La torre de cristal | Страница 17 | Онлайн-библиотека


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—Un capricho. Simplemente, pensé venir a echar un vistazo. Perdóname… ¿tu nombre?

—Rómulo Fusión, señor.

—¿Cuántos androides trabajan aquí, Alfa Fusión?

—Setecientos betas, señor, y nueve mil gammas. El personal alfa es muy escaso. La mayoría de las funciones de supervisión las realizan los sensores. ¿Qué prefiere ver? ¿Los coches lunares? ¿Los módulos de Júpiter? ¿La nave, quizá?

La nave. La nave. Krug comprendió. Estaba en Denver, en el principal centro ensamblador de vehículos que Empresas Krug tenía en Norteamérica. En aquella espaciosa catacumba se manufacturaban muchas clases de máquinas de transporte, para cubrir todas las necesidades que el transmat no podía llenar: reptadores oceánicos, deslizadores para el viaje por la superficie, planeadores estratosféricos, transportadores para cargas pesadas, módulos de inmersión para utilizar en mundos con altas presiones, sistemas de impulso iónico para saltos espaciales a corta distancia, sondas interestelares, cajas gravitatorias… Además, durante los últimos siete años, un equipo técnico elegido con esmero había estado construyendo el prototipo de la primera nave tripulada con destino a las estrellas. Últimamente, desde el comienzo de la torre, la nave se había convertido en un hijo adoptivo entre los proyectos de Krug.

—La nave —asintió Krug—. Sí. Por favor. Vamos a verla.

Pasillos de betas se abrieron ante él mientras Rómulo Fusión le guiaba hacia el pequeño deslizador en forma de lágrima. El alfa se puso a los controles, y se movieron sin ruido por el suelo de la planta, pasando junto a hileras de vehículos de todas clases a medio construir, hasta llegar a una rampa que descendía hacia un nivel más bajo todavía de aquel taller subterráneo. Bajaron. El deslizador se detuvo. Salieron.

—Aquí —dijo Rómulo Fusión.

Krug observó un curioso vehículo de cien metros de largo, con plumas estabilizadoras que iban desde el afilado morro de aguja hasta la cola de aspecto agresivo. El casco, rojo oscuro, parecía hecho de guijarros conglomerados. Tenía una textura ruda y granulada. No había ninguna ventanilla a la vista. Los eyectores de masa eran de forma convencional, ranuras rectangulares abiertas a lo largo de la parte trasera.

—Dentro de tres meses estará lista para un vuelo de prueba —dijo Rómulo Fusión—. Estimamos que la capacidad de aceleración será una constante de 2,4 g, con lo que la nave alcanzará pronto una velocidad no muy inferior a la de la luz. ¿Quiere entrar?

Krug asintió. El interior de la nave parecía cómodo y nada atípico: vio un centro de control, un área de recreo, un compartimento de energía y otros rasgos que hubieran sido normales en cualquier otra nave espacial contemporánea.

—Puede acomodar a una tripulación de ocho personas —le informó el alfa—. Durante el vuelo, un campo deflector automático rodeará la nave para salvaguardarla de todas las partículas flotantes, que podrían ser enormemente destructivas a tales velocidades, por supuesto. La nave se autoprograma por completo. No necesita supervisión. Éstos son los contenedores de personal.

Rómulo Fusión le señaló las cuatro hileras dobles de unidades congeladoras. Cada una medía dos metros y medio de largo y un metro de ancho, y estaban situadas contra una de las paredes.

—Funcionan con tecnología convencional de animación suspendida —le explicó—. El sistema de control de la nave, a una señal de la tripulación o desde la estación terrestre, empezará a bombear fluido refrigerante de alta densidad en los contenedores, haciendo que la temperatura corporal del personal descienda hasta el grado deseado. Harán el viaje inmersos en un fluido frío, que servirá tanto para ralentizar los procesos vitales como para aislar a la tripulación de los efectos de la aceleración constante. La inversión del estado de animación suspendida es igual de sencillo. El período máximo de sueño profundo es de cuarenta años; en caso de viajes más largos, la tripulación será despertada a intervalos de cuarenta años, sufrirá un programa de ejercicios similar al que se utiliza para entrenar a los nuevos androides, y volverá a los contenedores tras un breve intervalo de consciencia. Así, se puede llevar a cabo un viaje de duración infinita con la misma tripulación.

