La torre de cristal | Страница 20 | Онлайн-библиотека


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“Alfa Levítico Saltador”, digo.

“No. Si alguien te lo pregunta, di Levítico Saltador. Ya sabrán que eres un alfa. Los demás te llamarán Alfa Saltador. ¿Queda claro?”

“Queda claro.”

Ella se viste. Primero un pulverizador termal, luego una malla dorada sobre los pechos hasta medio muslo. Nada más. Los pezones sobresalen por las aberturas de la malla. Abajo, tampoco queda mucho oculto. No es lo que yo llamaría ropa de invierno. A los androides les debe de gustar el invierno más que a nosotros.

“¿Quieres verte antes de que salgamos, Alfa Saltador?”

“Sí.”

Ella tira al aire polvo de espejo. Cuando las moléculas se organizan, me veo de cuerpo entero. Impresionante. Un buen ejemplar de alfa, un guaperas de rojo ronda por la ciudad. Lilith tiene razón: ningún gamma se atreverá a jugar conmigo. Ni siquiera a mirarme a los ojos.

“Vamos, Alfa Saltador. Vamos de visita a Ciudad Gamma.”

Afuera. Al otro lado. A la periferia de la ciudad, con vistas a un agua gris azotada por el viento. Olas blancas en el puerto. Primera hora de la tarde, pero ya ha anochecido: una hora del día gris y sucia, niebla baja, el brillo de las farolas borroso y sucio. Otras luces llegan de los edificios alejados, o flotan sobre el agua: rojas, verdes, azules, naranjas, encendiéndose y apagándose, pidiendo atención a gritos, una flecha aquí, el signo de una trompeta allá. Vibraciones. Humos. Sonidos. La cercanía de mucha gente. Un chirrido en la masa gris. Carcajadas lejanas, también borrosas. Múltiples retazos de voz perdiéndose en la niebla:

—¡Suelta o te coagulo!

—Vuelve a la cuba. Vuelve a la cuba.

—¡Ralentizador! ¿Quién quiere ralentizador?

—Los apiladores no lo saben.

—¡Ralentizador!

—¡Búho! ¡Búho! ¡Búho!

Casi la mitad de la población de Estocolmo está compuesta por androides. ¿Por qué se reúnen aquí? Y quizá en otras nueve ciudades. Guetos. No tienen por qué hacerlo. Mundo transmat: vive donde quieras, puedes trabajar de todas maneras. Pero nos gusta estar entre los nuestros, dice ella. Y aun así, se estratifican en sus guetos. Los alfas allí atrás, en las buenas casas antiguas, y los betas en la mezcolanza del centro. Y luego los gammas. Los gammas. Bienvenido a Ciudad Gamma.

Calles pavimentadas con guijarros, húmedos, resbaladizos, lodosos. ¿Medievales? Edificios grises desconchados, fachada contra fachada, apenas un callejón entre ellos. Un riachuelo de agua fría y sucia bajando por el sumidero desde la parte superior. Ventanas de cristal. Pero no todo es arcaico aquí: una mezcla de estilos, todo tipo de arquitecturas, olla podrida, bullabesa, los siglos veintidós, diecinueve, dieciséis, catorce, todos juntos. Las redes colgantes de rutas aéreas a prueba de agua. Vías deslizantes oxidadas en algunas de las calles retorcidas. El zumbido de los acondicionadores de aire pasados de fase, bombeando una niebla verdosa al aire invernal. Sótanos barrocos de gruesos muros. Lilith y yo bajando por locos senderos en zigzag. Un demonio debió de diseñar esta ciudad. El duende de lo perverso.

Rostros que flotan.

Gammas. Por todas partes. Miran, pasan rápidamente, vuelven a mirar. Pequeños ojos sombríos, como de pájaros, crispados-crispados-crispados, asustados. Asustados de nosotros. Las distancias sociales, ¿eh? Mantienen las distancias sociales. Acechan, miran, pero cuando nos acercamos, intentan volverse invisibles. Cabezas gachas. Ojos desviados. Alfas alfas alfas. ¡Atención a todos los gammas!

