La torre de cristal | Страница 18 | Онлайн-библиотека


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—¿Adónde?

—A trescientos años luz.

—No te dirá que vayas, ¿verdad? Ni a mí.

—Cuatro alfas y cuatro betas —dijo Vigilante—. No se me ha informado a quién se está considerando. Si deja decidir a Spaulding, estoy acabado. Krug nos guarde de tener que ir.

Comprendió la ironía de su plegaria en cuanto la hubo pronunciado, y dejó escapar una breve y sombría carcajada.

—Sí. ¡Krug nos guarde!

Llegaron al transmat. Vigilante empezó a fijar las coordenadas.

—¿Quieres subir un rato?—preguntó Lilith.

—Encantado.

Entraron juntos en el brillo verdoso.

El piso de Lilith era más pequeño que el suyo, sólo un dormitorio, una combinación de sala de estar/comedor/cocina, y una especie de vestíbulo armario grande. Era evidente que se había tratado de un apartamento mucho mayor, dividido en muchos pequeños, aptos para androides. El edificio era parecido al suyo: antiguo, bien usado, con un alma cálida. Siglo XIX, pensó, aunque el mobiliario de Lilith, reflejando la fuerza de su personalidad, era claramente contemporáneo, se basaba en proyecciones desde el suelo y en pequeños objetos de arte que flotaban libremente. Era la primera vez que Vigilante visitaba su casa, aunque eran casi vecinos en Estocolmo. Los androides, incluso los alfas, no eran demasiado proclives a las visitas: las capillas servían como lugar de reunión en la mayoría de las ocasiones. Los que no eran miembros de la comunión se agrupaban en los locales del PIA, o se aferraban a su soledad.

Se dejó caer en un sillón mullido y confortable.

—¿Quieres corroerte el cerebro?—preguntó Lilith—. Tengo todo tipo de sustancias amistosas. ¿Hierba? ¿Flotadores? ¿Disruptores? Incluso alcohol. …, licores, coñacs, whiskies…

—Tienes un buen surtido de venenos.

—Manuel viene a menudo. Tengo que desempeñar el papel de anfitriona para él. ¿Tomarás algo?

—Nada —dijo él—. No me gusta la corrosión.

Ella se echó a reír y se dirigió hacia el doppler. Éste consumió su ropa rápidamente. Bajo ella, sólo llevaba un pulverizador térmico de un verde pálido que sentaba de maravilla a su piel color escarlata claro. La cubría de los pechos a los muslos, protegiéndola de los vientos de diciembre que soplaban en Estocolmo. Otra programación del doppler, y eso también desapareció. Conservó las sandalias.

Dejándose caer grácilmente, se sentó en el suelo ante él con las piernas cruzadas, y jugó con los diales de las proyecciones murales. Las texturas fluyeron y cambiaron mientras hacía reajustes al azar. Hubo un extraño momento de silencio tenso. Vigilante se sentía extraño. Hacía cinco años que conocía a Lilith, casi toda la vida de ella, y entre ellos existía una amistad tan fuerte como podía ser entre dos androides. Pero nunca había estado a solas con ella, en un silencio como aquél. No era su desnudez lo que le turbaba. La desnudez no significaba nada para él. Era, decidió, la intimidad del hecho. Como si fueran amantes. Como si hubiera algo… sexual… entre nosotros. Sonrió y decidió hablarle de sus sentimientos incongruentes. Pero ella intervino antes de que pudiera hacerlo.

—Se me acaba de ocurrir una idea. Sobre Krug Sobre su impaciencia por acabar la torre. Thor, ¿y si se está muriendo?

—¿Muriendo?

La mente en blanco. Era una idea inimaginable.

—Alguna enfermedad terrible. Algo que no se pueda arreglar tectogenéticamente. No sé qué, quizá algún nuevo tipo de cáncer. De cualquier manera, supón que acaba de averiguar que le queda un año o dos de vida, y está desesperado por enviar sus señales al espacio.