—¿Cuánto tardará esta nave en llegar a una estrella situada a trescientos años luz?—preguntó Krug.

—Incluyendo el tiempo de alcanzar la velocidad máxima y el necesario para la deceleración —respondió Rómulo Fusión—, calculo que unos seiscientos veinte años. Contando con los efectos de dilatación temporal relativos, el tiempo aparente en la nave no debería ser de más de veinte o veinticinco años, lo que significa que el viaje se podría realizar durante un solo período de sueño profundo de la tripulación.

Krug gruñó. Eso estaba muy bien para la tripulación. Pero si enviaba la nave a NGC 7293 en la siguiente primavera, no volvería a la Tierra hasta el siglo xxxv. Él no estaría allí para recibirla. No tenía elección.

—¿Estará terminada para volar en febrero?

—Sí.

—Bien. Empieza a elegir la tripulación: dos alfas, dos betas y cuatro gammas. Irán a un sistema elegido por mí a principios del diecinueve.

—Como ordene, señor.

Salieron de la nave, Krug pasó la mano por el casco granuloso. Su obsesión por la torre y el rayo de taquiones le habían impedido seguir el progreso del trabajo en la nave. Ahora, lo lamentaba. Habían hecho un trabajo magnífico. Comprendió que su asalto a las estrellas tendría que seguir dos direcciones. Cuando la torre estuviera terminada, podía intentar comunicarse en tiempo real con los seres que, según Vargas, habitaban en NGC 7293. Entretanto, su nave tripulada por androides emprendería el lento viaje hacia allí. ¿Qué enviaría a bordo? Un informe completo sobre los logros del hombre. Sí, cubos a granel, bibliotecas enteras, todo el repertorio musical, un centenar de sistemas informativos de alta redundancia. Que la tripulación fuera de cuatro alfas y cuatro betas. Tendrían que ser expertos en técnicas de comunicación. Mientras dormían, él les enviaría mensajes de taquiones, detallando los conocimientos que esperaba conseguir gracias al contacto de la torre con el pueblo de las estrellas. Quizá, para cuando la nave llegara a su destino, aproximadamente en el año 2850, sería posible proporcionar a la tripulación diccionarios del lenguaje de la raza a la que visitaban. Incluso enciclopedias enteras. ¡Anales de los seis siglos de contacto mediante rayo de taquiones entre los terrestres y los habitantes de NGC 7293!

Krug palmeó el hombro de Rómulo Fusión.

—Buen trabajo. Tendrás noticias mías. ¿Dónde está el transmat?

—Por aquí, señor.

Plip. Plip. Plip.

Krug volvió a saltar hacia el emplazamiento de la torre.

Thor Vigilante ya no estaba conectado a la computadora del centro de control. Krug le encontró dentro de la torre, en el cuarto nivel, supervisando la instalación de una hilera de mecanismos que parecían bolas de mantequilla engarzadas en una cadena de cuentas de cristal.

—¿Qué es esto?—quiso saber Krug.

Vigilante pareció sorprendido ante la repentina aparición de su amo.

—Cortocircuitos —dijo, recuperándose con rapidez—. En caso de un flujo de positrones excesivo…

—Vale, vale. ¿Sabes dónde he estado, Thor? En Denver.

En Denver. He visto la nave espacial. No me había dado cuenta: casi la han terminado. Hay que encajarla ahora mismo en la secuencia de proyectos.

—¿Señor?