Somos como torres junto a ellos. Nunca me había dado cuenta de lo regordetes que son los gammas. Qué bajos, qué anchos. Y qué fuertes. Esos hombros. Esos músculos abultados. Cualquiera de ellos podría hacerme pedazos. Las mujeres también parecen fuertes, aunque están construidas con más gracia. ¿Acostarme con una chica gamma? Más fogosa que Lilith, quizá… ¿es posible? ¿Golpes y saltos, gemidos de clase baja, nada de inhibiciones? Y olor a ajo, sin duda. Olvida esa idea. Son bastas. Bastas. Como Quenelle con mi padre, seguro. Dejémoslo correr. Hay pasión de sobra en Lilith. Y es limpia. Probablemente, no merece la pena ni pensar en ello. Los gammas se mantienen alejados de nosotros. Dos elegantes alfas en la ciudad. Tenemos piernas largas. Tenemos estilo. Tenemos gallardía. Nos temen.

Soy Alfa Levítico Saltador.

Aquí el viento es terrible. Viene del agua, afilado como un cuchillo. Levanta el polvo y trozos de cosas en las calles. ¡Polvo! ¡Restos! ¿Cuándo he visto calles así de sucias? ¿Es que los robots no vienen nunca aquí? Bueno, entonces, ¿es que los gammas no tienen suficiente orgullo como para limpiar su propia basura?

No les importan esas cosas, dice Lilith. Un asunto cultural. Se enorgullecen de su falta de orgullo; refleja su falta de estatus. Lo más bajo del mundo androide, lo más bajo del mundo humano, y lo saben, y no les gusta, y la suciedad es como su identificación de no estatus. Dicen, queréis que seamos sucios, así que también viviremos en la suciedad. Nos recrearemos en ella. Nos revolcaremos en ella. Si no somos personas, no tenemos que ser limpios en casa. Antes venían aquí robolimpiadores, pero los gammas los desmantelaban. Ahí hay uno, ¿ves? Lleva ahí por lo menos diez años.

Fragmentos de robot yacen dispersos. Restos de un hombre metálico. El brillo de buen metal azul a través de la herrumbre. ¿Serán solenoides esas cosas? ¿Relés? ¿Acumuladores? Las entrañas de cables embrollados de la máquina. Lo más bajo de lo más bajo de lo más bajo, un simple objeto mecánico, destruido mientras atacaba la mugre de nuestros parias nacidos de la cuba. Un gato gris y blanco mea en las entrañas del robot. Los gammas apoyados contra el muro, ríen. Entonces nos ven, y retroceden, asombrados. Hacen rápidos gestos nerviosos con las manos izquierdas…, toque en la entrepierna, toque en el pecho, toque en la frente, uno dos tres y muy de prisa. Tan automático, tan reflejo como la señal de persignarse. “¿Qué es? ¿Una especie de costumbre, un tic? ¿Una muestra de hospitalidad para los alfas errantes?”

“Algo así —dice Lilith—. No exactamente. En realidad, se trata de una señal supersticiosa.”

“¿Para protegerse del mal de ojo?”

“Sí. En cierto modo. Tocar los puntos cardinales, invocar el espíritu de los genitales, el alma y la inteligencia, entrepierna pecho cráneo. ¿Nunca habías visto a unos androides haciéndolo?”

“A lo mejor sí.”

“Incluso los alfas —dice Lilith—. Una costumbre. Alivia la tensión. A veces, hasta yo lo hago.”

“Pero ¿por qué los genitales? Los androides no se reproducen.”

“Poder simbólico —dice—. Somos estériles, pero ésa sigue siendo una zona sagrada. En recuerdo de nuestro origen. El pozo genético humano viene de la entrepierna, y nosotros estamos diseñados a semejanza de esos genes. Tiene su teología.”

Hago el signo. Uno dos tres. Lilith se ríe, pero parece tensa, como si yo no debiera hacerlo. Al infierno. Esta noche finjo ser un androide, ¿no? Entonces, puedo hacer cosas de androide. Uno dos tres.

Los gammas apoyados contra el muro me devuelven la señal. Uno dos tres. Entrepierna pecho cráneo.

¡Uno de ellos dice algo que suena como “Alabado-sea-Krug”!