—Parece muy sano —señaló Vigilante.

—Quizá se está pudriendo por dentro. Los primeros síntomas son un comportamiento extraño, saltos obsesivos de lugar en lugar, aceleración de los planes de trabajo, molestar a la gente para que responda más de prisa. …

—¡Krug nos guarde, no!

—Guárdese Krug.

—No puedo creerlo, Lilith. ¿De dónde has sacado esa idea? ¿Te ha dicho algo Manuel?

—Sólo es intuición. Estoy intentando ayudarte a entender el extraño comportamiento de Krug, nada más. Si de verdad se está muriendo, eso explicaría…

—Krug no puede morir.

—¿No?

—Ya sabes lo que quiero decir. No debería. Aún es joven. Por lo menos le queda un siglo de vida. Y tiene que hacer muchas cosas en ese tiempo.

—¿Por nosotros, quieres decir?

—Claro —respondió Vigilante.

—Pero la torre le está consumiendo. Le quema. Imagina que muere, Thor. Sin haber pronunciado las palabras…, sin haber hablado en nuestra defensa…

—Entonces, habríamos malgastado mucha energía en plegarias. Y el PIA se reiría de nosotros.

—¿No deberíamos hacer algo?

Vigilante se apretó ligeramente los pulgares contra los párpados.

—No podemos trazar planes basándonos en una fantasía, Lilith. Por lo que sabemos, Krug no se está muriendo, ni parece que vaya a morir en mucho tiempo.

—Pero ¿y si muere?

—¿Adónde quieres llegar?

—Podríamos empezar a preparar nuestro movimiento desde ahora —dijo ella.

—¿Cuál?

—Lo que hemos estado discutiendo desde que me animaste a que me acostara con Manuel. Utilizar a Manuel para conseguir que Krug apoye nuestra causa.

—Sólo fue una idea pasajera —replicó Vigilante—. Filosóficamente, dudo que sea apropiado intentar manipular así a Krug. Si somos sinceros con nuestra fe, deberíamos esperar Su gracia y Su piedad sin hacer planes…

—Basta, Thor. Yo voy a la capilla, tú vas a la capilla, todos vamos; pero también vivimos en el mundo real, y en el mundo real hay que tener otros factores en cuenta. Como la posibilidad de que Krug muera de manera prematura.

—Bueno…

Se estremeció, tenso. Lilith hablaba pragmáticamente. Hablaba casi como una organizadora del PIA. Comprendía la lógica de su postura. Toda su fe se centraba en la esperanza de la manifestación de un milagro. Pero ¿y si no había tal milagro? Si tenían la oportunidad de propiciar el milagro, ¿por qué no aprovecharla? Pero…, pero…

—Manuel está preparado —dijo ella—. Está dispuesto a defender nuestra causa abiertamente. Ya sabes lo manejable que es. En dos o tres semanas, podría transformarlo en un cruzado. Primero le llevaré a Ciudad Gamma…

—Disfrazado, espero.

—Por supuesto. Podríamos pasar una noche allí. Se lo restregaría por la cara. Y luego…, recuerda que hablamos de dejarle ver una capilla, Thor…

—Sí. Sí.

Vigilante se estremeció.

—Puedo hacerlo. Puedo explicarle nuestro credo. Y por último, iré al grano y le pediré que abogue por nosotros ante su padre. ¡Lo haría, Thor, lo haría! Y Krug le escucharía. Krug cedería y pronunciaría las palabras. Como favor a Manuel.

Vigilante se levantó, y paseó por la habitación.

—Pero me parece casi blasfemo. Se supone que debemos esperar que la piedad de Krug descienda sobre nosotros, cuando Krug quiera. Utilizar así a Manuel, intentar modelar y forzar la voluntad de Krug…

—¿Y si Krug se está muriendo?—inquirió Lilith—. ¿Y si sólo le quedan unos meses de vida? ¿Y si el momento llega cuando ya no exista Krug? Seguiremos siendo esclavos.

