La torre de cristal | Страница 19 | Онлайн-библиотека


Выбрать главу

Frotó su cuerpo frío contra el de Vigilante. Él sintió sus muslos fríos contra los suyos, el tambor tenso y frío de su vientre rozando el suyo, los nudos duros de sus pezones rozándole el pecho. Se examinó a sí mismo en busca de algún rastro de respuesta. No supo muy bien qué había encontrado, aunque no podía negar que disfrutaba con las sensaciones táctiles del contacto mutuo. Ella tenía los ojos cerrados. Sus labios se entreabrieron y buscaron los suyos. Deslizó la lengua entre los dientes de él. Thor le pasó las manos por la espalda y, en un impulso repentino, hundió los dedos en los globos que eran sus nalgas. Lilith se puso rígida y se estrechó aún más contra él, apretándose en vez de frotarse. Siguieron así unos minutos. Luego, ella se relajó y se apartó.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Algo?

—Me ha gustado —respondió, tentativo.

—Pero ¿te ha excitado?

—Creo que sí.

—Pues no lo parece.

—¿Cómo lo sabes?

—Te lo enseñaré —sonrió ella.

Se sentía increíblemente absurdo y extraño, alejado de su propia identidad, incapaz de volver, o incluso de ver, al Thor Vigilante que conocía y comprendía. Desde el principio, casi desde que dejó la Cuba, se había considerado a sí mismo más adulto, más sabio, más competente, más seguro, que sus camaradas alfas: un hombre que comprendía el mundo y su lugar en él. ¿Y ahora? En media hora, Lilith le había convertido en algo torpe, ingenuo, estúpido… e impotente.

Ella le puso las manos en la entrepierna.

—Tu órgano no se ha puesto rígido —dijo—, así que, obviamente, no te excitó mucho lo que te…—Ella se detuvo—. Oh. Sí. Ahora, ¿lo ves?

—Fue cuando me tocaste.

—No es lo que se dice sorprendente. Entonces, ¿te gusta? Sí. Sí.

Movió los dedos con habilidad. Vigilante tuvo que reconocer que la sensación le parecía interesante, y el repentino y sorprendente despertar de su masculinidad en las manos de ella era un efecto muy notable. Pero siguió al margen de sí mismo, un observador alejado y distante, tan involucrado en aquello como si estuviera asistiendo a una conferencia sobre las costumbres de apareamiento de los proteoides centaurinos.

Ella volvía a estar muy cerca de él. Su cuerpo se movía, deslizándose, temblando un poco, estremeciéndose con una tensión apenas reprimida. Él la estrechó entre sus brazos. Volvió a recorrerle la piel con las manos.

Ella le guió hacia el suelo.

Se tumbó sobre ella, apoyándose en rodillas y codos para no presionarla con todo su peso. Las piernas de Lilith le rodearon. Sus muslos se cerraron en torno a sus caderas. Deslizó la mano entre sus cuerpos para agarrarle, guiarle hacia su interior. Empezó a subir y bajar la pelvis. El cogió el ritmo en seguida, y acompañó los impulsos con los suyos propios.

Así que esto es el sexo, pensó.

Se preguntó cómo se sentiría una mujer cuando le introducían en el cuerpo algo largo y duro. Evidentemente, lo disfrutaban. Lilith jadeaba y se estremecía bajo el efecto de algo que parecía placer. Pero le parecía extraño que desearan tal cosa. ¿Tan emocionante era meterte dentro de una mujer? ¿Era éste el tema de la poesía? ¿Por esto los hombres se habían retado a duelo, por esto habían renunciado a reinos?

—¿Cómo sabremos que hemos terminado?—preguntó tras un rato.

Ella abrió los ojos. Vigilante no supo si lo que brillaba en ellos era ira o diversión.

—Lo sabrás —le respondió—. ¡Sigue moviéndote!

Las caderas de Lilith se movieron de manera aún más violenta. Su rostro se distorsionó, casi se afeó. Una especie de tormenta interior se había desencadenado dentro de ella. Vigilante sentía sus espasmos agarrándole en el punto por donde estaban unidos.