“¿Qué ha sido eso?”, pregunto a Lilith.

“No lo he oído.”

“¿Ha dicho Alabado-sea-Krug?”

“A veces los gammas dicen tonterías.”

Sacudo la cabeza. “¡Quizá me haya reconocido, Lilith!”

“Imposible. Completamente imposible. Si ha dicho algo sobre Krug, se referiría a tu padre.”

“Sí. Sí. Claro. Él es Krug. Yo soy Manuel, sólo Manuel.”

“¡Shh! ¡Eres Alfa Levítico Saltador!”

“Cierto. Perdona. Alfa Levítico Saltador. Lev para los amigos. ¿Alabado-sea-Krug? Quizá lo entendí mal.”

“Quizá”, dice Lilith.

Doblamos una esquina y, al hacerlo, disparamos una trampa anuncio. Al entrar en el campo sensor de la trampa, hacemos que un polvo multicolor surja de los respiraderos de la pared y forme, por atracción electrostática, unas letras luminosas en el aire, cegadoramente brillantes incluso en la oscuridad y la niebla. Contra un fondo plateado, vemos:

¡MÉDICO!ALFA POSEIDON MOSQUETERO¡MÉDICO!ESPECIALISTA EN DOLENCIAS DE GAMMASCURASOLIDIFICACIONESADICTOS AL RALENTIZADORAPILACIONESDERROTAPUTREFACCION METABOLICAY OTROS PROBLEMAS¡INTACHABLE!PRIMERA PUERTA A LA DERECHA Y LLAMAR

“¿De verdad es un alfa?”, pregunto.

“Claro.”

“¿Qué hace viviendo en Ciudad Gamma?”

“Alguien tiene que ser su médico. ¿Crees que un gamma podría licenciarse en Medicina?”

“Pero parece un curandero. ¡Poner una trampa así…! ¿Qué clase de médico tiene que hacerse propaganda para conseguir clientes?”

“Un médico de Ciudad Gamma. Así es como se hacen las cosas aquí. De todos modos, es un curandero. Un buen médico, pero un curandero. Se mezcló en un escándalo de regeneración de órganos, hace años, cuando tenía una consulta alfa. Le retiraron la licencia.”

“¿Aquí no se necesita licencia?”

“Aquí no se necesita nada. Pero dicen que es muy dedicado. Excéntrico, pero consagrado a su gente. ¿Te gustaría conocerle?”

“No. No. ¿Qué son los adictos al ralentizador?”

“El ralentizador es una droga que toman los gammas —dice Lilith—. No tardarás mucho en ver a algún adicto.”

“¿Y las apilaciones?”

“Producen algún fallo en el cerebro. Materia escamosa en el cerebelo.”

“¿Solidificaciones?”

“Un problema en los músculos. Endurecimiento de los tejidos, o algo así. No estoy segura. Sólo lo padecen los gammas.”

Frunzo el ceño. ¿Lo sabe mi padre? Él defiende la integridad de sus productos. Si los gammas son propensos a contraer enfermedades misteriosas…

“Mira, un adicto al ralentizador”, dice Lilith.

Un androide sube por la calle en dirección a nosotros. Tambaleándose, resbalando, bailando, moviéndose tan lentamente como si nadara en un pozo de melaza. Los ojos entrecerrados; rostro soñador; brazos estirados; dedos caídos. Avanza como si caminara por la atmósfera de Júpiter. Sólo lleva puesto un trozo de tela alrededor de las caderas, pero suda bajo el aire gélido del anochecer. Canturrea para sí mismo con un ruido metálico. Tras lo que parecen cuatro horas, llega a nuestra altura. Pone los dos pies en el suelo, echa la cabeza hacia atrás, se lleva las manos a las caderas. Silencio. Un minuto. Al final, con voz baja y erizada, dice con terrible lentidud: “Al… fas. … ho… la…al… fas… bo… ni… tos… al… fas…”.

Lilith le dice que se vaya.

Al principio no hay respuesta. Luego su rostro se desmorona. Tristeza indescriptible. Levanta la mano izquierda en un extraño gesto de payaso, se toca la frente, deja que la mano baje hacia el pecho, hacia la entrepierna. Hace el signo al revés…, ¿qué significará eso? Dice trágicamente: “Yo… amo… bo… ni… tos… al… fas…”

“¿Qué clase de droga es?”, le pregunto a Lilith.