Sus palabras resonaron entre las paredes, destrozándole:

cuando ya no haya Krug

cuando ya no haya Krug

cuando ya no haya Krug

cuando ya no haya Krug

—Debemos distinguir —dijo, turbado— entre el hombre de carne y hueso que es Krug, para el que trabajamos, y la presencia eterna de Krug el Hacedor y Krug el Liberador, que…

—Ahora no, Thor. Simplemente, dime qué debo hacer. ¿Llevo a Manuel a Ciudad Gamma?

—Sí. Sí. Pero poco a poco. No le descubras las cosas con demasiada rapidez. Si tienes alguna duda, consulta conmigo. ¿De verdad puedes controlar a Manuel?

—Me adora —respondió tranquilamente Lilith.

—¿Por tu cuerpo?

—Es un buen cuerpo, Thor. Pero hay algo más. Él quiere ser dominado por una androide. Está lleno de los sentimientos de culpabilidad de la segunda generación. Lo capturé con el sexo, pero lo retengo con el poder de la Cuba.

—Sexo —repitió Vigilante—. Lo capturaste con sexo. ¿Cómo? Tiene una esposa. Una esposa atractiva, según he oído, aunque no estoy en posición de juzgarlo, claro. Si tiene una esposa atractiva, ¿por qué necesita…?

Lilith se echó a reír.

—¿He dicho algo divertido?

—No sabes nada de los humanos, ¿verdad, Thor? ¡El famoso Alfa Vigilante, totalmente desconcertado!

Los ojos de Lilith brillaban. Se puso en pie de un salto.

—¿Sabes algo sobre el sexo, Thor? De primera mano, quiero decir.

—¿Que si he practicado el sexo? ¿Es eso lo que preguntas?

—Eso es lo que pregunto —respondió Lilith.

El cambio en el sentido de la conversación le sorprendió. ¿Qué tenía que ver su vida privada con los planes sobre tácticas revolucionarias?

—No —respondió—. Nunca. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Qué puedo obtener, aparte de problemas?

—Placer —sugirió ella—. Krug nos creó con un sistema nervioso funcional. El sexo es divertido. El sexo me excita. Debería excitarte también a ti. ¿Por qué ni siquiera los has probado?

—No conozco a ningún varón alfa que lo haya hecho. O que piense mucho sobre ello.

—Las mujeres alfa, sí.

—Eso es diferente. Vosotras tenéis más oportunidades. Todos los varones humanos corren detrás de vosotras. Creo que las mujeres humanas, a no ser que estén perturbadas, no persiguen a los androides. Y tú puedes practicar el sexo con un humano sin correr riesgos. Yo no pienso aventurarme con una hembra humana: cualquier hombre que piense que estoy infringiendo sus derechos, puede destruirme al instante.

—¿Y qué hay del sexo entre androide y androide?

—¿Para qué? ¿Para hacer bebés?

—El sexo y la reproducción son dos cosas muy diferentes, Thor. La gente tiene sexo sin bebés y bebés sin sexo siempre que quiere. El sexo es una fuerza social. Un deporte, un juego. Una especie de magnetismo cuerpo a cuerpo. Es lo que me da poder sobre Manuel Krug.

Bruscamente, su tono de voz cambió, perdió el matiz dialéctico, se hizo más suave.

—¿Quieres que te enseñe cómo es? Quítate la ropa.

Él dejó escapar una carcajada nerviosa.

—¿Lo dices en serio? ¿Quieres practicar el sexo conmigo?

—¿Por qué no? ¿Tienes miedo?

—No seas absurda. Simplemente, no esperaba…, quiero decir…, parece incongruente, dos androides acostándose juntos, Lilith…

—¿Porque somos cosas hechas de plástico?—replicó ella con fríaldad.

—No quiero decir eso. ¡Evidentemente somos de carne y hueso!

—Pero hay ciertas cosas que no debemos hacer, porque nosotros venimos de la Cuba. Ciertas funciones corporales quedan reservadas a los Hijos del Vientre. ¿No?