De pronto, él también sintió un espasmo, y dejó de catalogar los efectos que su unión habían surtido en ella. Cerró los ojos, y luchó por respirar. El corazón le latía a toda velocidad. La piel le ardía. La estrechó aún más y apretó el rostro contra el espacio entre la mejilla y el cuello de la mujer. Una serie de impactos le sacudieron.

Lilith tenía razón. Era fácil saber cuándo todo había terminado.

¡Qué pronto se agotaba el éxtasis! Apenas podía recordar ya las poderosas sensaciones que le invadieran sesenta segundos antes. Se sintió estafado, como si le hubieran prometido un festín para luego darle comida imaginaria. ¿Eso era todo? ¿Como las olas retirándose tras una breve subida de la marea? Y cenizas en la playa. No es nada, pensó Thor Vigilante. Es un fraude.

Se apartó de ella.

Lilith permaneció tendida, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca abierta. Estaba empapada en sudor, pálida. Vigilante pensó que nunca había visto a aquella mujer. Un momento después de que se apartara de ella, abrió los ojos. Se incorporó sobre un codo y le sonrió, casi con timidez.

—Hola —dijo.

—Hola.

Apartó la vista.

—¿Cómo te sientes?

Vigilante se encogió de hombros. Buscó las palabras adecuadas, y no las encontró. “Derrotado”, pensó.

—Sobre todo, cansado. Vacío. ¿Es correcto eso? Me siento… vacío.

—Normal. Después del coito todos los animales se quedan tristes. Antiguo proverbio romano. Eres un animal, Thor. No lo olvides.

—Un animal cansado. —Cenizas en una playa vacía. La marea muy baja—. ¿Has disfrutado tú, Lilith?

—¿No lo has notado? No, supongo que no. He disfrutado. Y mucho.

Él le rozó el muslo con las manos.

—Me alegro. Pero sigo desconcertado.

—¿Por qué?

—Por todo. Todos los acontecimientos. Empujar. Subir. Sudar. Gemir. El cosquilleo en la entrepiema, y todo ha terminado. La verdad…

—No —le interrumpió ella—. No lo intelectualices. No lo analices. Debías de estar esperando más de lo que hay en realidad. Sólo es diversión, Thor. Es lo que la gente hace para ser feliz. Nada más. Nada más. No es una experiencia cósmica.

—Lo siento. Sólo soy un androide tonto que no…

—No. Eres una persona, Thor.

Comprendió que la estaba hiriendo con su negativa de haberse sentido abrumado por la cópula. Se estaba hiriendo a sí mismo. Lentamente, se puso en pie. Su estado de ánimo era tormentoso. Se sentía como un recipiente vacío tirado en la nieve. Había conocido un relámpago de gozo, pensó, en el momento exacto de la descarga. Pero ¿valía la pena ese momento del relámpago, si luego venía siempre la temible tristeza?

La intención de Lilith fue buena. Había querido hacerle más humano.

La ayudó a levantarse, la abrazó un instante y la besó suavemente en la mejilla, mientras le acariciaba uno de los senos.

—Volveremos a hacerlo otro día, ¿de acuerdo?—dijo.

—Cuando quieras.

—Ha sido muy extraño para mí, era la primera vez. Mejoraré. Lo sé.

—Claro que sí, Thor. La primera vez siempre es extraña.

—Será mejor que me marche ya.

—Si es necesario…

—Creo que sí. Pero nos veremos pronto.

—Sí. —Le acarició los brazos—. Y mientras tanto… empezaré a hacer lo que hemos acordado. Llevaré a Manuel a Ciudad Gamma.

—Bien.

—Krug sea contigo, Thor.

—Krug sea contigo.

Empezó a vestirse.

23

Y Krug dijo: “Habrá por siempre una diferencia sobre vosotros.

“Que los Hijos del Vientre vendrán siempre del Vientre, y los Hijos de la Cuba vendrán siempre de la Cuba. Y no os será dado concebir a los vuestros en vuestros propios cuerpos, como hacen los Hijos del Vientre.