—Alfa Rómulo Fusión está al mando allí. Va a elegir una tripulación de cuatro alfas y cuatro betas. tas. Los lanzaremos la primavera que viene, en animación suspendida, sueño frío. En cuanto enviemos las primeras señales a NGC 7293. Ponte en contacto con él, coordinadlo todo. ¿De acuerdo? Ah, otra cosa. Aunque vamos más de prisa de lo previsto, aún no estoy satisfecho, quiero más rapidez.

Bum. Bum. La nebulosa planetaria NGC 7293 brilló tras la frente de Krug. El calor de su piel evaporaba el sudor tan pronto como le brotaba de los poros. “Me estoy excitando demasiado”, se dijo.

—Cuando acabéis el trabajo de esta noche, Thor, escribe una solicitud de personal para incrementar en un cincuenta por ciento los grupos de trabajo. Envíala a Spaulding. Si necesitas más alfas, no lo dudes. Pide. Alquila. Gasta. Lo que sea. —Bum—. Quiero que se reprograme todo el plan de construcción. Hay que terminar tres meses antes de lo previsto. ¿De acuerdo?

Vigilante parecía algo aturdido.

—Sí, señor Krug —dijo débilmente.

—Bien. Sí. Bien. Sigue trabajando así de bien, Thor. Estoy muy orgulloso y satisfecho. —Bum. Bum. Bum. Plip. Bum—. Si hace falta, te conseguiremos hasta al último beta capacitado del hemisferio occidental. Del oriental. Del mundo. ¡Hay que acabar la torre!—Bum—. ¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Nunca hay suficiente tiempo!

Krug se marchó con rapidez. Fuera, en el frío aire de la noche, el frenesí le abandonó en parte. Se quedó quieto un instante, saboreando la brillante belleza esbelta de la torre, iluminada sobre el fondo negro de la tundra. Alzó la vista. Vio las estrellas. Cerró el puño y lo agitó.

¡Krug! ¡Krug! ¡Krug! ¡Krug!

Bum.

Al transmat. Coordenadas: Uganda. Junto al lago. Quenelle le esperaba. Cuerpo suave, pechos grandes, muslos separados, vientre palpitante. Sí. Sí. Sí. Sí. 2-5-1, 2-3-1, 2-1. Krug saltó hacia el otro lado del mundo.

21

Bajo la luz de un sol invernal, brillante y blanco, una docena de alfas desfilaban solemnemente por la plaza que descendía, como el delantal de un gigante, desde el regazo del edificio del Congreso Mundial, en Ginebra. Cada alfa llevaba un carrete manifestante, y lucía el emblema del Partido para la Igualdad de los Androides. Había robots de seguridad estacionados en las esquinas de la plaza. Las máquinas negras de cabeza chata estaban preparadas para rodar hacia adelante al instante, dispersando trenzas de estasis inmovilizadoras, si los manifestantes se apartaban en lo más mínimo del programa de agitación que habían entregado al portero del Congreso. Pero los miembros del PIA no pensaban hacer nada inesperado. Se limitaban a cruzar la plaza una y otra vez, con un paso que no era ni rígido ni desmadejado, sin apartar la vista de las cámaras flotantes de holovisión que pendían sobre ellos. Periódicamente, a una señal de su líder, Sigfrido Archivista, uno de los manifestantes activaba los circuitos de su carrete de manifestación. De la boquilla del carrete brotaba una espesa nube esférica de vapor azul, que se elevaba unos veinte metros y permanecía allí, bien definida por enlace cinético, mientras un mensaje impreso en grandes letras de un vivo color dorado se movía lentamente por su circunferencia. Cuando las palabras habían recorrido los 360º, la nube se disipaba, y sólo cuando los últimos jirones se habían desvanecido en el aire, Archivista hacía una señal para que otro manifestante lanzase su declaración.