—Estás tergiversando mi postura.

—Lo sé. Quiero educarte, Thor. Estás intentando manipular el destino de toda una sociedad, e ignoras una de sus motivaciones básicas fundamentales. Vamos, desnúdate. ¿Nunca has sentido deseo hacia una mujer?

—No sé qué es el deseo, Lilith.

—¿De verdad?

—De verdad.

Ella meneó la cabeza.

—¿Y tú crees que deberíamos obtener la igualdad con los humanos? ¿Tú quieres votar, quieres que los alfas entren en el Congreso, quieres tener derechos civiles? Pero vives como un robot. Como una máquina. Eres un argumento viviente para mantener a los androides en su lugar. Te has cerrado a uno de los aspectos más importantes de la vida humana, y te dices que esas cosas son sólo para los humanos. Los androides no tienen que molestarse con ello. ¡Es una idea peligrosa, Thor! Nosotros somos humanos. Tenemos cuerpos. ¿Por qué Krug nos dio genitales, si no quería que los usásemos?

—Estoy de acuerdo con todo lo que dices. Pero. …

—Pero ¿qué?

—El sexo me parece irrelevante. Y sé que es un argumento condenatorio contra nuestra causa. No soy el único alfa que piensa así, Lilith. No lo mencionamos demasiado, pero… —Apartó la vista de ella—. Quizá los humanos tengan razón. Quizá seamos inferiores, artificiales, sólo un tipo de robot inteligente hecho de carne y hueso…

—Te equivocas. Levántate, Thor. Ven aquí.

Caminó hacia ella. Lilith le cogió las manos y las guió hacia sus pechos desnudos.

—Apriétalos —dijo—. Con suavidad. Juega con los pezones. ¿Ves cómo se endurecen, cómo se yerguen? Es un síntoma de que respondo a tu contacto. Es una manera que tienen las mujeres de demostrar deseo. ¿Qué sientes cuando me tocas los pechos, Thor?

—La suavidad. La piel fría.

—¿Qué sientes por dentro?

—No lo sé.

—¿Se te acelera el pulso? ¿Notas alguna tensión? ¿Un nudo en el estómago? Ven. Tócame la cadera. La nalga. Desliza la mano arriba y abajo. ¿Hay algo, Thor?

—No estoy seguro. Soy tan nuevo en esto, Lilith…

—Desnúdate —dijo.

—Así parece muy mecánico. Frío. ¿No se supone que el sexo va precedido de un cortejo, luces tenues, susurros, música, poesía?

—Entonces, sabes algo al respecto.

—Un poco. Lo que he leído en los libros. Conozco los rituales. Los detalles.

—Podemos empezar por los detalles. Mira, he apagado las luces. Tómate un flotador, Thor. No, un disruptor, no. Al menos la primera vez. Un flotador. Bien. Ahora, un poco de música. Desnúdate.

—¿No se lo contarás a nadie?

—¡Qué tonterías dices! ¿A quién se lo iba a contar? ¿A Manuel? ¿Quieres que le diga “querido, querido, te he sido infiel con Thor Vigilante”?—Se rió, traviesa—. Será nuestro secreto. Puedes considerarlo una lección de humanidad. Los humanos practican el sexo, y tú quieres ser más humano, ¿no? Yo te descubriré el sexo.

Le dedicó una sonrisa astuta. Empezó a quitarle la ropa.

La curiosidad le dominó. Sintió que el flotador le afectaba el cerebro, llevándole hacia la euforia. Lilith tenía razón: la asexualidad de los alfas era una paradoja entre gente que proclamaba ser humana con tal intensidad. ¿O tal vez no había tantos alfas asexuales como él pensaba? ¿O quizá, embebido por los trabajos que le encargaba Krug, no había desarrollado sus emociones? Pensó en Sigfrido Archivista, llorando en la nieve junto a Casandra Núcleo, y se lo preguntó.

Sus ropas cayeron. Lilith le estrechó entre sus brazos.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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