“Y esto será para que vuestras vidas vengan sólo de Krug. Suya sólo será la gloria de vuestra creación, hasta el fin de los tiempos”.

24

20 de diciembre de 2218. Con sus ochocientos metros, la torre domina y subyuga. Nada puede resistirse a su inmensidad: día o noche, uno sale del transmat y queda sobrecogido ante la inmensa vara de cristal deslumbrante. La soledad de los alrededores hace aún más impresionante su altura.

Ya ha alcanzado más de la mitad de su altura.

Ultimamente, ha habido muchos accidentes, fruto de la prisa. Un par de trabajadores cayeron de la cima. Un electricista cometió un error en una conexión, y envió una descarga letal por el cable de carga de cinco gammas. Dos grúas de ascenso colisionaron, con una pérdida de cinco vidas. Alfa Euclides Proyectista evitó por poco resultar gravemente herido cuando la computadora principal recibió un monstruoso banco de energía entrópica mientras estaba conectado. Tres betas cayeron cuatrocientos metros por un acceso interior de servicio al colapsarse un andamio. Hasta el momento, el trabajo en la construcción ha causado la muerte de casi treinta androides. Pero hay miles trabajando en la torre, y el trabajo es azaroso y poco habitual: nadie considera extraordinariamente alto el índice de accidentes.

Los primeros treinta metros del aparato proyector del rayo de taquiones están casi acabados. Los técnicos prueban diariamente la solidez de la estructura. Por supuesto, no será posible generar taquiones hasta que el gigantesco acelerador esté completamente acabado, pero colocar en su sitio los componentes individuales del poderoso sistema también es interesante, y Krug se pasa la mayor parte del tiempo en la torre, vigilando las pruebas. Luces de colores relampaguean, los paneles indicadores zumban y silban, los diales brillan, las agujas vibran. Krug aplaude con entusiasmo cada resultado positivo. Trae hordas de invitados. En las tres últimas semanas, ha acudido a la torre con Niccolo Vargas, con su nuera Clissa, con veintinueve congresistas diferentes, con once importantes industriales, y con dieciséis representantes mundialmente famosos de las artes. Todos alaban unánimemente la torre. Incluso los que quizá, para sus adentros, la consideran una titánica locura, no pueden contener la admiración ante su elegancia, su belleza, su magnitud. También una locura puede ser maravillosa, y nadie que haya visto la torre de Krug puede negar que es una maravilla. Y tampoco hay tantos que consideren una locura proclamar en las estrellas la existencia del hombre.

Manuel Krug no ha estado en la torre desde principios de noviembre. Krug explica que su hijo está muy ocupado supervisando las complejidades del imperio corporativo de Krug. Cada mes que pasa, asume más responsabilidades. Después de todo, es el heredero forzoso.

25

La última vez que vi a Lilith, me dijo: “Cuando vuelvas, haremos algo diferente, ¿de acuerdo?”.

Los dos desnudos, después de amarnos. Mi mejilla sobre sus pechos.

“¿Diferente? ¿En qué sentido?”

“Salir un poco del piso. Hacer turismo por Estocolmo. El barrio androide. Ver cómo vive la gente. Los gammas. ¿No te apetecería hacerlo?”

Y yo digo, un poco cauteloso: “¿Por qué? ¿No prefieres pasar el tiempo conmigo?”

Ella juguetea con el vello de mi pecho. Soy primitivo, una auténtica bestia.

Me dice: “Vivimos encerrados aquí. Vienes, copulamos, te marchas. Nunca vamos a ningún lugar juntos. Me gustaría que salieras conmigo. Parte de tu educación. Tengo tendencia a educar a la gente, ¿lo sabías, Manuel? Hacer que abran sus mentes a otras cosas. ¿Has estado alguna vez en una Ciudad Gamma?”

“No.”

“¿Sabes lo que es?”

“Supongo que un lugar donde viven gammas.”

“Exacto. Pero, en realidad, no lo sabes. No lo sabrás hasta que no hayas estado en una.”

“¿Peligrosa?”