“Produce la sensación de que el tiempo pasa más despacio. Para ellos, un minuto se convierte en una hora. Prolonga su tiempo libre. Por supuesto, les parece que nos movemos como un torbellino a su alrededor. Los adictos suelen reunirse para compartir el mismo esquema temporal. Les produce la ilusión de que pasan días entre cada turno de trabajo.”

“¿Una droga peligrosa?”

“Acorta en una hora las expectativas de vida por cada dos horas que pasas bajo su influencia —responde ella—. Pero a los gammas les parece que es un trato justo. Pierden una hora objetiva, ganan dos o tres días subjetivos…, ¿por qué no?”

“¡Pero reduce los equipos de trabajo!”

“Los gammas tienen derecho a hacer lo que quieran con sus vidas, ¿no, Alfa Saltador? No aceptarás el argumento de que son simples propiedades, y que toda autolesión practicada por un gamma es un delito contra su propietario, ¿verdad?”

“No. No. Claro que no, Alfa Meson.”

“Ya me parecía a mí que no pensarías así”, responde Lilith.

El adicto al ralentizador se mueve en estúpidos círculos en torno a nosotros, canturreando algo tan despacio que no puedo conectar una sílaba con otra, no entiendo lo que dice. Se detiene. Una sonrisa gélida tarda horas en recorrerle los labios. Hasta que está medio formada, creo que es una mueca. Se sienta sobre los talones. Alza la mano, con los dedos flexionados. Obviamente, la mano se dirige hacia el pecho izquierdo de Lilith. Ninguno de los dos nos movemos.

Ahora capto el canturreo del gamma:

“A…A…A…A…A…G…A…A…C…A…A…U…”

¿Qué intenta decir?

Lilith sacude la cabeza. No tiene importancia.

Se aparta un paso cuando la mano está a diez centímetros de su seno. Un entrecejo fruncido empieza a ocupar el lugar de la sonrisa en el rostro del gamma. Parece ofendido. Su canturreo adquiere un tono interrogante.

“A…U…A…A…U…G…A…U…C…A…U…U…”

Un sonido de pasos lentos, arrastrados, me llega desde detrás. Un segundo adicto al ralentizador se aproxima: una chica, que viste una capa que le cuelga de los hombros. Arrastra los jirones varios metros por detrás de ella, pero le deja al descubierto los muslos y la espalda. Se ha teñido el pelo de verde, y lo lleva recogido en una especie de tiara. Su rostro está pálido, parece agotada. Sus ojos apenas son dos rendijas. Tiene la piel brillante por el sudor. Flota hacia nuestro primer amigo y le dice algo con una sorprendente voz de barítono. Él responde con tono soñador. No entiendo nada de lo que dicen. ¿Es por la droga ralentizadora, o hablan una especie de dialecto gamma? Parece que está a punto de suceder algo desagradable. Hago un gesto a Lilith, sugiriendo que nos marchemos, pero ella sacude la cabeza. Quédate. Míralos.

Los androides se han enzarzado en un baile grotesco. Se rozan con las yemas de los dedos, suben y bajan las rodillas. Una gavota para estatuas de mármol. Un minueto para elefantes de peluche.

Canturrean el uno para el otro. Se rodean el uno al otro. Los pies del hombre se enredan con la capa de la chica. Ella se mueve. Él se queda quieto. La capa se desgarra, dejando a la chica desnuda en la calle. Lleva un cuchillo entre los senos, colgando de un cordón verde. Tiene la espalda llena de cicatrices. ¿Ha sido azotada? Se excita ante su propia desnudez. Veo cómo lentamente los pezones se le ponen rígidos. Ahora el hombre está junto a ella. Alza la mano con dolorosa lentitud, y arranca el cuchillo de su cordón. Con la misma parsimonia, roza el metal frío contra la entrepierna de la chica, contra su vientre, contra su frente. El signo sagrado. Lilith y yo estamos junto a la pared, cerca de la entrada de la consulta del médico. El cuchillo me pone nervioso.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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