.

—Destruirlo. Nunca tuve otra cosa en mente cuando hice a los androides. Sirvientes. Herramientas del hombre. Máquinas hábiles.

Los sensores de servicio del Club Nemo anunciaron que el vino se había derramado. El camarero entró y lo limpió con eficacia. Fuera, por el ventanal, un grupo de gigantescos crustáceos translúcidos giraban y danzaban.

—No sabía que pensases tan mal sobre la igualdad androide —dijo el senador Fearon a Krug cuando el alfa hubo salido—. Nunca habías dicho nada.

—Nunca me lo habían preguntado.

—¿Testificarías contra el PIA, si el asunto fuera llevado ante el Congreso?—preguntó Salah al-Din.

Krug se encogió de hombros.

—No lo sé. No lo sé. Me mantengo al margen de la política. Soy un fabricante. Un hombre de negocios. Un empresario, ¿lo oyes? ¿Por qué buscar controversia?

—Si los androides tuvieran derechos civiles —señaló Leon Spaulding—, eso tendría repercusiones para Empresas Krug. Quiero decir, si estás manufacturando auténticos seres humanos, estarías violando las leyes de control de población, que…

—Basta —dijo Krug—. Eso no sucederá. Yo hice a los androides. Los conozco. Hay un pequeño grupo de descontentos, sí. Demasiado inteligentes para su propio bien. Creen que es una repetición de la esclavitud de los negros. Pero no lo es. No lo es. Los demás lo saben. Están satisfechos. Thor Vigilante está satisfecho. ¿Por qué el PIA no cuenta con el respaldo de todos los alfas? Se oponen al partido, ¿y por qué? Porque creen que es una estupidez. Tal como están las cosas, se les trata bien. Todo eso de vender alfas contra su voluntad, o matarlos por capricho, es una simple teoría. Nadie vende a un buen alfa, y nadie mata a un androide por diversión, igual que nadie quema su casa por diversión. Los androides no necesitan derechos. Los alfas lo comprenden. A los betas no les preocupa. A los gammas no puede preocuparles. ¿Lo veis? Es una buena charla de sobremesa, amigos, nada más. Lo siento, querido portavoz. Tu buen corazón te pierde. No tendrás alfas en tu Congreso.

El largo discurso de Krug le había dejado sediento. Cogió la copa de vino. Otra vez, la tensión de sus músculos le traicionó. Otra vez, derramó el contenido. Otra vez, un alfa atento, alertado por los ojos ocultos, se apresuró a limpiar el desastre. Detrás del grueso muro de cristal del Club Nemo un pez color rojo oscuro, de un metro de largo, con una boca inmensa llena de dientes y estrecha cola espinosa, empezó a moverse por el banco de crustáceos, devorándolos con terrible apetito.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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