“No. Nadie molestaría a unos alfas en Ciudad Gamma. A veces, se molestan un poco entre ellos, pero eso es diferente. Somos de una casta superior, no se acercan a nosotros.”

“Quizá no molesten a un alfa —le digo—, pero ¿y yo? Seguramente, no querrán turistas humanos.”

Lilith dijo que me disfrazaría. De alfa. Eso tenía una especie de picante. Tentación. Misterio. Quizá mantuviera el brillo del romance para Lilith y para mí, una especie de juego. “¿No se darán cuenta del engaño?”, pregunté. Y ella me dijo: “No miran demasiado a los alfas. Tenemos un concepto de las distancias sociales. Los gammas mantienen las distancias sociales, Manuel.”

“De acuerdo, bien, iré a Ciudad Gamma.”

A partir de aquel día, nos pasamos una semana planeándolo. Lo arreglé todo con Clissa: “Me voy a la Luna —le dije—, no volveré en un par de días, ¿vale?”. Sin problemas. Clissa pasaría el tiempo con sus amigos de Nueva Zelanda. A veces, me pregunto cuánto sospecha Clissa. Oh, lo que diría si lo supiese. A veces tengo la tentación de decirle: “Clissa, tengo una amante androide en Estocolmo, es de alto espectro en la cama, con un cuerpo fantástico, ¿qué te parece?”. Clissa no es burguesa, pero es sensible. Podría sentirse rechazada. O quizá Clissa, con su gran amor hacia los androides oprimidos, diría: “Qué amable por tu parte, Manuel, hacer tan feliz a una de ellos. No me importa compartir tu amor con una androide. Tráela alguna vez a tomar el té, ¿quieres?” Me lo pregunto.

Llega el día. Voy a casa de Lilith. Entro, está desnuda. “Quítate la ropa”, dice. Sonrío. Directa. Claro. Claro. Me desnudo y me acerco a ella. Hace un pequeño paso de danza y me deja abrazando el aire.

“Ahora no, tonto. Cuando volvamos. ¡Ahora, tenemos que disfrazarte!”

Tiene un tubo pulverizador. Primero lo pone en neutral y cubre la placa espejo de mi frente. “Los androides no llevan estas cosas. Fuera las clavijas de los lóbulos”, dice. Me las quito, y rellena la abertura con gel. Luego empieza a pulverizarme de rojo. “¿Tengo que afeitarme el cuerpo?”, pregunto. “No —dice ella—, pero no te desnudes delante de nadie.” Me cubre por completo de un rojo brillante. Androide al instante. Luego me extiende un pulverizador termal del pecho a los muslos. “Ahí fuera hará frío —dice—. Los androides no llevan mucha ropa. Toma esto. Vístete.”

Me tiende un traje. Una camisa de cuello alto, pantalones ajustados como una segunda piel. Ropa de androide, evidentemente, y estilo alfa, además, “No tengas una erección —me dice—. Romperías los pantalones.” Se ríe y me frota por delante.

“¿De dónde has sacado la ropa?”

“Se la pedí prestada a Thor Vigilante.”

“¿Le dijiste para qué?”

“No —dice ella—, claro que no. Sólo le dije que la necesitaba. A ver qué aspecto tienes ahora. Estupendo. ¡Estupendo! Un alfa perfecto. Camina por la habitación. Atrás. Bien. Contonéate un poco más. Recuerda, eres el producto final de la evolución humana, la mejor versión de homo sapiens que haya salido jamás de una probeta, con todos los puntos fuertes de los humanos y ninguna de sus taras. Eres Alfa… Mmmm. Necesitamos un nombre, por si alguien pregunta. —Lilith piensa un momento—. Alfa Levítico Saltador —dice—. ¿Cómo te llamas?”

19
La torre de cristal: Robert Silverberg 1
1 1
2 1
3 1
4 1
5 2
6 4
7 5
8 9
9 9
10 10
11 10
12 11
13 11
14 12
15 12
16 13
17 14
18 15
19 15
20 15
21 17
22 17
23 19
24 19
25 19
26 22
28 23
30 24
31 24
32 25
33 25
34 27
35 28
36 28
37 30