Aunque el Congreso llevaba ya varias semanas en sesiones, era más que improbable que ninguno de los delegados dentro del hermoso edificio estuviera prestando atención a la protesta. Ya habían visto otras manifestaciones por el estilo. El objetivo del grupo del PIA era ser captados por la gente de la holovisión, para hacer llegar a los espectadores de todo el mundo, en nombre de la noticia, eslóganes como éstos:

¡Igualdad androide ya!¡cuarenta años de esclavitud son suficientes!¿murio en vano Casandra Nucleo?Apelamos a la conciencia de la humanidad¡accion! ¡libertad! ¡accion!¡admision de los androides en el congreso, ya!¡ha llegado el momento!Si nos pinchais, ¿no sangramos?

22

Thor Vigilante se arrodilló junto a Lilith Meson en la capilla de Valhallavagen. Era el día de la Ceremonia de Inauguración de la Cuba; había nueve alfas presentes, y oficiaba Mazda Constructor, de la casta de los Transcendedores. Habían convencido a un par de betas para que asistieran, ya que necesitaban Entregadores. No era una ceremonia que requiriese la participación de un Preservador, así que Vigilante no desempeñaba ningún papel en ella; se limitaba a repetir para sus adentros las invocaciones de los celebrantes.

El holograma de Krug brillaba y palpitaba encima del altar. Los tríos del código genético que cubrían las paredes parecían fundirse y girar mientras el ritual se acercaba a su clímax. El olor del hidrógeno impregnaba el aire. Los gestos de Mazda Constructor, siempre nobles e impresionantes, eran cada vez más amplios, más envolventes.

—AUU GAU GGU GCU —proclamó.

—¡Armonía!—cantó el primer Entregador.

—¡Unidad!—cantó el segundo.

—Percepción —dijo Lilith.

—CAC CGC CCC CUC —recitó Mazda Constructor.

—¡Armonía!

—¡Unidad!

—Pasión —dijo Lilith.

—UAA UGA UCA UUA —exclamó el Transcendedor.

—¡Armonía!

—¡Unidad!

—Propósito —dijo Lilith.

La ceremonia terminó. Mazda Constructor bajó, enrojecido y cansado. Lilith le rozó ligeramente la mano. Los betas, agradecidos de poder marcharse, se escabulleron por la puerta trasera. Vigilante se levantó. Vio a Andrómeda Quark en el rincón más lejano, el más sombrío, susurrando alguna devoción privada de la casta de los Proyectores.

—¿Nos vamos?—dijo Vigilante a Lilith—. Te acompañaré a casa.

—Eres muy amable —respondió ella.

Su papel en la ceremonia parecía haberla dejado radiante. Tenía los ojos extrañamente brillantes, el pecho le palpitaba bajo el fino tejido envolvente, tenía las fosas nasales dilatadas. La acompañó hasta la calle.

—¿Ha llegado a tu despacho la solicitud de personal?—le preguntó Vigilante mientras caminaban hasta el transmat cercano.

—Ayer. Con una nota de Spaulding diciéndome que la cursara en seguida. ¿Dónde voy a encontrar tantos betas cualificados, Thor? ¿Qué está pasando?

—Lo que pasa es que Krug nos presiona al máximo. Está obsesionado con terminar la torre.

—Eso no es nuevo —señaló Lilith.

—Pero empeora por momentos. Se impacienta más con cada día que pasa, la impaciencia se apodera de él como una enfermedad. Quizá, si yo fuera humano, comprendería un impulso así. Ahora va a la torre dos o tres veces por día. Cuenta los niveles Cuenta los bloques que se han colocado. Persigue a los del rayo de taquiones, ordenándoles situar las máquinas más de prisa. Empieza a parecer un salvaje, sudoroso, excitado, tartamudo. Está aumentando inútilmente el número de trabajadores, e invierte millones de dólares más en el proyecto. ¿Para qué? ¿Para qué? Y luego, lo de la nave. Hablé ayer con Denver. ¿Sabes, Lilith? No hizo caso de la planta durante todo el año pasado, y ahora va allí una vez al día. La nave tiene que estar preparada dentro de tres meses para un viaje interestelar. Tripulación androide. Va a enviar androides.

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La torre de cristal: Robert Silverberg 1
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